Hacer el amor con la ciudad

citylove_aryz-ul-pomorska-67-lodz-poland-www-galeriaurbanforms-orgTodos merecemos una ciudad un poco mejor que la que tenemos. Y cuando ya somos cuatro mil millones los humanos que las habitamos, no es extraño que cada día susciten mayor atención.  La urbe se expande bulímica y no parece conocer límite su despliegue vertiginoso. Entenderlas se ha convertido en una empresa desmesurada. Pero nosotros no queremos escribir como lo hacen los geógrafos o los sociólogos. Vamos a medirnos con lo obvio: sólo con lo que (nos) pasa y muy poco con lo que pasa. Queremos subrayar lo experiencial antes que lo experimental.

Las ciudades son un artefacto colosal que regula, modula, condiciona y asfixia, pero que también amplia, extiende, potencia o multiplica nuestras posibilidades. Es prácticamente imposible escapar a su ubicuidad e influjo. Pero siendo entes tan cercanos, nos han enseñado a tratarlas como si fueran volcanes o mares, como si nada pudiéramos hacer para modificarlas. ¿Debemos seguir habitándolas como si las dificultades que experimentamos fueran irresolubles? ¿Tenemos que aceptarlas tal como las encontramos? Admitámoslo con modestia: errores de diseño que no le permitiríamos a un medicamento, a un juguete o a un programa de software, nos los tragamos en la urbe sin protestar. ¿Hay alternativa para esta indolencia? Es verdad que la escala de nuestras ciudades puede paralizarnos. Y si vemos la ciudad como algo tan grande que nos desmoviliza, ¿cómo podremos amar algo que sobrevive en medio de tanta indiferencia? Nuestra propuesta, sin embargo, está clara: no sólo podemos amar nuestra ciudad, sino que podemos hacerle el amor. Y te lo vamos a explicar.
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Sabemos que para muchas personas es más fácil enamorarse de una ciudad ideal cualquiera; es decir, de un concepto rotundo antes que del espacio destartalado que transitamos. Y quizás sea comprensible, porque en una ciudad perfecta es tan fácil tener garantizados los derechos, como abastecer nuestras necesidades con solo abrir un grifo, bajar a la compra, caminar hasta el teatro, jugar en los columpios o deambular por las calles entre escaparates repletos y rostros satisfechos. En la ciudad que vivimos, en cambio, no hay sitio para aparcar y cualquier extraño con prisa puede maldecirte por haberlo tropezado. Vivimos entre humos y atascos, con salarios enclenques y con vacaciones poco reparadoras para lo que nos merecemos.
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Nosotros nos vemos obligados a elegir entre alguna de las dos posiciones. Y lo reconocemos sin pudor: amamos las dos ciudades, la utópica y la distópica, pues ambas comparten el mismo espacio: coexisten y se interpenetran. No es que la ciudad, como dice Jaime Lerner, deje de ser el problema para contener todas las soluciones. Es otra cosa, implica otro gesto. Llamadnos frikis si queréis, pero nosotros no desertamos de una pasión por la ciudad que no se conforma con amarla, sino que también reclama el derecho a ser correspondido.

Amar una cosa tan descuidada o desigual puede parecer descabellado, pero nosotros vemos otras cosas. En la ciudad encontramos una asombrosa producción del ingenio colectivo. Os confesamos el secreto: descubrir en cada esquina muchas decisiones inteligentes. No hay que compartir los valores que las inspiraron, ni las prácticas que las hicieron posibles, para admirar la voluntad de construir el entorno material que por antonomasia da soporte a nuestras relaciones. La ciudad nos hace posibles como comunidad, y eso es tan fascinante y público como evocador y enigmático.
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Somos muchos. Tantos y tan diversos, que es poco probable que todo se desarrolle entre sonrisas, mientras compartimos el espacio y nos prestamos ayuda mutua. Pero una buena ciudad debería intentarlo siempre. Tendría que ser hospitalaria. Debería ayudar a que la convivialidad se consiguiera sin heroísmos, con poco esfuerzo: el invento ciudad funciona cuando sus infraestructuras no sólo son usables, sino que nos cuidan. Igual que a una cama le pedimos que regenere nuestra espalda mientras dormimos, también esperamos de nuestras ciudades que nos ayuden a estar alegres, sanos y cultivados.

Nadie discute la grandeza de este gran artefacto que llamamos ciudad. Su factura es cosa de siglos y siempre ha reclamado mucha determinación generacional para que funcione. La hemos construido entre todos, poco a poco, paso a paso, con tenacidad y multitud de herramientas. Porque la adaptación a la vida urbana requirió una particular relación con el espacio tan sensible a las necesidades de momento como atenta a los deseos de futuro. Los humanos urbanos ponen en marcha infraestructuras para compartir recursos y conocimientos que sólo tienen sentido como empresas colectivas, ya sean hospitales o parques, ya sean mercados o fiestas. La iluminación, la salubridad o la fluidez de nuestras calles son bienes tan queridos como compartidos. Es cierto, la ciudad es inimaginable sin la solidaridad. Y esta relación tan elusiva es emocionante. ¿No es conmovedor lo mucho que nos necesitamos y lo importantes que somos unos para otros?

Se nos escapa la alquimia implícita de ese “ayudarnos sin darnos cuenta”. Discurrimos por las calles en modo individual(ista). Pensamos la urbe como un mero espacio de tránsitos cansinos y  como redundantes, donde cada día repetimos el trayecto que une el lugar de trabajo con el sitio donde vivimos. Y poco más: trabajar, descansar, tener algunos ratos de ocio a la semana y desplazarnos hasta los lugares donde nos distraemos. Así es como habitamos la urbe, y así es como la diseñamos. La ciudad ha sido pensada por técnicos y políticos, y en las últimas décadas por las corporaciones financieras y/o inmobiliarias, sin implicar otros gradientes, ni mediar distintos agentes. Así las cosas, todo está gobernado por el santo Grial de la eficiencia en los transportes y, en el mejor de los casos, por el reparto relativamente equilibrado de otros recursos y servicios. ¿Sólo gestión técnica?  Podemos respetar la burocracia sin necesidad de querer que la ciudad sea una producción tecnocrática. ¿Hay más? Si la respuesta fuera sí, somos tan frikis que también nos conmueve la mucha sabiduría que hay en este prosaísmo aparente.
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Nos gustaría contagiaros la emoción que nos producen tantos siglos dedicados a garantizar esta honrosa empresa de la vida en común. No importa que veamos muchas inconsistencias y fallos, pues también hay cierta poética en la tozudez con la que nuestras ciudades se equivocan o desquician. El asunto es que la ciudad se articula conectando funciones a sitios donde se hacen las cosas productivas, y eso nos mete de lleno en un juego tan invisible como sofisticado:  crear con nuestros pasos el espacio que hay entre la vivienda que habito  y el trabajo que ocupo y, de la misma manera, desde el que separa el trabajo con el polideportivo, con la escuela y vuelta a empezar, salvo que al día siguiente tendremos que incluir una visita al médico, al cura o al abogado. Nos hemos hecho insensibles a toda la exuberante riqueza de lo que hay entre medias, a lo que sucede en los márgenes de esos puntos imaginarios de la trayectoria y alrededor de ese goteo de pisadas que da sentido al sistema completo o, con otras palabras, que crea lo urbano. Y al olvidarlo nos conformamos a una ciudad utilitaria, pero aburrida (antesala antropológica y etimológica de aborrecida, dos términos que tienen la misma raíz latina, abhorrēre).

Lo repetimos: la indolencia no es un destino inapelable. No tiene que ser así. Nadie nos obliga a ser predecibles, sosos o convencionales. Podemos intentar otra manera de vivir la ciudad. Lo diremos sin paliativos: podemos hacer ciudad. Lo que sigue, es una invitación a explorar la ciudad de otra manera. Queremos mostrar que hay más maneras de habitarla que las asociadas a ese aburrimiento funcional que estamos denunciando. Hay maneras de sentir la ciudad que la asocian con ideales de justicia, convivialidad o higiene. Hay formas de transfigurarla si logramos acompasar nuestro paso con nuestro deseo. Ya lo anunciamos en el título de esta pieza. A la ciudad hay que amarla como es y no como profetas de un romanticismo en clave de fuga. Lo que intentamos es hacer nuevas ciudades que podamos amar desde lo que ya tenemos.

