Sobre cómo abrir contenidos: el caso de La aventura de Aprender

CC_guidant_les_contributeurs

CC guiando a quienes contribuyen

Cuando el 16 de diciembre de 2002 una organización sin ánimo de lucro denominada Creative Commons emitió su nota de prensa en la que hacía conocer la creación de un sistema estandarizado de licencias de propiedad intelectual, vino a introducir para las obras literarias, artísticas y científicas las mismas prácticas que ya se estaban produciendo para las obras de software. Construyendo sobre estas prácticas se ha puesto a disposición pública bajo protocolo CC+ una parte de los vídeos de «La aventura del saber», generándose de esta manera con los contenidos abiertos de «La aventura de aprender», un archivo de experiencias de aprendizaje.

Para explicar cómo se llegó a la licencia elegida no está de más, con ánimo didáctico, introducir previamente una serie de conceptos para los no iniciados en el mundo de la propiedad intelectual.

Cuando un autor crea una obra literaria, artística o científica que cuente con suficiente originalidad, comienzan a poderse aplicar unas leyes que regulan los derechos que corresponden a dicho autor por el solo hecho de la creación de la misma. En nuestra legislación estos derechos se dividen, sintéticamente, en dos grandes grupos: (1) los derechos morales, que rigen cuestiones relativas a la esfera de la personalidad del autor (divulgación de la obra, autoría, integridad de la obra, retirada del mercado y acceso al ejemplar único) y (2) los derechos de explotación, que son los derechos económicos por excelencia, por los que el autor puede decidir quién goza de la facultad de copiar, distribuir, difundir y transformar su obra.

(1) Los derechos morales son irrenunciables e inalienables, lo que tiene toda su lógica dada la naturaleza de tales derechos: por ejemplo, negar que una obra corresponde a un autor supondría atentar contra la realidad de un hecho ocurrido. Dadas estas características de irrenunciabilidad e inalienabilidad, en principio estos derechos se hallan fuera del comercio.

Y decimos «en principio» puesto que, en la práctica, la vulneración de un derecho moral puede dar lugar a una negociación sobre el importe de la indemnización, como así ocurrió en el caso del puente Zubizuri en Bilbao, obra de Santiago Calatrava. En este caso, el Ayuntamiento de Bilbao prolongó el puente con una pasarela no proyectada por Calatrava, por lo que éste demandó al Ayuntamiento por vulneración del derecho moral de integridad de la obra reclamando 3 millones de euros, cantidad que finalmente fue reducida a 30.000 en sentencia de 10 de marzo de 2009 de la Audiencia Provincial de Vizcaya [pdf]. Por otra parte, también es conocida la existencia de los llamados “escritores fantasmas” o “negros literarios” y también de negros en ciencia que, ocultando su autoría, venden obras para que otros pongan su nombre en ellas. La venta se realiza con el compromiso de no hacer pública la identidad del verdadero autor, lo que se fundamenta en la confianza ya que en definitiva tal pacto de silencio vulnera la inalienabilidad que dispone la ley.

(2) Por otra parte, los derechos de explotación suponen el eje sobre el que se pretenden establecer los rendimientos económicos de una obra. Tal y como establece el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, corresponde al autor decidir a quién cede los derechos de copiar, distribuir, difundir o transformar su obra. Por otra parte, dado que las normas generales sobre contratación permiten establecer cuantos pactos, cláusulas y condiciones se tengan por conveniente, nos encontramos en la práctica con infinitas modalidades de cesión de los derechos. En términos generales, los contratos en los que se ceden este tipo de derechos suelen contener cláusulas sobre territorios de aplicación, periodos de vigencia y finalidades del uso de las obras. 

Esta cesión de los derechos de explotación se puede realizar abrazando uno de los dos modelos que, con independencia de cómo se haya retribuido al autor por su trabajo, actualmente están en boga: el primero de ellos correspondería a un sistema en el que la copia se controla lo máximo posible para cobrar por cada mínimo uso de ella, mientras que el segundo modelo correspondería a un sistema en el que se pretende la máxima difusión de la copia dado que los retornos que se persiguen van más allá del inmediato ingreso monetario. A grandes rasgos, el primero de los modelos sería el seguido por la industria del entretenimiento mientras que el segundo conviene más al mundo de la cultura y, especialmente, a la difusión de la ciencia, la investigación y la tecnología. Si el primer modelo está significado por la industria del cine, de la música y del best-seller, el segundo modelo lo está por la Academia.

Creative Commons: seis licencias y cuatro parámetros

Al inicio de este texto mencionábamos que las licencias Creative Commons (CC) introdujeron para las obras literarias, artísticas y científicas las mismas prácticas que ya se estaban produciendo para las obras de software. Ante la complejidad de las posibilidades de cesión de los derechos de autor, en el mundo de las obras de la programación informática se había optado por un sistema de estandarización de licencias mediante las cuales se señala, de antemano y de una manera pública, qué derechos permite el autor de una obra ejercer a los usuarios de la misma. El sistema legal establece que si un autor no expresa ninguna voluntad sobre su obra, entonces nada está permitido con respecto a la misma puesto que no ha cedido ningún derecho. Los programadores informáticos que deseaban que sus obras pudieran ser reutilizadas resolvieron esta cuestión añadiendo al código fuente de sus producciones un archivo de texto en el que se contenía la licencia que deseaban aplicar a su obra. De esta manera, cualquiera que acceda al código puede conocer, sin necesidad de preguntar (molestar) al autor, las posibilidades de reutilización del programa.

Siguiendo este modelo, la organización Creative Commons redactó seis licencias en las que se jugaba con cuatro parámetros para así darle al autor la elección sobre seis modalidades diferentes de cesión de derechos a los usuarios. Los cuatro parámetros que se utilizaron para las cláusulas de la licencia fueron el reconocimiento de la autoría de la obra, su explotación comercial, no permitir obras derivadas y, por último, permitir sucesivas obras derivadas bajo la misma licencia.

Fotografía, con licencia Creative Commons, de César Poyatos

El primero de los parámetros, el reconocimiento de la autoría de la obra (BY –por–), se halla presente en todas las licencias CC, mientras que los otros tres parámetros, la explotación comercial de la obra (que se identifica por su acrónimo NC –Non commercial), no permitir obras derivadas (ND –No derivatives ) y permitir obras derivadas bajo la misma licencia (SA Share alike) son parámetros opcionales.

Mediante la combinación del parámetro obligatorio BY y los otros tres parámetros NC, ND y SA se obtienen las seis modalidades de licencias CC: By, By-NC, By-SA, By-ND, By-NC-SA y By-NC-ND.

Si bien los derechos que el autor concede a los usuarios en cada una de las licencias se explican de una manera muy clara en la página web de Creative Commons, a la que nos remitimos, para recordar de memoria cuáles son las seis licencias podemos utilizar unas reglas simples de combinatoria:

– Combinando un solo parámetro: licencia BY (recordemos que este parámetro es obligatorio).

– Combinando dos parámetros: licencia BY-NC, licencia BY-ND y licencia BY-SA (el parámetro obligatorio BY más uno de los parámetros NC, ND, SA).

– Combinando tres parámetros: licencia BY-NC-SA y licencia BY-NC-ND (el parámetro obligatorio BY más dos de los tres parámetros NC, ND, SA pero recordemos que la combinación ND-SA es contradictoria puesto que ND implica que no se permiten obras derivadas de la obra original, mientras que SA supone dar permiso para realizar obras derivadas de la misma).