¡Seamos realistas y hagámosle el amor a nuestra ciudad! ¿Que cómo se hace eso? Pues proyectando, es decir, observando no sólo la realidad sino también sus posibilidades y perdiendo el miedo a intervenir, convencidos de que la ciudad donde vivimos nos pertenece y podemos hacer que se parezca a nosotros. Es tan fácil como decorar a tu gusto la habitación donde vives y tan complicado como pactar los arreglos decorativos del salón que compartes. Así es como procedemos en los huertos urbanos, en las transformaciones de espacios compartidos, en las redes de intercambio de libros o en las comunidades que tratan de hacer algo que rompa con el dictado del sota, caballo y rey, como En bici por Madrid.

Todas estas experiencias tienen mucho en común, pues todas dinamitan la línea de puntos que unen sin solución de continuidad la vida doméstica a la laboral.  Serán modestas, pero son trascendentes, si es que queremos que  la ciudad cambie cada día, que la urbe sea un espacio al alcance de nuestras manos, que las calles se “fraseen” de otra forma, que cuelguen de las esquinas otros recuerdos. También se cuida de la ciudad cuando hacemos cosas con ella, cuando la ponemos de fiesta, siempre que la hacemos impredecible, cada vez que la sentimos diferente. Igual que el lenguaje se pone de fiesta con las metáforas apropiadas, las ciudades vibran con nuestro devenir bohemio, experimental o rebelde. Nuestras ciudades nos pertenecen y todos los años hay que sentirlos con nitidez. Las calles, las plazas y los parques, el metro, las bibliotecas y los templos, como también sus atmósferas, mobiliario y ordenanzas son nuestros. Pero no basta con saberlo. De nada sirve leerlo, que nos lo cuenten o que te lo declamen. Hay que habitarlas, hay que compartirlas, hay que quererlas. Tenemos que usarlas, cambiarlas y explorar sus posibilidades.

Lo diremos de una vez: hay que experimentar la alegría de tener un amor y de hacer cosas juntos. Tenemos que enredarnos con la urbe, como quien la baila. Que los poetas le canten, mientras ensayamos con nuestras pisadas otros fraseos, distintos atajos, diferentes roces, y así ensayar otras maneras de sentirla, recorrerla y poseerla. Hacerle el amor a la ciudad no tiene por qué ser una tarea continua, puede ser un flirteo, un rato de seducción o una noche de pasión. Ten cuidado y no la menosprecies, pues después de probarlo, te quedas enganchado.

Hay urbanistas que identifican la ciudad con un ordenador, y lo que sucede en su interior con los programas que una vez instalados te permiten ejecutar tareas. A nosotros nos gusta esa metáfora porque en el acoplamiento de una cosa con la otra se visualiza “el giro”, ese “gran momento” donde el ayuntamiento se consolida y la  super materialización de los cuerpos enredados con las plazas y de la carne revuelta con el asfalto. De pronto todo tiene sentido: pertenecemos a la ciudad, de la misma manera que nos pertenece. No como propietarios, sino como amantes. La ciudad entonces sirve para algo y para alguien.

Hacer el amor con la ciudad es instalar nuestros propios programas. Personalizar el escritorio para jugar, para trabajar, para conversar, para pasear por internet. Es domesticarla con nuestras reglas, que no anulan las del resto. Todos podemos hacer que nuestras ciudades sean un artefacto maravilloso. No importa lo tremendas que parezcan, ni lo frágiles que les parezcamos.

¿Un artefacto maravilloso? Sí, hagamos el amor con ellas.

Aurora Adalid
@auroravolant

Antonio Lafuente
@alafuente

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De la taylorización a la tallerización de la cultura

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Taylorizar un proyecto supone desagregarlo en tantas partes como se pueda y, a continuación, asignarles una posición en una cadena de eventos sucesivos y, en paralelo, en otra cadena de valor. Así, cada fragmento tiene su jerarquía, su responsable  y su momento en una cadena de producción y reproducción. Taylorizar es poner a cada quien en su sitio y crear un sitio para cada uno. La finalidad de todo es mejorar la eficiencia del sistema y aprovechar mejor los tiempos. Nada importan las habilidades de los integrantes de la cadena, porque al ser desagregadas las funciones, basta con que cumplas la que se te asignó. Nada es híbrido (mezcla de culturas), aleatorio (dejado a la improvisación) o subóptimo (abierto a la adaptación). Todo debe encajar en una cadena de causas-efectos que funcione sin fricciones, sin tuneos, sin equivocaciones. Todo debe situarse en el nivel de máxima operatividad.

La taylorización crea especialistas programados, roles fijos, bordes vigilados,  diseños propietarios, prácticas sumisas y culturas cerradas. En las antípodas de la taylorización están las iniciativas hacker, los arreglos  del bricoleur, los prototipos abiertos, los colectivos amateurs, los hábitos populares y todas esas formas de codificar el conocimiento compartido que implican trucos, artimañas e improvisaciones. Los espacios DIYlos movimientos tácticos, los proyectos makers o los colectivos de  amantes de las plantas, la cocina el pachtwork, todos en su conjunto, encarnan y movilizan una cultura que quiere ser distinta. Una cultura que es contrahegemónica y que reclama el apelativo de radical.

Contrahegemónica y radical, pero no necesariamente izquierdista. Capaz de visualizar otro mundo posible, pero crítica con la idea de que la división en clases puedan explicar todos los conflictos que enfrentamos. Radical porque apunta en todas las direcciones y contra todas las dicotomías que crean falsos e innecesarios lugares de paso entre fronteras imaginarias. Radical porque las escisiones entre antiguo y moderno, entre funcional y obsoleto, entre viejo y joven o entre pasado y futuro son tan artificiales como interesadas al servicio de un mundo que ve rémoras en todo lo que no puede instrumentalizar sin descanso. Y junto a las mencionadas formas de territorializar el tiempo, también hay otras maneras de habitar la urbe que conducen a negar la pertinencia de esas dicotomías que quieren una tensión extrema entre privado y publico, entre tecnología y artesanía, entre amateur y profesional o entre producción y reproducción. Combatir estos cerramientos de la inteligencia y de la vida es apostar por lo radical, sin necesidad de ser izquierdista, sin necesidad de poner todos los huevos en la misma cesta o, en otras palabras, siendo un poco más postmoderno y un poco menos universal.

Hay que distinguir entre taylorización y granularización. Descomponer los proyectos en partes es dotar su despliegue de hitos intermedios que alcanzar. Hay mucha sabiduría en construir los proyectos para que una secuencia de pequeñas metas intermedias estimulen su continuidad, aprovechando así esa condición evolutiva del cerebro que premia estas sencillas victorias con descargas de endorfina. Granular, entonces, es una estrategia que sitúa a los actores en primer plano, tanto porque es una manera de hacer su trabajo más agradable y fértil, como también porque es una garantía de hospitalidad hacia quienes puedan interesarse en lo que hacemos. La descomposición en fragmentos de los proyectos favorece la incorporación de interesados, tanto los que tienen mucho tiempo, como los que apenas pueden distraer algún rato esporádico e intermitente. Los proyectos granulares crean espacios comunes, los taylorizados destruyen la comunidad. La taylorización es un gesto vertical, autoritario, arrogante y cerrado: antepone el rendimiento, niega la participación, ningunea las “otras“ destrezas del trabajador y es, en consecuencia, doblemente alienante, pues separa al trabajador del fruto de su trabajo y además lo separa también de sus habilidades cognitivas.

La taylorización del trabajo favorece su mercantilización y nos convierte a todos en prescindibles, contingentes y dóciles. Es la autopista que desemboca en la precarización. Es la estructura que confunde las organizaciones con su organigrama y que hace del trabajador un siervo de la máquina. Taylorizar la cultura es transformarla en información para que luego el mercado la convierta en un recurso. Y aquí toca, ojalá no lo haga demasiado pronto, preguntarse quién gana y quién pierde cada vez que se movilizan tales dispositivos. Si te toca el lado malo de la ecuación nunca encuentras respuestas bastante satisfactorias. Si estás en el otro, no deberías descansar en paz. Por eso necesitamos más conceptos para incluir en el repertorio de instrumentos con los que entender y cambiar el mundo. Tenemos que aprender a trabajar en el modo taller.

Tallerizar la cultura o la educación implica sospechar de todos los intentos de descomponer la vida del aula en tramos, niveles, objetivos, pruebas y calificaciones. También supone discutir la división por disciplinas, áreas, asignaturas o saberes. Y, desde luego, contrabandear esas fronteras que quieren separar lo formal de lo informal, lo académico de lo urbano, lo objetivo de lo político, lo tecnológico de lo artesanal y lo cultural de lo científico.  Ningún estudio creíble que se haya acercado lo suficiente a estas divisorias ha dejado de explicarnos las muchas formas de atravesarlas, especialmente por todas las gentes que son sus vecinos y las padecen.  Tallerizar la educación, entonces, implica apostar por otros modos de hacer que minimizan la distancia entre el que enseña y el que aprende, entre lo que llamamos saber y lo que entendemos por hacer, entre ser original y un buen DJ, entre producir y compartir, entre argumentar y visualizar. El taller parece el instrumento adecuado  para el despliegue del design thinking o, en otros términos,  para transitar desde las palabras a los actos, lo que es tanto como decir que se configura como un recurso óptimo para promover una cultura socialmente colaborativa, jurídicamente abierta, políticamente radical y epistémicamente plural. Sí, tallerizar la educación es una forma de hackearla.

Hemos confiado tanto en el seminario, el simposium o el congreso que nos sorprende su larga estirpe y su rápido envejecimiento. Es inevitable que acaben siendo expresión genuina de una cultura elitista y aburrida. El taller, el festival y la unconference siguen creciendo como formas más abiertas y practicables de intercambio de experiencias y conocimientos. No se trata de cambiar de palabras, sino de culturas. Ya nadie quiere escuchar brillantes peroratas. No se trata de mezclarse con las más listos, sino de inaugurar otros procesos. No tiene más mérito quien más sabe, sino quien más (se) ofrece. No se trata de alumbrar, desvelar o revelar nada, sino de escucharnos, compartirnos y cuidarnos. El mérito no es de quien firma primero, sino de quien cuida mejor. Y cuidar es hacer cosas juntos. ¿Es el taller el nuevo espacio que necesitamos?  ¿Será el taller el lugar de la crítica?

La cultura debe ser crítica. La cultura debe resistir cualquier precipitación y estar atenta a los muchos intentos de simplificación. Ser crítico implica no resignarse a los modelos reduccionistas. Ser culto no es saber hacer cosas. No basta con disponer de un catálogo de recetas a partir de las cuales resolver (nuestros) problemas. La cultura no sólo debe ser funcional. Mejor que lo sea, pero no es suficiente.  Para ser culto no basta con mapear los problemas, los territorios o los conflictos de forma verosímil, contrastada y normalizada. Ser culto no es lo mismo que ser un científico. Una cultura es crítica cuando sabe medir las consecuencias de las cosas. Una persona culta sabe ver la cara oculta de la Luna. No se conforma con los logros, también quiere calibrar los daños colaterales. Una persona culta sabe que es imposible iluminar ningún objeto sin crear una sombra. Una persona crítica sabe que en la sombra se acumula mucho dolor, mucha exclusión y mucha mentira que se ha creado con el mismo gesto que buscaba la felicidad, la democracia y la justicia. No hay una sin la otra y, por tanto, no hay cultura sin contracultura.

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Aprendizajes según el formato taller

El taller tiene sus monstruos: el imperativo del tallerismo y el mal de la talleritis. Hace poco padecí esa deriva que impone un solo modo de compartir conocimiento: el tallerismo. El tallerismo se explica fácil. Consiste en admitir que al aula se va a diseñar, discutir, compartir o remezclar recetas. Todo lo que no cabe en una receta es especulativo, discursivo, unidireccional y antiguo. Hay que hablar de cosas prácticas, rápidas, replicables y divertidas. Sin una presentación en pantalla, un paquete de post-it de colores, un momento de trabajo en corro y algún contraste de criterios dramatizado; los contenidos quedarán obsoletos, sus aulas estarán varadas y los profes perderán el derecho a ciudad. Educar no es enseñar, sino aprender juntos. Y aprender podría convertirse en acumular destrezas: herborizar plantas, tocar el piano, remezclar contenidos, recodificar algoritmos, narrar historias y recorrer el mundo.  Bonito sueño, y necesario.

Recapitulemos un instante. En el modo taller, el profe ya no se auto imagina como docente, sino como facilitador, mediador, entrenador, acompañante,… Un coach, dicen en las escuelas de negocios. Para dar un seminario hay que saber mucho del tema, pero para activar un taller se requieren otras habilidades, como las de ser versátil, ocurrente y sociable, como también no exagerar en el rigor, no exhibir erudición, no enredarse en virtuosismos dialécticos o no exigir demasiadas lecturas. Alguien que da talleres, el tallerista, opera como una especie de pegamento social y es el artista de la socialidad. Según cómo lo miremos, dependiendo de desde dónde lo consideremos, el tallerista podría ser un actor imprescindible, siempre atento al cuidado de los afectos y los efectos que se movilizan en el espacio del taller. Si el auditorio ya es social enterteiment, el taller podría devenir en terapia social. En el taller hacemos cosas, pero sobre todo las hacemos juntos y eso parece calmar la ansiedad de muchos. Me parece que no es suficiente y que algo falta. ¿Falta algo?

En el modelo taller se lee poco y con prisa. Se discute menos de lo que se habla. El objetivo no es problematizar nuestros conceptos, nuestras prácticas, nuestros códigos o nuestras tecnologías. El objetivo es apropiarlos rápido y convertirlos en un tutorial. Siempre hay mucha documentación. Todo se debe registrar y subir a la red. El esfuerzo documental es admirable y enseña el camino hacia una cultura más abierta y participativa. Siempre hay plétora de fotos, vídeos, dibujos, mapas mentales y demás manualidades. En un taller siempre hay tiempo para crear, procesar y postproducir resultados. Todos hacen de todo. No hay división especializada del trabajo. Hay un precio que pagar por todo ello, pues el modo taller consume mucho tiempo  y, en consecuencia, los procesos que inaugura deben ser concentrados y cortos. En fin, que no hay tiempo para lo tentativo, lo incierto o lo imperfecto.

En su forma más paródica, los talleres son un espacio de adocenamiento donde se forma gente obediente y conformista: exploradores de salón y no de campo, cocineros de domingo y no de diario, redactores de críticas y no lectores. Decantar una receta supone implementar prácticas trasladables entre distintos ámbitos del saber, pues implica contrastar experiencias, consensuar términos o trabajar colaborativamente. Pero asomarse a las sombras exige un compromiso de mayores riesgos como, por ejemplo, aceptar que la verdad seguramente estará muy repartida y que todos, incluso los que creen tener razón, deben renunciar a imponerla. No se trata de convencer, sino de convivir: hacer posible la vida en común.  El gesto crítico implica escuchar puntos de vista muy diferentes y, huyendo del consenso que siempre fue la forma en la que las mayorías se impusieron a las minorías, construir narrativas que no sean alérgicas a lo  frágil, lo contradictorio, lo dividido y, en fin, lo plural. Ser crítico es crear mecanismos que eviten la producción de más excluidos, más minorías, más periferias, más invisibles,… los muchos afueras con los que convivimos.

Si la taylorización nos hizo eficientes y alienados, la tallerización podría hacernos funcionales y estúpidos. Y a esa nueva enfermedad podríamos llamarla talleritis. La padece gente que ya no confía en las tradiciones dialógicas y que huye de las tensiones, los intersticios y las sombras.

Antonio Lafuente
@alafuente

¿Necesita la ciencia ferias populares?

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IX Feria de la Ciencia de Madrid (abril, 2008)

Ahora que comienzan a proliferar los espacios maker y que ya nadie parece tener dudas sobre esta nueva deriva del sistema educativo y de innovación, recordé un texto que escribí hace seis años para reflexionar sobre otra urgencia del momento: las ferias de la ciencia. Muchos de los argumentos de entonces creo que siguen vigentes y merecen ser reconsiderados por quienes nos acompañen en el proyecto LADA.