Para licenciar una obra, basta con que el autor de la misma indique los permisos concedidos en un lugar lo suficientemente visible (por ejemplo en la parte inferior de su página web, en la página segunda de un libro, en el pie de una fotografía o en el de un vídeo). El acto de licenciar una obra se realiza señalando qué permisos otorga el autor a los usuarios, pudiendo el autor realizar este acto de cualquier forma que tenga por conveniente para que los usuarios puedan tener conocimiento de los permisos otorgados. Por tanto, no es necesario que el autor inscriba la obra en ningún registro o realice ulteriores formalidades más allá de la expresión clara de los permisos que concede.

Las licencias CC, además, se estructuran en tres capas: una primera capa que consiste en la terminología legal, como una licencia más, una segunda capa que es un resumen de la licencia para hacerla lo más comprensible posible a los legos en Derecho, y una tercera capa consistente en código RDF (Resource Description Framework) que permite que cuando los buscadores arañan una página web puedan conocer qué tipo de licencia tiene la página en cuestión. La utilidad de esta tercera capa, propia de la web semántica, es clave para diseñar buscadores que permitan criterios avanzados de búsqueda, como por ejemplo, buscar una fotografía cuya licencia nos permita la reutilización comercial.

CC+ y el caso de «La aventura de Aprender»

Si hasta ahora hemos utilizado el término autor, la realidad tiene más matices. Ante la existencia de una obra intelectual suele ocurrir que no sólo los autores son los titulares de los derechos sino que existen supuestos en los que el autor ya ha cedido los derechos de explotación, por lo que la titularidad de los mismos corresponde a terceras personas.

Además, existe la figura del productor que si bien estrictamente no es autor, también tiene derechos otorgados por las legislaciones de propiedad intelectual. En una producción audiovisual concurren muchos titulares de derechos y quien lo explicó de una manera muy clara fue el realizador-productor Stéphane Grueso en su documental ¡Copiad Malditos! La historia de esta obra es autorreferencial: RTVE encargó a la productora Elegantmob, en la que Stéphane Grueso participa, la realización de un documental sobre propiedad intelectual. No se le ocurrió a Stéphane Grueso otra cosa que rodar la historia del laberinto por el que tenía que pasar su propia producción para que pudiera finalmente ser de libre descarga desde la web de RTVE.

En ¡Copiad Malditos! se nos muestra la cantidad de obras, y por tanto de derechos, que concurren en una realización audiovisual, por lo que nos podemos hallar ante la necesidad de conciliar muchas voluntades a la hora de obtener un consenso sobre qué licencia se elige para licenciar una obra de propiedad intelectual. La obra de Stéphane Grueso está licenciada bajo BY-NC pero llegar a este acuerdo entre autores no siempre es posible y, por tanto, las seis posibilidades de las licencias Creative Commons no bastarían. En estos casos, la tentación consiste en copiar una licencia Creative Commons y añadirle las cláusulas que se tengan por conveniente. Sin embargo, existe una solución más adecuada facilitada por la propia organización, que es el protocolo CC Plus, ya que nos permite retener las ventajas del código subyacente de la tercera capa de las licencias Creative Commons, el código RDF propio de la web semántica antes descrito.

El protocolo, que no nueva licencia, CCPlus, supone utilizar una licencia CC a la que se le añaden más permisos. Esta posibilidad es la que se propuso para licenciar los vídeos de «La aventura de Aprender». Se trata de vídeos financiados con dinero público cuyo contenido está orientado finalísticamente a la difusión del conocimiento, por lo que el grupo donde debemos enmarcarlos no es el de la industria del entretenimiento sino en el de la educación. En este sentido, se siguen los principios normativos de la Unión Europea que establecen que deben devolverse a la sociedad los contenidos en ciencia e investigación obtenidos mediante dinero público, lo que tiene toda su lógica: si los ciudadanos pagamos con nuestros impuestos la generación de unos determinados contenidos, no es legítimo que para usar o acceder luego a los mismos se tenga que pagar nuevamente.

El compromiso al que podría llegarse en virtud de la voluntad de los diferentes titulares de los derechos sobre las obras fue el de permitir su utilización en internet sin uso comercial ni obras derivadas, añadiéndole permisos para poder realizar obras derivadas siempre y cuando éstas se realizasen con fines educativos y dentro de los cuatro años desde la difusión. El texto propuesto finalmente fue el siguiente:

Licencia CCPlus

Todas las obras del presente repertorio se hallan licenciadas bajo una Licencia CCPlus, compuesta por la licencia Creative Commons By-NC-ND a la que se le añaden los siguientes permisos:

Durante un ámbito temporal de cuatro años desde la divulgación de la obra objeto de licencia, podrán realizarse obras derivadas de la misma, siempre y cuando éstas se realicen con ocasión o dentro de un ámbito educativo o de investigación.

El caso de «La aventura del saber» es un ejemplo de utilización modular de las licencias CC en el que, tomando como base la licencia CC más restrictiva, la licencia By-NC-ND, siempre podemos añadir a la misma nuevos permisos temporales, espaciales, finalísiticos… para, de esta manera, ajustar la licencia CC a los consensos posibles entre los diversos titulares sin perder las ventajas de la web semántica que CC nos ofrece en su tercera capa.

Recordando las palabras del profesor González Barahona, el Copyleft siempre se ha desenvuelto en ambientes hostiles. Transformar contenidos cerrados en contenidos abiertos no es una tarea fácil. Sin embargo, la posibilidad que nos ofrece el protocolo CCPlus y el ejemplo de cómo licenciar «La aventura del saber» nos enseñan un posible camino que, si bien pudiera no ser el óptimo, cumple a la perfección las palabras de Voltaire de que «lo mejor es enemigo de lo bueno».

Javier de la Cueva
Abogado especializado en propiedad intelectual
@jdelacueva

¿Necesita la ciencia ferias populares?

o_Feria_ciencia_2007_MG_6124-088

IX Feria de la Ciencia de Madrid (abril, 2008)

Ahora que comienzan a proliferar los espacios maker y que ya nadie parece tener dudas sobre esta nueva deriva del sistema educativo y de innovación, recordé un texto que escribí hace seis años para reflexionar sobre otra urgencia del momento: las ferias de la ciencia. Muchos de los argumentos de entonces creo que siguen vigentes y merecen ser reconsiderados por quienes nos acompañen en el proyecto LADA.

En abril de 2008 se inauguró la IX Feria de la Ciencia de Madrid, un evento que logró congregar en tres días a más de cien mil visitantes. El ambiente era extraordinario y estaba dominado por gente joven, pues desde el principio se optó por un modelo de feria pensado para bachilleres y por profesores de enseñanza media. Se trataba, decía la folletería oficial, de movilizar la cantera y de insertar la ciencia entre las prácticas culturales ordinarias. Una operación que se veía ligada a la modernización del país y destinada a mejorar la imagen social de la ciencia y de los científicos.