En abril de 2008 se inauguró la IX Feria de la Ciencia de Madrid, un evento que logró congregar en tres días a más de cien mil visitantes. El ambiente era extraordinario y estaba dominado por gente joven, pues desde el principio se optó por un modelo de feria pensado para bachilleres y por profesores de enseñanza media. Se trataba, decía la folletería oficial, de movilizar la cantera y de insertar la ciencia entre las prácticas culturales ordinarias. Una operación que se veía ligada a la modernización del país y destinada a mejorar la imagen social de la ciencia y de los científicos.

El reto no era fácil, aunque su diseño se hizo con acierto, porque los hechos demuestran que los colegios son un público cautivo que garantiza el éxito, siempre que se mida en términos de audiencia. Había además muchas, variadas y convincentes declaraciones que demandaban a los científicos y a sus organizaciones salir de la torre de marfil y acercarse a las preocupaciones comunes. Ahora se les pide que sean eficientes o, en otros términos, que logren patentes y se inserten en el sistema productivo. Entonces, hace una década, se les reclamaba visibilidad, tanto para mejorar su impacto y reconocimiento en la comunidad científica internacional, como para desmontar los baluartes que les aislaban de la sociedad en su conjunto. La administración, la prensa y los mismos organismos públicos de investigación se pusieron a la tarea. Y hoy, con el esfuerzo de muchos, tenemos un reguero de eventos por todo el territorio nacional que celebran la ciencia. ¿Feria? ¿En qué sentido feria? ¿Es un mercado o es una fiesta? Creo que la IX Feria de la Ciencia de Madrid nos estaba convocando a una fiesta. ¿Fiesta? ¿Necesita la ciencia fiestas? ¿Qué se está festejando?

La inspiración para este artículo me llegó con la lectura de un conocido texto de Lévy-Leblond publicado en Alliage. El argumento es fácil de recrear. La imagen de la ciencia es ambigua, pues siendo indudable su contribución al desarrollo económico y al bienestar social, no es menos cierta su implicación en procesos tan poco píos como los de colonización, militarización, racialización o vivisección. Hiroshima, Chernóbil o Bhopal son hitos inolvidables, como también será duradera en el imaginario colectivo la memoria de las vacas locas, las dioxinas, el amianto o el DDT. Durante mucho tiempo las instituciones científicas han hecho todo tipo de piruetas dialécticas para minimizar el deterioro de su imagen pública. Desde afirmar que las conductas fraudulentas o perversas son excepcionales, hasta recurrir al viejo recurso de decir (disimular) que una cosa es la ciencia y otra sus aplicaciones.

Ambas estrategias pierden crédito, especialmente cuando se conoce que la ciencia ya es una empresa de unas dimensiones descomunales en donde, además de científicos, cada día son más influyentes los gestores de recursos financieros, de patentes o derechos de propiedad intelectual, de imagen corporativa y de personal. La consecuencia es que, en efecto, las instituciones científicas cada vez están más penetradas por el capital privado y, en consecuencia, por su modos de funcionamiento y, entre ellos, es inevitable hablar de la práctica del secreto, la mercantilización del saber (también el conectado a la salud y el medio ambiente) o la valoración de los descubrimientos según su cotización en bolsa. Hay empresas que invierten más en I+D que muchos estados. A su servicio, hay una constelación de oficinas de prensa, gabinetes jurídicos o think tanks que intentan influir en las políticas energéticas, alimentarias, sanitarias, de comunicación o seguridad y no siempre los ciudadanos saben a qué carta quedarse. Los gobiernos tampoco parecen muy ágiles en esta batalla por controlar la opinión pública. Hay mucha confusión y cada vez será más difícil separar la información de la opinión, el interés público del privado, la excelencia de la popularidad y los accidentes de los atentados.

Así las cosas, entre tanto problema por delimitar cada año llegaba la Feria de la Ciencia. Está muy bien que sepamos encontrar en el conocimiento el espectáculo de las maravillas y gozar con lo que de aventura hay en la exploración de lo nuevo, de lo distinto o de lo genuino. Sin duda, la pasión del saber merece una fiesta. Tampoco es un argumento menor el de quienes defienden la necesidad de buscar asuntos de mucho consenso, como la ciencia, para paliar de alguna manera la crisis de representación que padecen nuestras sociedades. Este razonamiento vale también para la oleada de ferias, fiestas o festivales de la música, el arte o el patrimonio. Nuestras ciudades no saben ya qué inventar. Y, desde luego, hay mucho negocio turístico alrededor de estas exultantes industrias culturales.

No es menos cierto, sin embargo, que pese a las muchas sospechas de mercantilización que merecen semejantes eventos, sigue habiendo en la música valores que favorecen la cohesión social. La música es un ejemplo que nos ayuda a entender lo mucho que le queda a la ciencia por recorrer para que las ferias se conviertan en fiestas. Todo el mundo sabe cantar, y nadie puede decir que no se ha involucrado en algún “Cumpleaños feliz” o en un “Asturias patria querida”. La música recorre todo el espectro social, desde el virtuoso anónimo al gran tenor, pasando por un baile de pueblo y la orquesta de chin-chin-pun, las nanas y el “We are the Champions”. La música es un asunto popular y plural, divertido y comercial. Todos los mundos caben en la música y, seguramente, en la literatura y en la pintura, pues nadie se escapará sin escribir o garabatear un papel.

La ciencia está lejos todavía de la gente. Los científicos se comportan como posesos, siempre celosos y vigilantes de quién usa y para qué su jerga. Si alguien “canta” mal es inmediatamente arrojado al pozo de los ignorantes, un pozo que nada tiene que ver con el pozo de Tales. Una conducta que tiene poco de divertida, y que más bien adopta los perfiles de lo profesoral, lo peripatético o lo fúnebre. Mientras la música es global y cercana, la ciencia sólo parece hablar lo universal y lo distante. ¿Saben hablar los científicos? ¿Podrían soportar una conversación sobre lo que (nos) pasa sin perder los nervios y quitarnos la palabra o, peor aún, todas las palabras? ¿Les somos necesarios o, simplemente, sólo funcionamos como gente a quien adoctrinar?

Lo peor de las Ferias de la ciencia no es que las instituciones las utilicen para hacer propaganda de sus actividades, tratando de evitar la pérdida de imagen que paulatinamente se va apoderando de los científicos. Lo peor no es que nos traten de analfabetos, como si fuéramos un terreno baldío que hay que arar y luego cultivar. Tampoco sabemos solfeo y, sin embargo, viene una soprano e interpreta su lieder sin quejarse de tener un público ignorante. Y es que la música, al fin y al cabo, habla de lo que nos pasa. Una interpretación no es sólo un acto de comunicación y de creación, sino también una negociación que involucra a todos los presentes, salvo quizás en los santuarios del virtuosismo.

Lo peor de la ferias es que confunden ciencia con descubrimientos. Sólo interesa lo último, lo más sexy y, a veces, hasta lo más raro. Las ferias de la ciencia son de triunfadores. Las grandes ideas, y los descubridores brillantes, las organizaciones ricas y los problemas mediáticos. ¿Dónde están lo amateurs y los activistas? ¿Qué se ofrece a las amas de casa, los rockeros y los alérgicos? ¿Cuál es la fiesta que se ha preparado para los que sufren de ansiedad, los que saben de pájaros o quienes crean el software libre? Hay muchos profesores, pero se ve poca presencia de los colectivos que, desde la ciencia y la experiencia, nos protegen de los abusos contra el medioambiente, la salud, la privacidad o la privatización alarmante de nuestras aguas, costas, calles o cultura.

No voy a decir que la Feria a la que aludo hubiese caído en manos de mercaderes: los expertos en marketing corporativo. He visto a muchos niños y muchachos con el brillo en los ojos de quienes saben gozar sabiendo. Pero como hay tanto listillo que sabe sacar partido de todo, nadie lamentaría que cada Feria tuviera un defensor de esa candidez amenazada -defensor de la nostalgia de (otra) ciencia-. Se puede decir que la feria no rompe del todo la condición de compartimento estanco reservado para los científicos. Los niños se disfrazan de científicos, pero no vemos a científicos disfrazados de legos, aún cuando con lo que saben se escriben unos cuantos papers y con lo que ignoran se hacen bibliotecas nacionales.