El reto no era fácil, aunque su diseño se hizo con acierto, porque los hechos demuestran que los colegios son un público cautivo que garantiza el éxito, siempre que se mida en términos de audiencia. Había además muchas, variadas y convincentes declaraciones que demandaban a los científicos y a sus organizaciones salir de la torre de marfil y acercarse a las preocupaciones comunes. Ahora se les pide que sean eficientes o, en otros términos, que logren patentes y se inserten en el sistema productivo. Entonces, hace una década, se les reclamaba visibilidad, tanto para mejorar su impacto y reconocimiento en la comunidad científica internacional, como para desmontar los baluartes que les aislaban de la sociedad en su conjunto. La administración, la prensa y los mismos organismos públicos de investigación se pusieron a la tarea. Y hoy, con el esfuerzo de muchos, tenemos un reguero de eventos por todo el territorio nacional que celebran la ciencia. ¿Feria? ¿En qué sentido feria? ¿Es un mercado o es una fiesta? Creo que la IX Feria de la Ciencia de Madrid nos estaba convocando a una fiesta. ¿Fiesta? ¿Necesita la ciencia fiestas? ¿Qué se está festejando?

La inspiración para este artículo me llegó con la lectura de un conocido texto de Lévy-Leblond publicado en Alliage. El argumento es fácil de recrear. La imagen de la ciencia es ambigua, pues siendo indudable su contribución al desarrollo económico y al bienestar social, no es menos cierta su implicación en procesos tan poco píos como los de colonización, militarización, racialización o vivisección. Hiroshima, Chernóbil o Bhopal son hitos inolvidables, como también será duradera en el imaginario colectivo la memoria de las vacas locas, las dioxinas, el amianto o el DDT. Durante mucho tiempo las instituciones científicas han hecho todo tipo de piruetas dialécticas para minimizar el deterioro de su imagen pública. Desde afirmar que las conductas fraudulentas o perversas son excepcionales, hasta recurrir al viejo recurso de decir (disimular) que una cosa es la ciencia y otra sus aplicaciones.

Ambas estrategias pierden crédito, especialmente cuando se conoce que la ciencia ya es una empresa de unas dimensiones descomunales en donde, además de científicos, cada día son más influyentes los gestores de recursos financieros, de patentes o derechos de propiedad intelectual, de imagen corporativa y de personal. La consecuencia es que, en efecto, las instituciones científicas cada vez están más penetradas por el capital privado y, en consecuencia, por su modos de funcionamiento y, entre ellos, es inevitable hablar de la práctica del secreto, la mercantilización del saber (también el conectado a la salud y el medio ambiente) o la valoración de los descubrimientos según su cotización en bolsa. Hay empresas que invierten más en I+D que muchos estados. A su servicio, hay una constelación de oficinas de prensa, gabinetes jurídicos o think tanks que intentan influir en las políticas energéticas, alimentarias, sanitarias, de comunicación o seguridad y no siempre los ciudadanos saben a qué carta quedarse. Los gobiernos tampoco parecen muy ágiles en esta batalla por controlar la opinión pública. Hay mucha confusión y cada vez será más difícil separar la información de la opinión, el interés público del privado, la excelencia de la popularidad y los accidentes de los atentados.

Así las cosas, entre tanto problema por delimitar cada año llegaba la Feria de la Ciencia. Está muy bien que sepamos encontrar en el conocimiento el espectáculo de las maravillas y gozar con lo que de aventura hay en la exploración de lo nuevo, de lo distinto o de lo genuino. Sin duda, la pasión del saber merece una fiesta. Tampoco es un argumento menor el de quienes defienden la necesidad de buscar asuntos de mucho consenso, como la ciencia, para paliar de alguna manera la crisis de representación que padecen nuestras sociedades. Este razonamiento vale también para la oleada de ferias, fiestas o festivales de la música, el arte o el patrimonio. Nuestras ciudades no saben ya qué inventar. Y, desde luego, hay mucho negocio turístico alrededor de estas exultantes industrias culturales.

No es menos cierto, sin embargo, que pese a las muchas sospechas de mercantilización que merecen semejantes eventos, sigue habiendo en la música valores que favorecen la cohesión social. La música es un ejemplo que nos ayuda a entender lo mucho que le queda a la ciencia por recorrer para que las ferias se conviertan en fiestas. Todo el mundo sabe cantar, y nadie puede decir que no se ha involucrado en algún “Cumpleaños feliz” o en un “Asturias patria querida”. La música recorre todo el espectro social, desde el virtuoso anónimo al gran tenor, pasando por un baile de pueblo y la orquesta de chin-chin-pun, las nanas y el “We are the Champions”. La música es un asunto popular y plural, divertido y comercial. Todos los mundos caben en la música y, seguramente, en la literatura y en la pintura, pues nadie se escapará sin escribir o garabatear un papel.

La ciencia está lejos todavía de la gente. Los científicos se comportan como posesos, siempre celosos y vigilantes de quién usa y para qué su jerga. Si alguien “canta” mal es inmediatamente arrojado al pozo de los ignorantes, un pozo que nada tiene que ver con el pozo de Tales. Una conducta que tiene poco de divertida, y que más bien adopta los perfiles de lo profesoral, lo peripatético o lo fúnebre. Mientras la música es global y cercana, la ciencia sólo parece hablar lo universal y lo distante. ¿Saben hablar los científicos? ¿Podrían soportar una conversación sobre lo que (nos) pasa sin perder los nervios y quitarnos la palabra o, peor aún, todas las palabras? ¿Les somos necesarios o, simplemente, sólo funcionamos como gente a quien adoctrinar?

Lo peor de las Ferias de la ciencia no es que las instituciones las utilicen para hacer propaganda de sus actividades, tratando de evitar la pérdida de imagen que paulatinamente se va apoderando de los científicos. Lo peor no es que nos traten de analfabetos, como si fuéramos un terreno baldío que hay que arar y luego cultivar. Tampoco sabemos solfeo y, sin embargo, viene una soprano e interpreta su lieder sin quejarse de tener un público ignorante. Y es que la música, al fin y al cabo, habla de lo que nos pasa. Una interpretación no es sólo un acto de comunicación y de creación, sino también una negociación que involucra a todos los presentes, salvo quizás en los santuarios del virtuosismo.

Lo peor de la ferias es que confunden ciencia con descubrimientos. Sólo interesa lo último, lo más sexy y, a veces, hasta lo más raro. Las ferias de la ciencia son de triunfadores. Las grandes ideas, y los descubridores brillantes, las organizaciones ricas y los problemas mediáticos. ¿Dónde están lo amateurs y los activistas? ¿Qué se ofrece a las amas de casa, los rockeros y los alérgicos? ¿Cuál es la fiesta que se ha preparado para los que sufren de ansiedad, los que saben de pájaros o quienes crean el software libre? Hay muchos profesores, pero se ve poca presencia de los colectivos que, desde la ciencia y la experiencia, nos protegen de los abusos contra el medioambiente, la salud, la privacidad o la privatización alarmante de nuestras aguas, costas, calles o cultura.

No voy a decir que la Feria a la que aludo hubiese caído en manos de mercaderes: los expertos en marketing corporativo. He visto a muchos niños y muchachos con el brillo en los ojos de quienes saben gozar sabiendo. Pero como hay tanto listillo que sabe sacar partido de todo, nadie lamentaría que cada Feria tuviera un defensor de esa candidez amenazada -defensor de la nostalgia de (otra) ciencia-. Se puede decir que la feria no rompe del todo la condición de compartimento estanco reservado para los científicos. Los niños se disfrazan de científicos, pero no vemos a científicos disfrazados de legos, aún cuando con lo que saben se escriben unos cuantos papers y con lo que ignoran se hacen bibliotecas nacionales.