Ya voy a terminar. A las ferias de la ciencia de entonces y quizás también a las ferias makers de hoy les falta espesor cultural, histórico y cívico. Nadie se esfuerza en contar lo difícil que fue montar leyes estables, las polémicas que necesitó identificar las variables con las que encajar la realidad en un modelo. Parece que el medio ambiente siempre estuvo ahí, cuando el concepto mismo es un alarde de creación colectiva, distribuida e intergeneracional. Hay que ser más valiente en el tratamiento de los problemas que hay en la calle y mostrar que no son el capricho de unos arrebatados, sino una construcción social de la que es imposible separar las dimensiones políticas e ideológicas de las tecnológicas y comerciales. La ciencia no es una cosa de genios: es una empresa colectiva e histórica, con máquinas, operadores, inversores, comunicadores y abogados. Hay que hacer un gran esfuerzo para que el protagonismo excesivo que se concede a lo fácil (lo abstracto y lo brillante) se compense con lo complejo (lo local y lo incierto).

Seguramente pasarán años antes de que las ferias logren arraigarse en la urbe. Levy-Leblond habla de estos eventos como síntoma de un mal de culture, concepto que ayudó a popularizar un texto de Castoriadis, En mal de culture (Esprit, octubre de 1994), también publicado bajo el título La culture dans une societé démocratique. La ciencia que estaría frente al vértigo de ser otro recurso más con el que hacer negocios (como le pasa al arte o al deporte) puede estar despidiéndose de su origen ilustrado al servicio de lo público y en lucha contra la superstición. Nuestra sociedad entonces mira a la ciencia como si todavía quisiera ser símbolo de emancipación, autonomía, libertad y progreso. Cuando la ciencia sólo sea una forma más de institucionalizar los discursos dominantes (los que abanderan las corporaciones multinacionales), nuestra sociedad padecerá un agudo mal de culture del que deberíamos protegernos.

Antonio Lafuente
@alafuente

Los espacios en/de la ciencia

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Granada Science Park frente a Granada

 

Los manuales al uso se empeñan en contarnos que la ciencia es un episodio cerebral e individual y, cuando sus autores quieren meterse en algún vericueto, entonces hablan de una empresa social que sucede en recintos cerrados pero que embeben los valores dominantes del entorno que los acoge y generalmente los financia. Los manuales, en fin, se empeñan en un trampantojo inveterado: invisibilizar todos los actores presentes en la escena, desde los que hacen políticas y asignan recursos, hasta los que gestionan las finanzas, el personal, las comunicaciones, las computaciones, la propiedad intelectual o las relaciones con la prensa. Tampoco hay que olvidar toda la parafernalia que conforman las revistas, las editoriales, las titulaciones, las conmemoraciones, las auditorías y las convenciones. Porque algo tendrán que ver todas estas movilizaciones con lo que pasa en ciencia y lo que les pasa a los científicos. Y por mucho que se quiera medir el impacto de las publicaciones, conviene recordar que la ciencia no es una práctica literaria, como lo demuestran las muchas horas dedicadas por los investigadores a dar cursos, tutorizar alumnos, asistir a congresos, evaluar proyectos, asesorar organizaciones, formar equipos, recabar recursos y justificar proyectos. Sin embargo, insistimos, los manuales tienden a darle valor a los descubrimientos presentados en papers por científicos que actúan como autores, desdeñando así varias décadas de historiografía.

Pero todavía hay más reproches que hacerle a la forma simplista de presentar esa empresa histórica que llamamos ciencia. La modernidad eligió sus grandes perdedores  y entre ellos es inevitable hablar de los amateur y de las muchas formas de conocimiento profano que no lograron ganarse el reconocimiento debido. Las mujeres, los artesanos o los campesinos fueron depositarios de los muchos conocimientos necesarios para sostener la vida en común, desde los que tenían que ver con la salud y la alimentación, a los que fueron responsables de la construcción de puentes, canalización de regadíos o la metalurgia de los minerales, por no mencionar los injertos, los bordados y los brebajes.

Ninguna historia quiso reconocer que estos saberes también formaron parte del séquito de actores que hicieron posible el despliegue de la ciencia moderna. Hasta muy recientemente fue desdeñada la pregunta de dónde y con quién se hicieron los experimentos, como tampoco se dio valor a ninguna forma de intercambio intelectual que no se sustanciara en textos, lo que ha tenido como consecuencia el desprecio de algunos espacios decisivos del saber en el siglo XVII, como lo fueron los salones, los espectáculos, los jardines y las cocinas. Abunda una literatura que prueba la importancia decisiva de los coffee shops y del propio hogar para el despliegue de la cultura experimental. Ninguna investigación concebida para ensanchar el mundo de la ciencia e incluir definitivamente a los mal llamados actores secundarios ha defraudado a sus promotores. Siempre que lo intentan, los historiadores han descrito coreografías más plurales, coloridas y vibrantes. Recapitulemos: la historia de la ciencia es una impostura si no aparecen las máquinas, los amateurs, los gestores, las mujeres y los hogares.  Y, lo sabemos, deja de ser un relato creíble, ya lo decíamos, si no incluye los conocimientos profanos, locales y tácitos. Pero hay más.

Otro gran ausente de nuestras historias son los espacios de la ciencia. Los manuales han querido presentarlos como meros contenedores de instrumentos, personas y libros, ignorando que la expansión de la urbe siguió la expansión de la ciencia.  Nuestras ciudades parecen haber seguido un patrón secular: los ensanches de la ciudades son precedidos por la inauguración de edificios concebidos como infraestructuras al servicio de la ciencia. Así, muchos edificios científicos  surgen como heterotopías cuya singularidad estética, además de romper la monotonía urbana, predican otra manera de mirar el mundo, otra forma de organizar nuestras relaciones con el entorno material, natural o social. La ciudad se abre a nuevas arquitecturas y sus edificios acogen otros paisajes cognitivos. Sin duda, la ciencia es ubicua y parte sustantiva de nuestra experiencia de lo urbano y, como decíamos, de lo urbanístico.

Espacializar el conocimiento debería ser una objetivo siempre a la vista. No es asunto menor que muchos de los edificios a los que nos referimos fueron construcciones ad hoc, especializadas en el tipo muy singular de tareas. Los casos más obvios son los jardines y los observatorios, dos arquitecturas inconfundibles. El primero por su organización en cuadrículas, ya sea al servicio de funcionalidades curativas como industriales, ya sea como demostración del orden con que Linneo imaginaba en la naturaleza. Los observatorios también tienen una identidad muy marcada por la necesidad de ser instalaciones que deben abrir su cúpula para observar tránsitos por el meridiano. Cuando vemos hoy las instalaciones portentosas características de la Big Science, en el Colisionador de Hadrones del CERN, las excavaciones arqueológicas de Atapuerca, el Centro Nacional de Supercomputación Mare Nostrum o el archipiélago astronómico del Instituto de Astrofísica de Canarias en La Palma, se hace contundente un argumento cuyos precedentes históricos hay que buscarlos en las instalaciones hospitalarias, los museos de Historia Natural o los campus universitarios.

Es tan evidente esta conexión entre lo cognitivo y lo monumental, entre la munificencia real y el decoro urbano, entre la utilidad de la ciencia y la dignidad de la Monarquía, que sería imperdonable no dar un paso más: la arquitectura de la ciencia no sólo da cuenta de los vericuetos del saber, sino que también de los tentáculos del poder. Y el epicentro donde convergen los saberes y los poderes es la ciudad. Ésta parece ser la lógica que sustenta una forma nueva de hacer turismo urbano que consiste en pasear sus calles o recorrer sus museos de arte al encuentro de las muchas huellas, casi todas imperceptibles, con las que la ciencia ha dejado marcas perecederas de su presencia por doquier. Y no sólo estoy pensando en los nombres de algunas calles que nos recuerdan algunas deudas con el pasado, sino también las muchas vidas, inteligencias, prácticas y tecnologías necesarias para que cada día se encienda la luz cuando pulso el interruptor o para que desaparezcan sin rastro los residuos siempre que los tiro.

Nuestras ciudades, deberíamos recordarlo con más frecuencia, son un ensamblaje de actores, humanos y no humanos, como también de valores, no siempre inevitables y muchas veces caprichosos, interesados o impuestos, que las hacen posibles como el mayor ámbito de libertad, creatividad y responsabilidad jamás construido. Pasear la ciudad buscando los dispositivos que materializan la vida en común, inaugura otra forma de frasear la urbe que la hace inteligible, negociable y, en consecuencia, pública.

El conocimiento ocupa lugar. Pero es que además se hace desde algún sitio en donde se involucran cuerpos concretos, gestos documentables, problemas específicos, actores concernidos, anhelos necesarios y atmósferas propias. El conocimiento, como vienen explicándonos los estudios postcoloniales, los análisis feministas y las producciones queer, siempre es un conocimiento situado. La ciencia moderna debe su espectacular despliegue a su habilidad para reducir los problemas a pocas variables y así generalizar o, como dicen sus más ardientes beatos, universalizar.  Nadie discute su éxito, pero si sus contradicciones.  Pongamos algún ejemplo. Cada día está más claro que no todos los cuerpos son iguales y que cada vez estamos más lejos de viejas simplificaciones que presuponían que todos reaccionamos igual frente a los medicamentos o a las sustancias tóxicas que pululan por los alimentos, los cosméticos, los pesticidas, los detergentes o los tintes. Si alguno de nosotros tiene la desgracia de caer en minoría y formar parte de esos grupos que sufren una enfermedad civilizatoria, crónica, huérfana o medioambiental, entonces tendrá que buscar soluciones situadas, adaptadas a esta forma particular de padecer en este entorno, con estos hábitos y este preciso cuerpo. La biodiversidad también nos vale para pensar hasta qué punto su sostenibilidad sólo es posible involucrando los conocimientos locales, indígenas o campesinos.

No queremos extendernos demasiado en el argumento. Nos basta con haber introducido la preocupación de que no todos los conocimientos son desarraigables respecto de la comunidad que los sostuvo, el entorno que los hizo posibles o la cultura que los movilizó. En realidad, por motivos poscoloniales, posmodernos o poscríticos proliferan los académicos y los activistas que están convencidos de que nos movemos hacia un nuevo paradigma sociotécnico donde objetivar, desanclar, descontextualizar ya no será signo de progreso y eficiencia, sino síntoma de obsolescencia, rigidez y elitismo. Cada día será más apreciado el gesto de quien no se conforma con describir lo que pasa y optará por incorporar las narrativas de lo que nos pasa.

No es que se abandone el lenguaje de los hechos, sino que se da más valor al de las preocupaciones o, en los términos que le gustan a Bruno Latour, que habrá que suspender el antagonismo entre las matters of fact y las matters of concern. Si lo hacemos, si no nos revolvemos contra esta revuelta de los legos o, como la llama Isabel Stengers, si abrazamos las cosmopolíticas, es decir los abordajes inclusivos, plurales y situados, entonces acabaremos por admitir nuevas economías políticas del conocimiento profundamente situadas no sólo en el tiempo, sino también en el espacio. Este giro espacial, en consecuencia, hace del lugar un actor relevante que habrá que incluirlo en nuestro relato junto con los otros actores invisibilizados.

Antonio Lafuente
@alafuente

Laboratorio de la palabra abierta

Carla Bosserman, Relatograma (20014)

Carla Boserman, Relatograma (20014)

Transmitir contenidos ya no puede ser el motor que legitime muchas de las instituciones culturales heredadas.  La escuela, los museos, las bibliotecas, los centros culturales tienen que reinventarse en un nuevo contexto donde encontrar contenidos no sólo es fácil y barato, sino que implica prácticas informales, tecnologías distribuidas y procesos deslocalizados.

La idea de que necesitamos una tribuna desde la que transmitir conceptos, un espacio para comunicar hallazgos, un repositorio para atesorar bienes o un lugar donde reunirnos, va camino de su obsolescencia definitiva. No es que se esté esfumando la necesidad de aprender, sino que es obvio que ahora disponemos de muchas alternativas posibles.

Todas las ciudades están experimentando el impacto de las nuevas tecnologías y el despliegue de nuevas formas de sociabilidad.  Hasta no hace mucho los asuntos de Internet eran cosa de jóvenes, de ricos y de blancos.  Parecía un fenómeno minoritario, técnico y utópico.  Todo parecía reducirse a entretenimiento y consumo: ver internet o comprar on-line, era casi todo lo que se podía hacer. Pero las cosas cambian deprisa.  La salud, las finanzas, la educación, la política, la seguridad, nuestra capacidad para relacionarnos… todo parece atravesado por la cultura digital. Lo digital dejó de ser un asunto para ingenieros y está siendo la sustancia misma con la que se hace el mundo al que pertenecemos.

Las figuras del maestro, el conservador y el bibliotecario están cambiando de forma acelerada. No es que ya no les necesitemos: el problema es que ahora les estamos pidiendo otras cosas. Todos los profesionales experimentan cambios muy parecidos. Y los procesos son más acuciantes cuanto más cercanos a la tarea de seleccionar, ordenar, empaquetar y transmitir conocimiento.

Los imaginarios de la biblioteca, explica Joaquín Rodríguez, ya no encajan en la categorías del lector  y del bibliotecario. Ni tampoco es suficiente con agregar la noción de libro. Sus funciones han venido ensanchándose para adaptarse a los nuevos tiempos y  ofrecer mejores servicios a los usuarios.  Hace tiempo que las bibliotecas ofrecen cine, exposiciones, conferencias, conciertos, representaciones y encuentros. Nada hay de extraño en estos desbordamientos. Una biblioteca siempre está en crisis porque siempre está amenazada de no ofrecer la información que sus lectores demandan. O, quizás, de no ofrecerla en los formatos requeridos. No es que la naturaleza móvil de las fronteras del conocimiento desafíe la actualidad de la institución, sino que la sociedad plantea otras demandas y/o se desvía hacia otras formas de gestionar la información.

Hoy los libros deben ser navegables, etiquetables, remezclables y trasmedializables. Siempre fue así, pero nunca antes experimentamos tal circunstancia con tanta intensidad y de forma tan generalizada. Escribir hipertextos es construir con palabras espacios navegables. Si pensar en la modernidad obligaba a saber leer, escribir y exponer en público, hoy se requiere una alfabetización que además promueva capacidades para seleccionar información, habilidades para la remezcla transmedializada, aptitudes para el trabajo distribuido y, desde luego,  recursos para el trabajo colaborativo y común.

Como le pasa a los museos, tampoco la noción de patrimonio llena el concepto de biblioteca.  Demasiado seguros de sí mismos, los repositorios de (casi) toda la genialidad humana han olvidado que hay vida más allá de los libros y sabiduría más allá de los genios, los expertos y los autores.  No basta con todo lo que se imprime, ni tampoco se imprime todo lo que se lo merece. Hay mucha sabiduría que siempre quedó oculta, como también es cierto que hay mucha cultura underground que es clave para entender lo que (nos) pasa. Y no estoy hablando de economías sumergidas o de corrupción política, sino de fenómenos tan notables como el rock, el movimiento hacker, el ecologismo, el voluntariado o Wikipedia.

No transmitir contenidos, no custodiar patrimonio, no consagrar autores, no construir un canon… Todo eso parece poco, sin que sea despreciable. ¿Y entonces?  ¿Qué pedirle a las bibliotecas?  ¿Podrían reinventarse para, como lo fueron en su origen, ser de nuevo uno de los emblemas de su (nuestro) tiempo y una infraestructura básica del espacio público?  La escuela, el museo y la biblioteca, como sucede en la Biblioteca Libre Entre Líneas, tienen que evolucionar hacia una noción de la cultura menos patrimonial y más abierta, menos vertical y más participativa, menos elitista y más urbana, menos planificada y más distribuida, menos canónica y más experimental, menos disciplinar y más emancipatoria, menos consensual y más discrepante, menos representativa de los anhelos de la clase dirigente y más sensible a la diferencia común y, en fin, menos machista, xenófoba, clasista, racializada, central, universal… Y, de verdad, todavía podría prolongar el listado. Pero no es necesario.

Abramos entonces sus puertas, pero no para que llegue la gente a beber de sus inagotables fuentes.  Abramos sus puertas y ventanas para que el afuera invada sus anaqueles, para que el rumor de la urbe vibre en sus salas.  Liberemos la biblioteca de su aburrida arrogancia, liberemos las palabras de su dueños imaginarios, introduzcamos al concierto los instrumentos bastardos, los sonidos corales, las partituras anónimas, los ruidos de la calle, los solistas comunes y el canto inaudito. Cualquiera que escuche la música experimenta emociones, sin que importe la renta, el nivel o la herencia. La música es un arte generoso, incluida la que se interpreta en edificios singulares. Los museos y las bibliotecas, sin embargo, son  instituciones exigentes: no suenan a nada, salvo que llegues con muchos años de formación y mucha disposición para el esfuerzo. La música siempre es un poco de todos, cualquiera puede experimentarla, todos podemos sentirla.  Las letras, en cambio, siempre son de otros y siempre requieren de un corrector de pruebas, de estilo, de sentido, de… autoridad.  La música podría sobrevivir  sin los expertos, los virtuosos, los críticos, los sabedores y los marchands.  ¿Y las palabras?