Ya voy a terminar. A las ferias de la ciencia de entonces y quizás también a las ferias makers de hoy les falta espesor cultural, histórico y cívico. Nadie se esfuerza en contar lo difícil que fue montar leyes estables, las polémicas que necesitó identificar las variables con las que encajar la realidad en un modelo. Parece que el medio ambiente siempre estuvo ahí, cuando el concepto mismo es un alarde de creación colectiva, distribuida e intergeneracional. Hay que ser más valiente en el tratamiento de los problemas que hay en la calle y mostrar que no son el capricho de unos arrebatados, sino una construcción social de la que es imposible separar las dimensiones políticas e ideológicas de las tecnológicas y comerciales. La ciencia no es una cosa de genios: es una empresa colectiva e histórica, con máquinas, operadores, inversores, comunicadores y abogados. Hay que hacer un gran esfuerzo para que el protagonismo excesivo que se concede a lo fácil (lo abstracto y lo brillante) se compense con lo complejo (lo local y lo incierto).

Seguramente pasarán años antes de que las ferias logren arraigarse en la urbe. Levy-Leblond habla de estos eventos como síntoma de un mal de culture, concepto que ayudó a popularizar un texto de Castoriadis, En mal de culture (Esprit, octubre de 1994), también publicado bajo el título La culture dans une societé démocratique. La ciencia que estaría frente al vértigo de ser otro recurso más con el que hacer negocios (como le pasa al arte o al deporte) puede estar despidiéndose de su origen ilustrado al servicio de lo público y en lucha contra la superstición. Nuestra sociedad entonces mira a la ciencia como si todavía quisiera ser símbolo de emancipación, autonomía, libertad y progreso. Cuando la ciencia sólo sea una forma más de institucionalizar los discursos dominantes (los que abanderan las corporaciones multinacionales), nuestra sociedad padecerá un agudo mal de culture del que deberíamos protegernos.

Antonio Lafuente
@alafuente

Los espacios en/de la ciencia

998339125_cie46lr-528x201

Granada Science Park frente a Granada

 

Los manuales al uso se empeñan en contarnos que la ciencia es un episodio cerebral e individual y, cuando sus autores quieren meterse en algún vericueto, entonces hablan de una empresa social que sucede en recintos cerrados pero que embeben los valores dominantes del entorno que los acoge y generalmente los financia. Los manuales, en fin, se empeñan en un trampantojo inveterado: invisibilizar todos los actores presentes en la escena, desde los que hacen políticas y asignan recursos, hasta los que gestionan las finanzas, el personal, las comunicaciones, las computaciones, la propiedad intelectual o las relaciones con la prensa. Tampoco hay que olvidar toda la parafernalia que conforman las revistas, las editoriales, las titulaciones, las conmemoraciones, las auditorías y las convenciones. Porque algo tendrán que ver todas estas movilizaciones con lo que pasa en ciencia y lo que les pasa a los científicos. Y por mucho que se quiera medir el impacto de las publicaciones, conviene recordar que la ciencia no es una práctica literaria, como lo demuestran las muchas horas dedicadas por los investigadores a dar cursos, tutorizar alumnos, asistir a congresos, evaluar proyectos, asesorar organizaciones, formar equipos, recabar recursos y justificar proyectos. Sin embargo, insistimos, los manuales tienden a darle valor a los descubrimientos presentados en papers por científicos que actúan como autores, desdeñando así varias décadas de historiografía.

Pero todavía hay más reproches que hacerle a la forma simplista de presentar esa empresa histórica que llamamos ciencia. La modernidad eligió sus grandes perdedores  y entre ellos es inevitable hablar de los amateur y de las muchas formas de conocimiento profano que no lograron ganarse el reconocimiento debido. Las mujeres, los artesanos o los campesinos fueron depositarios de los muchos conocimientos necesarios para sostener la vida en común, desde los que tenían que ver con la salud y la alimentación, a los que fueron responsables de la construcción de puentes, canalización de regadíos o la metalurgia de los minerales, por no mencionar los injertos, los bordados y los brebajes.

Ninguna historia quiso reconocer que estos saberes también formaron parte del séquito de actores que hicieron posible el despliegue de la ciencia moderna. Hasta muy recientemente fue desdeñada la pregunta de dónde y con quién se hicieron los experimentos, como tampoco se dio valor a ninguna forma de intercambio intelectual que no se sustanciara en textos, lo que ha tenido como consecuencia el desprecio de algunos espacios decisivos del saber en el siglo XVII, como lo fueron los salones, los espectáculos, los jardines y las cocinas. Abunda una literatura que prueba la importancia decisiva de los coffee shops y del propio hogar para el despliegue de la cultura experimental. Ninguna investigación concebida para ensanchar el mundo de la ciencia e incluir definitivamente a los mal llamados actores secundarios ha defraudado a sus promotores. Siempre que lo intentan, los historiadores han descrito coreografías más plurales, coloridas y vibrantes. Recapitulemos: la historia de la ciencia es una impostura si no aparecen las máquinas, los amateurs, los gestores, las mujeres y los hogares.  Y, lo sabemos, deja de ser un relato creíble, ya lo decíamos, si no incluye los conocimientos profanos, locales y tácitos. Pero hay más.

Otro gran ausente de nuestras historias son los espacios de la ciencia. Los manuales han querido presentarlos como meros contenedores de instrumentos, personas y libros, ignorando que la expansión de la urbe siguió la expansión de la ciencia.  Nuestras ciudades parecen haber seguido un patrón secular: los ensanches de la ciudades son precedidos por la inauguración de edificios concebidos como infraestructuras al servicio de la ciencia. Así, muchos edificios científicos  surgen como heterotopías cuya singularidad estética, además de romper la monotonía urbana, predican otra manera de mirar el mundo, otra forma de organizar nuestras relaciones con el entorno material, natural o social. La ciudad se abre a nuevas arquitecturas y sus edificios acogen otros paisajes cognitivos. Sin duda, la ciencia es ubicua y parte sustantiva de nuestra experiencia de lo urbano y, como decíamos, de lo urbanístico.

Espacializar el conocimiento debería ser una objetivo siempre a la vista. No es asunto menor que muchos de los edificios a los que nos referimos fueron construcciones ad hoc, especializadas en el tipo muy singular de tareas. Los casos más obvios son los jardines y los observatorios, dos arquitecturas inconfundibles. El primero por su organización en cuadrículas, ya sea al servicio de funcionalidades curativas como industriales, ya sea como demostración del orden con que Linneo imaginaba en la naturaleza. Los observatorios también tienen una identidad muy marcada por la necesidad de ser instalaciones que deben abrir su cúpula para observar tránsitos por el meridiano. Cuando vemos hoy las instalaciones portentosas características de la Big Science, en el Colisionador de Hadrones del CERN, las excavaciones arqueológicas de Atapuerca, el Centro Nacional de Supercomputación Mare Nostrum o el archipiélago astronómico del Instituto de Astrofísica de Canarias en La Palma, se hace contundente un argumento cuyos precedentes históricos hay que buscarlos en las instalaciones hospitalarias, los museos de Historia Natural o los campus universitarios.

Es tan evidente esta conexión entre lo cognitivo y lo monumental, entre la munificencia real y el decoro urbano, entre la utilidad de la ciencia y la dignidad de la Monarquía, que sería imperdonable no dar un paso más: la arquitectura de la ciencia no sólo da cuenta de los vericuetos del saber, sino que también de los tentáculos del poder. Y el epicentro donde convergen los saberes y los poderes es la ciudad. Ésta parece ser la lógica que sustenta una forma nueva de hacer turismo urbano que consiste en pasear sus calles o recorrer sus museos de arte al encuentro de las muchas huellas, casi todas imperceptibles, con las que la ciencia ha dejado marcas perecederas de su presencia por doquier. Y no sólo estoy pensando en los nombres de algunas calles que nos recuerdan algunas deudas con el pasado, sino también las muchas vidas, inteligencias, prácticas y tecnologías necesarias para que cada día se encienda la luz cuando pulso el interruptor o para que desaparezcan sin rastro los residuos siempre que los tiro.