La palabra abierta también. La palabra que llamamos habla, la palabra no encuadernada, la palabra sin arbitraje, la palabra que no cotiza, la palabra que somos, la palabra sin autor, la palabra inaudita, la palabra lábil, la palabra bárbara, la palabra del alma, la palabra del dolor, la palabra libre,  la palabra aérea y respirada, la palabra del hambre y la palabra honda, la palabra justa y la palabra viva, la palabra mágica, como quería Joseph Freiherr von Eichendorff y ratificó Augusto Monterroso,  para que se eleve el canto el mundo.  Todas ellas están sin biblioteca.  Todas, cada una a su manera, son un gesto hacker:  el canto que buscamos consiste en hackear  los mundos del libro y del ponente, del plano del papel y del culto a la originalidad.

Una válvula (en) común

Lo que buscamos se dice pronto: fomentar una proliferación de comunidades que encuentren en la biblioteca las infraestructuras básicas para implementar su visión del mundo.  El papel de la biblioteca es el mismo de siempre: ofrecer hospitalidad y suprimir fronteras entre las ideas y la calle.  Lo que ahora  cambia es la intensidad de este compromiso en defensa del espacio público. Y este compromiso se puede desplegar a través de muchas iniciativas.  Por un lado, las heredadas desde la Ilustración que tiene que ver con el proyecto de abrir el libro, haciéndolo accesible y cercano. Nada diremos en este documento sobre la función tradicional de las bibliotecas. Por el otro, las asociadas con nuestra propuesta de abrir las palabras.

Abrir las palabras tendría que ser la nueva función que queremos para las bibliotecas en este momento que llamamos Segunda Ilustración, también caracterizado por la emergencia de nuevos actores, nuevos media y nuevas tecnologías.

Abrir las palabras equivale a empoderar a los ciudadanos con todas las prácticas, protocolos, estándares, códigos y dispositivos que les permitan hacer visibles sus propias propuestas, lo que implica apostar por un ensanchamiento sin precedentes de la esfera pública.

Abrir las palabras implica también suprimir las muchas fronteras, tan innecesarias como injustas, que hemos creado entre el mundo del autor y el del lector, entre la palabra culta y la palabra profana, entre  el mundo de la producción y el del consumo, entre los textos y las imágenes, entre los códigos y los contenidos, entre la oralidad y la textualidad.

Abrir las palabras supone hacer frente a los muchos procesos históricos de injusticia espacial y medioambiental. Muchas cosas pueden ser de otra manera y su cambio puede y debe prototiparse en abierto y en beta.  Abrimos las palabras para ensayar nuevas formas de ciudadanía y promover un dare aude! que complemente y refuerce el sensire aude! proclamado por Buffon y el posterior  sapere aude! kantiano

Abrir las palabras es hacer que vibren nuestras ciudades y rescatarlas de su deriva postpolítica para que vuelvan a ser el ámbito originario de la creatividad, la urbanidad y la libertad.

Abrir las palabras  es un proyecto que hemos reunido en un bouquet con cinco flores: bookcamping, educación expandida, neocartografías (también aquí), nuevas oralidades y taller de prototipado.

La promesa de la desorganización

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Instalación efímera de Boa Mistura para el evento Decoracción 2011. Inspirada en el poema “El orden es” de Louis I.Kahn.

 

El mundo está plagado de organizaciones que institucionalizan consensos más o menos democráticos, o valores más o menos impuestos. Gran parte de su actividad se orienta a la producción y reproducción de prácticas y argumentos que fortalezcan sus principios constitucionales y mejoren su legitimidad social. Todas en consecuencia tienen un canon que es fruto de innovadores maridajes entre los asuntos del saber y los del poder. Todas estas instituciones, también llamadas disciplinares, como lo son la escuela, el museo, la academia, la iglesia, el hospital y para muchos los media, el arte y la ciencia, son los pilares sobre los que se asienta nuestro mundo. Un mundo que, sin embargo, no deja de producir exclusión, dolor, enfermedad, desigualdad y pánico. Mucha gente no está contenta y ve otras conexiones, formula distintas preguntas o busca nuevas proporciones. Mucha gente apuesta por la desorganización.

Lo repetimos: el orden es construido y sólo es aparente para quienes comparten el sistema de valores que soporta la supuesta consistencia, armonía o simetría que sostiene nuestro mundo. El más mínimo cambio de mirada, sin embargo, desfigura, descentra o descompone el equilibrio. ¡Son nuestros monstruos! Pero no todo el mundo vive asustado, ni se espanta por las mismas cosas. ¿Podemos vivir sin monstruos?

El asombro es o debería ser un gesto común. Pero común no debería ser sinónimo de contingente, periférico, colateral, insignificante, y muchos menos desestabilizador o disruptivo. Todos los días lo comprobamos. Cada generación, cada cultura, cada cuerpo o cada localidad, encuentra sentido en conductas, prácticas o protocolos diferentes. Nada tiene de radical decir que eso que llamamos valores es transferido también a los objetos, los dispositivos o las tecnologías que nos rodean. Diseñar, en otras palabras, no es más que proyectar cosas que la gente quiera poseer, experimentar o sentir. Diseñar, en definitiva, es algo que todos hacemos de forma espontánea, ordinaria y constante.

El llamado design thinking, ahora tan redicho y cacofónico, sería una vulgaridad si no fuera porque puede practicarse a la inversa. Y así, de un mantra pasamos a un enigma: del todos nos producimos mediante valores, transitamos al qué valores están embutidos en cada producción. Ahora, desde este otro punto de vista, las cosas se vuelven muy problemáticas, pues con frecuencia damos por ineludibles, sabios o eficientes, muchos procesos, principios o protocolos que no son más que el resultado de una adaptación oportunista a un lugar, un tiempo, una cultura o un credo. Basta con que agreguemos la componente institucional para darnos cuenta de la gravedad de lo que decimos, pues ciertamente las cosas acaban siendo lo que son porque lograron fijarse en nuestros imaginarios, nuestros manuales y nuestros estándares como formas probadas, exigidas, naturalizadas y al fin inevitables e impuestas.

Cada cambio entonces implica la alteración de estructuras productivas, jurídicas o afectivas que parecían sólidamente asentadas. Los manuales de historia nos lo cuentan aunque, con frecuencia, sólo reparan en las grandes revoluciones, las grandes culturas, los grandes autores. Todo mayúsculo y todo épico. Cansados de relatos tan portentosos, en algunas facultades de humanidades, escuelas de negocios e institutos tecnológicos se hacen otras cuentas, se narran otros cuentos: historias de lo pequeño que explican cómo modificaciones minúsculas promovieron aperturas hacia lo improbable, lo imprevisto y hasta lo imposible. Nada nos impide aprender de estas historias.

Tomemos pues un objeto, un problema, un proceso, una estructura, un sistema o cualquier otro ensamblaje y expongámoslo a la mirada cruzada de perspectivas mutuamente inconsistentes. Situemos el objeto equidistante respecto a las ignorancias de cada uno de los participantes. Creemos un objeto frontera. Cuidemos que nadie se sienta preferentemente ubicado para comprenderlo mejor. Experimentemos la fuerza que mana de esta inestabilidad. Fomentemos la discrepancia sin cuartel. Hagamos explícitas las divergencia conceptuales. Señalemos el flujo inopinado de prejuicios. Luchemos contra el consenso funcional. Confrontemos el sesgo hacia la normalidad con la que cada interlocutor evita la complejidad. Explicitemos los riesgos inherentes a cada simplificación. Hagamos filosofía de garaje, practiquemos la cultura hacker, despleguemos la imaginación crítica, valoremos el aura de lo colateral, apreciemos el colorido de lo criollo. Hagamos diseño negro como se hace novela negra o humanidades ficción como haríamos ciencia ficción.

La promesa de la desorganización está por descubrir y es un continente a explorar. Para innovar hay que desorganizar: desburocratizar, descentralizar o desjerarquizar, son tareas urgentes si queremos acabar con mucho despilfarro, mucha ineficiencia y, desde luego, muchas asimetrías. Las cosas son como son porque algo y alguien las sostiene. ¿Desde cuándo? ¿Para qué? ¿Con qué aliados, mediante qué tecnologías, desde qué valores? En fin, la organización es culpable de lo mejor y de lo peor. Es el fruto de la simplificación, la exclusión y la institucionalización. Cada orden explícito contiene una forma cruel e insidiosa de desorden implícito. No desorganizar nos condena a la injusticia, el despilfarro y la irrelevancia.

Antonio Lafuente

Oficina Nacional de Ciencia Ciudadana

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Ciencia ciudadana (también aquí, aquí y aquí) es ya un concepto maduro, nacido en 1995 de la pluma de Alan Irwin. Describe una constelación de actividades que comparten la necesidad de situar los problemas locales, minoritarios y marginales en el espacio del laboratorio y en el centro de la política. Se trata de asuntos mal conocidos, ya sea porque no son bastante atractivos para la comunidad científica, ya sea porque no se da valor a un sinfín de datos que las instituciones tienden a considerar colaterales, insignificantes, extravagantes o anómalos.

No todos los cuerpos reaccionan igual ante, por ejemplo, los campos electromagnéticos, las sustancias químicas, la presión laboral o la creciente complejidad del mundo que vivimos. Cada día aumenta el número de personas cuya respuesta o adaptación al entorno es atípica. Cada día crece también el número de colectivos que lamentan el poco esfuerzo que hace nuestra sociedad por comprender mejor muchos problemas de naturaleza medioambiental, urbana, sanitaria, industrial o laboral. Su número creciente impide que la sociedad pueda ignorarlos.

Las movilizaciones a que dan lugar estos asuntos están produciendo nuevas formas de ciudadanía, como también debates que deben ser más abiertos y mejor informados. No necesitamos menos ciencia, sino más actores convencidos de que nos estamos refiriendo a objetos complejos de origen multicausal y de naturaleza controvertida. La calidad de la democracia tiene mucho que ver con la calidad del debate y está claro que muchas veces más que una demostración necesitamos una verdadera negociación, un diálogo basado en información contrastada y que contemple las distintas maneras de enfocar los problemas.

La ciencia ciudadana entonces tendría por objetivo dar visibilidad a los colectivos menos agraciados por el desarrollo. Facilitaría la vertebración de los descontentos y ayudaría a dar mayor robustez a nuestra democracia. Sus trabajos estarían en la frontera de la innovación ciudadana, contribuyendo a producir nuevos estándares de vida y de justicia social. Así, la creación de una Oficina Nacional de Ciencia Ciudadana sería el instrumento para seleccionar proyectos, canalizar recursos, promover rutas de colaboración entre ciudadanos y científicos, formar actores capaces de actuar como mediadores sociales, abrir las puertas de los laboratorios a la participación y fomentar la gobernanza de la ciencia.

La solución nacional no es imprescindible. Hace unos años, por ejemplo, que la región de París puso en marcha el proyecto PICRI, Partenariats institutions-citoyens pour la recherche et l´innovation, para fomentar la colaboración entre ciudadanos y expertos, creando desde 2005 convocatorias abiertas que imponen, entre otras condiciones, la articulación de una colaboración (partenariado) entre un laboratorio público y una organización ciudadana sin menoscabo, como se explica en Sciences Citoyennes, del trabajo bien hecho y al servicio del bien común: hacer (el) bien. Tampoco son aceptados los proyectos cuya finalidad sea la promoción de cultura científica pues, contra lo que viene siendo tan dominante como cuestionable, se quiere explorar la idea de que la divulgación no es el único pacto posible entre ciencia y sociedad.

Varias décadas antes, desde la década de 1970, ya existían por todo el mundo experiencias de investigación nacidas extramuros de la Academia, cuya finalidad no era establecer nuevos hechos sino tratar de entender nuestro modo de vida y la forma de mejorarlo. Es lo que genéricamente hoy llamamos action research, participatory research y, en castellano, investigación-acción. Aunque desde tradiciones muy diferentes, debemos a John Dewey, Kurt Lewin, Paolo Freire o Ivan Ilich los primeros esfuerzos para conceptualizar los motivos que debieran conducir a los públicos, los afectados, los subordinados o los excluidos a tratar de conformar comunidades de aprendizaje que acabaran siéndolo de emprendizaje social. Este también es el origen de los science shops, nacidos en Holanda y hoy extendidos por todo el mundo, y conformados como una especie de university-based action research, donde la función que desempeñaba la administración en la región Île-de-France, es asumida de forma descentralizada por las universidades.

Hoy  el concepto de moda para hablar de todos estos movimientos es living knowledge, y lo usamos para tratar formas de conocimiento que entrelazan los imperativos de la acción con los de la investigación, las lógicas de la producción con las del cuidado y los saberes profanos con los expertos. Y sí, les llamamos vivos porque su finalidad no va más allá de la solución colaborativa y abierta de conflictos locales que pueden ser nombrados mediante experiencias situadas, palabras ordinarias, prácticas artesanales y relatos compartidos. Se llama conocimiento vivo para contrastarlo con el otro: el saber formal y/o académico, un saber muerto siempre tentado por la deriva hacia la abstracción, el desarraigo y la estandarización que, sin duda, son características tan admirables como exclusivas y excluyentes, dada su capacidad para dividir el mundo entre sabios y legos o, en otras palabras, entre saberes verdaderos y falsos. Una escisión cada día menos llevadera y más amenazante que nos obliga a pensar nuestros problemas en términos de convivialidad o, como nos sugiere Isabel Stengers y Bruno Latour, de forma cospomolítica, es decir admitiendo el pluralismo epistémico como un activo y no como algo que debe ser corregido mediante los aparatos disciplinarios del estado en la escuela, el museo, el hospital o la cárcel.

Hay mucho conocimiento invisible y necesario entre los campesinos, los trabajadores, los indígenas o los enfermos. Junto a ellos, a partir de anhelos no satisfechos y en respuesta a injusticias más o menos ocultas, emergen todos los días colectivos dispuestos a hacerse escuchar. Y la red ha contribuido a dar visibilidad a estos colectivos o, como se les llama en la jerga de la Unión Europea, civic society organizations (CSO). Sin necesidad de ser tecnoentusiastas (personas que con la fe del e-carbonero confían en que todas las respuestas estén en Internet), se puede afirmar que ahora no es tan difícil ni costoso reunir cuerpos dispersos. Disponemos de muchos ejemplos convincentes. Tantos que ya son pocos los que discuten la emergencia de una nueva esfera pública alrededor de una pluralidad diversa, distribuida y heterogénea de procesos de empoderamiento ciudadano.

Son muchos los que han proliferado al abrigo de la cultura digital. Entre ellos es obligado citar a los hackers, los wikipedianos, los movimientos a favor de los bancos de semillas libres, los makers y toda esa proliferación de nuevos espacios para el conocimiento ciudadano que configuran la constelación de science shops, living labs, city labs, medialabs, huertos urbanos, hackersspaces, fablabs o makerspaces. Hablamos entonces de miles de espacios que conforman un tercer sector del conocimiento, ni público ni privado, que está explorando formas alternativas de producir, usar y comunicar el conocimiento. Nos referimos a un saber que, como insistentemente explicaba Fals-Borda, siendo pobre no es de peor calidad y que no sólo está comprometido con la democratización del conocimiento, sino que no desdeña los saberes locales, los efectos colaterales o las necesidades de las minorías.

El tercer sector del conocimiento cuestiona las rígidas divisiones disciplinarias, niega la impuesta escisión entre legos y expertos, critica que el conocimiento sea una empresa basada individual, minimiza la función autorial, discute la arrogancia de quienes entronizan la objetividad, promueve los saberes al servicio de la comunidad y, en fin, trabaja a favor del despliegue de la inteligencia colectiva y promueve los encuentros que confían en la coproducción del saber. El tercer sector entonces recupera los imaginarios que siempre vieron en la ciencia un bien común.

Antonio Lafuente y Daniel Lombraña