Nuestras ciudades, deberíamos recordarlo con más frecuencia, son un ensamblaje de actores, humanos y no humanos, como también de valores, no siempre inevitables y muchas veces caprichosos, interesados o impuestos, que las hacen posibles como el mayor ámbito de libertad, creatividad y responsabilidad jamás construido. Pasear la ciudad buscando los dispositivos que materializan la vida en común, inaugura otra forma de frasear la urbe que la hace inteligible, negociable y, en consecuencia, pública.

El conocimiento ocupa lugar. Pero es que además se hace desde algún sitio en donde se involucran cuerpos concretos, gestos documentables, problemas específicos, actores concernidos, anhelos necesarios y atmósferas propias. El conocimiento, como vienen explicándonos los estudios postcoloniales, los análisis feministas y las producciones queer, siempre es un conocimiento situado. La ciencia moderna debe su espectacular despliegue a su habilidad para reducir los problemas a pocas variables y así generalizar o, como dicen sus más ardientes beatos, universalizar.  Nadie discute su éxito, pero si sus contradicciones.  Pongamos algún ejemplo. Cada día está más claro que no todos los cuerpos son iguales y que cada vez estamos más lejos de viejas simplificaciones que presuponían que todos reaccionamos igual frente a los medicamentos o a las sustancias tóxicas que pululan por los alimentos, los cosméticos, los pesticidas, los detergentes o los tintes. Si alguno de nosotros tiene la desgracia de caer en minoría y formar parte de esos grupos que sufren una enfermedad civilizatoria, crónica, huérfana o medioambiental, entonces tendrá que buscar soluciones situadas, adaptadas a esta forma particular de padecer en este entorno, con estos hábitos y este preciso cuerpo. La biodiversidad también nos vale para pensar hasta qué punto su sostenibilidad sólo es posible involucrando los conocimientos locales, indígenas o campesinos.

No queremos extendernos demasiado en el argumento. Nos basta con haber introducido la preocupación de que no todos los conocimientos son desarraigables respecto de la comunidad que los sostuvo, el entorno que los hizo posibles o la cultura que los movilizó. En realidad, por motivos poscoloniales, posmodernos o poscríticos proliferan los académicos y los activistas que están convencidos de que nos movemos hacia un nuevo paradigma sociotécnico donde objetivar, desanclar, descontextualizar ya no será signo de progreso y eficiencia, sino síntoma de obsolescencia, rigidez y elitismo. Cada día será más apreciado el gesto de quien no se conforma con describir lo que pasa y optará por incorporar las narrativas de lo que nos pasa.

No es que se abandone el lenguaje de los hechos, sino que se da más valor al de las preocupaciones o, en los términos que le gustan a Bruno Latour, que habrá que suspender el antagonismo entre las matters of fact y las matters of concern. Si lo hacemos, si no nos revolvemos contra esta revuelta de los legos o, como la llama Isabel Stengers, si abrazamos las cosmopolíticas, es decir los abordajes inclusivos, plurales y situados, entonces acabaremos por admitir nuevas economías políticas del conocimiento profundamente situadas no sólo en el tiempo, sino también en el espacio. Este giro espacial, en consecuencia, hace del lugar un actor relevante que habrá que incluirlo en nuestro relato junto con los otros actores invisibilizados.

Antonio Lafuente
@alafuente

Laboratorio de la palabra abierta

Carla Bosserman, Relatograma (20014)

Carla Boserman, Relatograma (20014)

Transmitir contenidos ya no puede ser el motor que legitime muchas de las instituciones culturales heredadas.  La escuela, los museos, las bibliotecas, los centros culturales tienen que reinventarse en un nuevo contexto donde encontrar contenidos no sólo es fácil y barato, sino que implica prácticas informales, tecnologías distribuidas y procesos deslocalizados.

La idea de que necesitamos una tribuna desde la que transmitir conceptos, un espacio para comunicar hallazgos, un repositorio para atesorar bienes o un lugar donde reunirnos, va camino de su obsolescencia definitiva. No es que se esté esfumando la necesidad de aprender, sino que es obvio que ahora disponemos de muchas alternativas posibles.

Todas las ciudades están experimentando el impacto de las nuevas tecnologías y el despliegue de nuevas formas de sociabilidad.  Hasta no hace mucho los asuntos de Internet eran cosa de jóvenes, de ricos y de blancos.  Parecía un fenómeno minoritario, técnico y utópico.  Todo parecía reducirse a entretenimiento y consumo: ver internet o comprar on-line, era casi todo lo que se podía hacer. Pero las cosas cambian deprisa.  La salud, las finanzas, la educación, la política, la seguridad, nuestra capacidad para relacionarnos… todo parece atravesado por la cultura digital. Lo digital dejó de ser un asunto para ingenieros y está siendo la sustancia misma con la que se hace el mundo al que pertenecemos.

Las figuras del maestro, el conservador y el bibliotecario están cambiando de forma acelerada. No es que ya no les necesitemos: el problema es que ahora les estamos pidiendo otras cosas. Todos los profesionales experimentan cambios muy parecidos. Y los procesos son más acuciantes cuanto más cercanos a la tarea de seleccionar, ordenar, empaquetar y transmitir conocimiento.

Los imaginarios de la biblioteca, explica Joaquín Rodríguez, ya no encajan en la categorías del lector  y del bibliotecario. Ni tampoco es suficiente con agregar la noción de libro. Sus funciones han venido ensanchándose para adaptarse a los nuevos tiempos y  ofrecer mejores servicios a los usuarios.  Hace tiempo que las bibliotecas ofrecen cine, exposiciones, conferencias, conciertos, representaciones y encuentros. Nada hay de extraño en estos desbordamientos. Una biblioteca siempre está en crisis porque siempre está amenazada de no ofrecer la información que sus lectores demandan. O, quizás, de no ofrecerla en los formatos requeridos. No es que la naturaleza móvil de las fronteras del conocimiento desafíe la actualidad de la institución, sino que la sociedad plantea otras demandas y/o se desvía hacia otras formas de gestionar la información.

Hoy los libros deben ser navegables, etiquetables, remezclables y trasmedializables. Siempre fue así, pero nunca antes experimentamos tal circunstancia con tanta intensidad y de forma tan generalizada. Escribir hipertextos es construir con palabras espacios navegables. Si pensar en la modernidad obligaba a saber leer, escribir y exponer en público, hoy se requiere una alfabetización que además promueva capacidades para seleccionar información, habilidades para la remezcla transmedializada, aptitudes para el trabajo distribuido y, desde luego,  recursos para el trabajo colaborativo y común.

Como le pasa a los museos, tampoco la noción de patrimonio llena el concepto de biblioteca.  Demasiado seguros de sí mismos, los repositorios de (casi) toda la genialidad humana han olvidado que hay vida más allá de los libros y sabiduría más allá de los genios, los expertos y los autores.  No basta con todo lo que se imprime, ni tampoco se imprime todo lo que se lo merece. Hay mucha sabiduría que siempre quedó oculta, como también es cierto que hay mucha cultura underground que es clave para entender lo que (nos) pasa. Y no estoy hablando de economías sumergidas o de corrupción política, sino de fenómenos tan notables como el rock, el movimiento hacker, el ecologismo, el voluntariado o Wikipedia.

No transmitir contenidos, no custodiar patrimonio, no consagrar autores, no construir un canon… Todo eso parece poco, sin que sea despreciable. ¿Y entonces?  ¿Qué pedirle a las bibliotecas?  ¿Podrían reinventarse para, como lo fueron en su origen, ser de nuevo uno de los emblemas de su (nuestro) tiempo y una infraestructura básica del espacio público?  La escuela, el museo y la biblioteca, como sucede en la Biblioteca Libre Entre Líneas, tienen que evolucionar hacia una noción de la cultura menos patrimonial y más abierta, menos vertical y más participativa, menos elitista y más urbana, menos planificada y más distribuida, menos canónica y más experimental, menos disciplinar y más emancipatoria, menos consensual y más discrepante, menos representativa de los anhelos de la clase dirigente y más sensible a la diferencia común y, en fin, menos machista, xenófoba, clasista, racializada, central, universal… Y, de verdad, todavía podría prolongar el listado. Pero no es necesario.

Abramos entonces sus puertas, pero no para que llegue la gente a beber de sus inagotables fuentes.  Abramos sus puertas y ventanas para que el afuera invada sus anaqueles, para que el rumor de la urbe vibre en sus salas.  Liberemos la biblioteca de su aburrida arrogancia, liberemos las palabras de su dueños imaginarios, introduzcamos al concierto los instrumentos bastardos, los sonidos corales, las partituras anónimas, los ruidos de la calle, los solistas comunes y el canto inaudito. Cualquiera que escuche la música experimenta emociones, sin que importe la renta, el nivel o la herencia. La música es un arte generoso, incluida la que se interpreta en edificios singulares. Los museos y las bibliotecas, sin embargo, son  instituciones exigentes: no suenan a nada, salvo que llegues con muchos años de formación y mucha disposición para el esfuerzo. La música siempre es un poco de todos, cualquiera puede experimentarla, todos podemos sentirla.  Las letras, en cambio, siempre son de otros y siempre requieren de un corrector de pruebas, de estilo, de sentido, de… autoridad.  La música podría sobrevivir  sin los expertos, los virtuosos, los críticos, los sabedores y los marchands.  ¿Y las palabras?

La palabra abierta también. La palabra que llamamos habla, la palabra no encuadernada, la palabra sin arbitraje, la palabra que no cotiza, la palabra que somos, la palabra sin autor, la palabra inaudita, la palabra lábil, la palabra bárbara, la palabra del alma, la palabra del dolor, la palabra libre,  la palabra aérea y respirada, la palabra del hambre y la palabra honda, la palabra justa y la palabra viva, la palabra mágica, como quería Joseph Freiherr von Eichendorff y ratificó Augusto Monterroso,  para que se eleve el canto el mundo.  Todas ellas están sin biblioteca.  Todas, cada una a su manera, son un gesto hacker:  el canto que buscamos consiste en hackear  los mundos del libro y del ponente, del plano del papel y del culto a la originalidad.

Una válvula (en) común

Lo que buscamos se dice pronto: fomentar una proliferación de comunidades que encuentren en la biblioteca las infraestructuras básicas para implementar su visión del mundo.  El papel de la biblioteca es el mismo de siempre: ofrecer hospitalidad y suprimir fronteras entre las ideas y la calle.  Lo que ahora  cambia es la intensidad de este compromiso en defensa del espacio público. Y este compromiso se puede desplegar a través de muchas iniciativas.  Por un lado, las heredadas desde la Ilustración que tiene que ver con el proyecto de abrir el libro, haciéndolo accesible y cercano. Nada diremos en este documento sobre la función tradicional de las bibliotecas. Por el otro, las asociadas con nuestra propuesta de abrir las palabras.

Abrir las palabras tendría que ser la nueva función que queremos para las bibliotecas en este momento que llamamos Segunda Ilustración, también caracterizado por la emergencia de nuevos actores, nuevos media y nuevas tecnologías.

Abrir las palabras equivale a empoderar a los ciudadanos con todas las prácticas, protocolos, estándares, códigos y dispositivos que les permitan hacer visibles sus propias propuestas, lo que implica apostar por un ensanchamiento sin precedentes de la esfera pública.

Abrir las palabras implica también suprimir las muchas fronteras, tan innecesarias como injustas, que hemos creado entre el mundo del autor y el del lector, entre la palabra culta y la palabra profana, entre  el mundo de la producción y el del consumo, entre los textos y las imágenes, entre los códigos y los contenidos, entre la oralidad y la textualidad.

Abrir las palabras supone hacer frente a los muchos procesos históricos de injusticia espacial y medioambiental. Muchas cosas pueden ser de otra manera y su cambio puede y debe prototiparse en abierto y en beta.  Abrimos las palabras para ensayar nuevas formas de ciudadanía y promover un dare aude! que complemente y refuerce el sensire aude! proclamado por Buffon y el posterior  sapere aude! kantiano

Abrir las palabras es hacer que vibren nuestras ciudades y rescatarlas de su deriva postpolítica para que vuelvan a ser el ámbito originario de la creatividad, la urbanidad y la libertad.

Abrir las palabras  es un proyecto que hemos reunido en un bouquet con cinco flores: bookcamping, educación expandida, neocartografías (también aquí), nuevas oralidades y taller de prototipado.

La promesa de la desorganización

mlBOAMISTURA_ElOrdenEsIntangible

Instalación efímera de Boa Mistura para el evento Decoracción 2011. Inspirada en el poema “El orden es” de Louis I.Kahn.

 

El mundo está plagado de organizaciones que institucionalizan consensos más o menos democráticos, o valores más o menos impuestos. Gran parte de su actividad se orienta a la producción y reproducción de prácticas y argumentos que fortalezcan sus principios constitucionales y mejoren su legitimidad social. Todas en consecuencia tienen un canon que es fruto de innovadores maridajes entre los asuntos del saber y los del poder. Todas estas instituciones, también llamadas disciplinares, como lo son la escuela, el museo, la academia, la iglesia, el hospital y para muchos los media, el arte y la ciencia, son los pilares sobre los que se asienta nuestro mundo. Un mundo que, sin embargo, no deja de producir exclusión, dolor, enfermedad, desigualdad y pánico. Mucha gente no está contenta y ve otras conexiones, formula distintas preguntas o busca nuevas proporciones. Mucha gente apuesta por la desorganización.

Lo repetimos: el orden es construido y sólo es aparente para quienes comparten el sistema de valores que soporta la supuesta consistencia, armonía o simetría que sostiene nuestro mundo. El más mínimo cambio de mirada, sin embargo, desfigura, descentra o descompone el equilibrio. ¡Son nuestros monstruos! Pero no todo el mundo vive asustado, ni se espanta por las mismas cosas. ¿Podemos vivir sin monstruos?

El asombro es o debería ser un gesto común. Pero común no debería ser sinónimo de contingente, periférico, colateral, insignificante, y muchos menos desestabilizador o disruptivo. Todos los días lo comprobamos. Cada generación, cada cultura, cada cuerpo o cada localidad, encuentra sentido en conductas, prácticas o protocolos diferentes. Nada tiene de radical decir que eso que llamamos valores es transferido también a los objetos, los dispositivos o las tecnologías que nos rodean. Diseñar, en otras palabras, no es más que proyectar cosas que la gente quiera poseer, experimentar o sentir. Diseñar, en definitiva, es algo que todos hacemos de forma espontánea, ordinaria y constante.

El llamado design thinking, ahora tan redicho y cacofónico, sería una vulgaridad si no fuera porque puede practicarse a la inversa. Y así, de un mantra pasamos a un enigma: del todos nos producimos mediante valores, transitamos al qué valores están embutidos en cada producción. Ahora, desde este otro punto de vista, las cosas se vuelven muy problemáticas, pues con frecuencia damos por ineludibles, sabios o eficientes, muchos procesos, principios o protocolos que no son más que el resultado de una adaptación oportunista a un lugar, un tiempo, una cultura o un credo. Basta con que agreguemos la componente institucional para darnos cuenta de la gravedad de lo que decimos, pues ciertamente las cosas acaban siendo lo que son porque lograron fijarse en nuestros imaginarios, nuestros manuales y nuestros estándares como formas probadas, exigidas, naturalizadas y al fin inevitables e impuestas.

Cada cambio entonces implica la alteración de estructuras productivas, jurídicas o afectivas que parecían sólidamente asentadas. Los manuales de historia nos lo cuentan aunque, con frecuencia, sólo reparan en las grandes revoluciones, las grandes culturas, los grandes autores. Todo mayúsculo y todo épico. Cansados de relatos tan portentosos, en algunas facultades de humanidades, escuelas de negocios e institutos tecnológicos se hacen otras cuentas, se narran otros cuentos: historias de lo pequeño que explican cómo modificaciones minúsculas promovieron aperturas hacia lo improbable, lo imprevisto y hasta lo imposible. Nada nos impide aprender de estas historias.

Tomemos pues un objeto, un problema, un proceso, una estructura, un sistema o cualquier otro ensamblaje y expongámoslo a la mirada cruzada de perspectivas mutuamente inconsistentes. Situemos el objeto equidistante respecto a las ignorancias de cada uno de los participantes. Creemos un objeto frontera. Cuidemos que nadie se sienta preferentemente ubicado para comprenderlo mejor. Experimentemos la fuerza que mana de esta inestabilidad. Fomentemos la discrepancia sin cuartel. Hagamos explícitas las divergencia conceptuales. Señalemos el flujo inopinado de prejuicios. Luchemos contra el consenso funcional. Confrontemos el sesgo hacia la normalidad con la que cada interlocutor evita la complejidad. Explicitemos los riesgos inherentes a cada simplificación. Hagamos filosofía de garaje, practiquemos la cultura hacker, despleguemos la imaginación crítica, valoremos el aura de lo colateral, apreciemos el colorido de lo criollo. Hagamos diseño negro como se hace novela negra o humanidades ficción como haríamos ciencia ficción.

La promesa de la desorganización está por descubrir y es un continente a explorar. Para innovar hay que desorganizar: desburocratizar, descentralizar o desjerarquizar, son tareas urgentes si queremos acabar con mucho despilfarro, mucha ineficiencia y, desde luego, muchas asimetrías. Las cosas son como son porque algo y alguien las sostiene. ¿Desde cuándo? ¿Para qué? ¿Con qué aliados, mediante qué tecnologías, desde qué valores? En fin, la organización es culpable de lo mejor y de lo peor. Es el fruto de la simplificación, la exclusión y la institucionalización. Cada orden explícito contiene una forma cruel e insidiosa de desorden implícito. No desorganizar nos condena a la injusticia, el despilfarro y la irrelevancia.

Antonio Lafuente

Oficina Nacional de Ciencia Ciudadana

meme_participacion_yh4kq4

Ciencia ciudadana (también aquí, aquí y aquí) es ya un concepto maduro, nacido en 1995 de la pluma de Alan Irwin. Describe una constelación de actividades que comparten la necesidad de situar los problemas locales, minoritarios y marginales en el espacio del laboratorio y en el centro de la política. Se trata de asuntos mal conocidos, ya sea porque no son bastante atractivos para la comunidad científica, ya sea porque no se da valor a un sinfín de datos que las instituciones tienden a considerar colaterales, insignificantes, extravagantes o anómalos.

No todos los cuerpos reaccionan igual ante, por ejemplo, los campos electromagnéticos, las sustancias químicas, la presión laboral o la creciente complejidad del mundo que vivimos. Cada día aumenta el número de personas cuya respuesta o adaptación al entorno es atípica. Cada día crece también el número de colectivos que lamentan el poco esfuerzo que hace nuestra sociedad por comprender mejor muchos problemas de naturaleza medioambiental, urbana, sanitaria, industrial o laboral. Su número creciente impide que la sociedad pueda ignorarlos.

Las movilizaciones a que dan lugar estos asuntos están produciendo nuevas formas de ciudadanía, como también debates que deben ser más abiertos y mejor informados. No necesitamos menos ciencia, sino más actores convencidos de que nos estamos refiriendo a objetos complejos de origen multicausal y de naturaleza controvertida. La calidad de la democracia tiene mucho que ver con la calidad del debate y está claro que muchas veces más que una demostración necesitamos una verdadera negociación, un diálogo basado en información contrastada y que contemple las distintas maneras de enfocar los problemas.

La ciencia ciudadana entonces tendría por objetivo dar visibilidad a los colectivos menos agraciados por el desarrollo. Facilitaría la vertebración de los descontentos y ayudaría a dar mayor robustez a nuestra democracia. Sus trabajos estarían en la frontera de la innovación ciudadana, contribuyendo a producir nuevos estándares de vida y de justicia social. Así, la creación de una Oficina Nacional de Ciencia Ciudadana sería el instrumento para seleccionar proyectos, canalizar recursos, promover rutas de colaboración entre ciudadanos y científicos, formar actores capaces de actuar como mediadores sociales, abrir las puertas de los laboratorios a la participación y fomentar la gobernanza de la ciencia.

La solución nacional no es imprescindible. Hace unos años, por ejemplo, que la región de París puso en marcha el proyecto PICRI, Partenariats institutions-citoyens pour la recherche et l´innovation, para fomentar la colaboración entre ciudadanos y expertos, creando desde 2005 convocatorias abiertas que imponen, entre otras condiciones, la articulación de una colaboración (partenariado) entre un laboratorio público y una organización ciudadana sin menoscabo, como se explica en Sciences Citoyennes, del trabajo bien hecho y al servicio del bien común: hacer (el) bien. Tampoco son aceptados los proyectos cuya finalidad sea la promoción de cultura científica pues, contra lo que viene siendo tan dominante como cuestionable, se quiere explorar la idea de que la divulgación no es el único pacto posible entre ciencia y sociedad.

Varias décadas antes, desde la década de 1970, ya existían por todo el mundo experiencias de investigación nacidas extramuros de la Academia, cuya finalidad no era establecer nuevos hechos sino tratar de entender nuestro modo de vida y la forma de mejorarlo. Es lo que genéricamente hoy llamamos action research, participatory research y, en castellano, investigación-acción. Aunque desde tradiciones muy diferentes, debemos a John Dewey, Kurt Lewin, Paolo Freire o Ivan Ilich los primeros esfuerzos para conceptualizar los motivos que debieran conducir a los públicos, los afectados, los subordinados o los excluidos a tratar de conformar comunidades de aprendizaje que acabaran siéndolo de emprendizaje social. Este también es el origen de los science shops, nacidos en Holanda y hoy extendidos por todo el mundo, y conformados como una especie de university-based action research, donde la función que desempeñaba la administración en la región Île-de-France, es asumida de forma descentralizada por las universidades.

Hoy  el concepto de moda para hablar de todos estos movimientos es living knowledge, y lo usamos para tratar formas de conocimiento que entrelazan los imperativos de la acción con los de la investigación, las lógicas de la producción con las del cuidado y los saberes profanos con los expertos. Y sí, les llamamos vivos porque su finalidad no va más allá de la solución colaborativa y abierta de conflictos locales que pueden ser nombrados mediante experiencias situadas, palabras ordinarias, prácticas artesanales y relatos compartidos. Se llama conocimiento vivo para contrastarlo con el otro: el saber formal y/o académico, un saber muerto siempre tentado por la deriva hacia la abstracción, el desarraigo y la estandarización que, sin duda, son características tan admirables como exclusivas y excluyentes, dada su capacidad para dividir el mundo entre sabios y legos o, en otras palabras, entre saberes verdaderos y falsos. Una escisión cada día menos llevadera y más amenazante que nos obliga a pensar nuestros problemas en términos de convivialidad o, como nos sugiere Isabel Stengers y Bruno Latour, de forma cospomolítica, es decir admitiendo el pluralismo epistémico como un activo y no como algo que debe ser corregido mediante los aparatos disciplinarios del estado en la escuela, el museo, el hospital o la cárcel.

Hay mucho conocimiento invisible y necesario entre los campesinos, los trabajadores, los indígenas o los enfermos. Junto a ellos, a partir de anhelos no satisfechos y en respuesta a injusticias más o menos ocultas, emergen todos los días colectivos dispuestos a hacerse escuchar. Y la red ha contribuido a dar visibilidad a estos colectivos o, como se les llama en la jerga de la Unión Europea, civic society organizations (CSO). Sin necesidad de ser tecnoentusiastas (personas que con la fe del e-carbonero confían en que todas las respuestas estén en Internet), se puede afirmar que ahora no es tan difícil ni costoso reunir cuerpos dispersos. Disponemos de muchos ejemplos convincentes. Tantos que ya son pocos los que discuten la emergencia de una nueva esfera pública alrededor de una pluralidad diversa, distribuida y heterogénea de procesos de empoderamiento ciudadano.

Son muchos los que han proliferado al abrigo de la cultura digital. Entre ellos es obligado citar a los hackers, los wikipedianos, los movimientos a favor de los bancos de semillas libres, los makers y toda esa proliferación de nuevos espacios para el conocimiento ciudadano que configuran la constelación de science shops, living labs, city labs, medialabs, huertos urbanos, hackersspaces, fablabs o makerspaces. Hablamos entonces de miles de espacios que conforman un tercer sector del conocimiento, ni público ni privado, que está explorando formas alternativas de producir, usar y comunicar el conocimiento. Nos referimos a un saber que, como insistentemente explicaba Fals-Borda, siendo pobre no es de peor calidad y que no sólo está comprometido con la democratización del conocimiento, sino que no desdeña los saberes locales, los efectos colaterales o las necesidades de las minorías.

El tercer sector del conocimiento cuestiona las rígidas divisiones disciplinarias, niega la impuesta escisión entre legos y expertos, critica que el conocimiento sea una empresa basada individual, minimiza la función autorial, discute la arrogancia de quienes entronizan la objetividad, promueve los saberes al servicio de la comunidad y, en fin, trabaja a favor del despliegue de la inteligencia colectiva y promueve los encuentros que confían en la coproducción del saber. El tercer sector entonces recupera los imaginarios que siempre vieron en la ciencia un bien común.

Antonio Lafuente y Daniel Lombraña

Las mujeres guían los cambios

Fotografía de rbanks

En el año 1955 Rosa Parks, se negó a obedecer al chófer de un autobús público, el cual quería obligarla a ceder su asiento a una persona de raza blanca. Por este motivo, Rosa Parks fue encarcelada y acusada de haber “perturbado el orden”. En respuesta a su encarcelamiento, Martin Luther King, organizó una protesta en colaboración con la activista y amiga de Rosa Parks, Johnnie Carr. Esta protesta obligó a las autoridades del transporte público a terminar prácticamente con la segregación racial en los autobuses y fue además la mecha que encendió otros actos de rebeldía frente a las prácticas de segregación. Finalmente el caso de Rosa Parks llegó a la Corte Suprema de los Estados Unidos, que declaró inconstitucional la segregación en el transporte. Parks se convirtió en un icono del movimiento de derechos civiles.

El 3 de junio de 1995, en la región de la Pampa, Argentina, Lucy de Cornelis, la esposa de un productor agropecuario, ante la inminencia del remate judicial (subasta pública) de sus tierras, organizó una asamblea de mujeres que convocó a través de una emisora de radio local. Estas mujeres reclamaban entre otras cosas: el fin de los remates y las ejecuciones en los campos, analizar la legitimidad de la deuda y mejorar las condiciones de los créditos futuros. En esta primera asamblea quedó fundado el Movimiento de Mujeres en Lucha (MML). Después de unos años lograron, entre otras muchas cosas, la suspensión de todos los remates judiciales.

En noviembre de 2010 en Barcelona, la PAH paralizó el primer desahucio. Esta primera acción, dio paso a la campaña stop desahucios en todo el estado español. La PAH, junto con las asambleas de vivienda del 15M, se ha convertido en un referente en la lucha por la vivienda en todo el mundo.

¿Qué tienen en común estos tres referentes?

En estas tres experiencias podemos encontrar varias similitudes. Por un lado, algo que comparten y que puede servir a la vez para explicar parte de sus logros, es que han sabido combinar varias formas de lucha: la desobediencia civil, la autogestión y la institucional. No obstante, no es quizás esto lo que explicaría cuál es el elemento diferencial que se da en estos tipos de lucha frente a otras. Hay otra variable común que nos podría ayudar a entender, no sólo el éxito del movimiento, sino el porqué de los procesos que se están dando en la construcción de un nuevo sujeto político. Si bien ninguna de estas luchas plantea reivindicaciones de género ni de corte feminista, es femenino en su composición, sus prácticas sus procesos y sus decisiones.

En el caso de las chacareras en Argentina es más que evidente esta situación, puesto que el movimiento está compuesto íntegramente por mujeres, no obstante, en el caso de la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos y en el caso de la PAH y las asambleas de vivienda en España, es necesario indagar algo más para poder justificar esta afirmación.

La valentía de Rosa Parks en ese acto simbólico de desobediencia y la lucha previa y posterior que mantiene a brazo partido con muchas compañeras, hacen de ella un personaje conocido, pero si buscamos referentes en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, la figura de Rosa Park queda relegada al mero acto simbólico de desobediencia y no se habla de toda su lucha posterior. No obstante, sí se encuentran multitud de referentes en los textos históricos y en los medios de comunicación sobre sus congéneres masculinos, más acostumbrados a ponerse frente a un micro y dar discursos.

En el caso de la lucha por la vivienda en España, las que compartimos activismo, hemos sido conscientes de cómo el problema de la vivienda esta afectando a todas las familias, pero son las mujeres las que están liderando la lucha, muchas veces porque se han visto solas para enfrentarse a esta situación y otras veces porque los hombres, cargados de vergüenza y culpa, se han visto incapaces de luchar por sus casas.

No obstante, al igual que le pasaba a Rosa Parks y sus compañeras, en los movimientos por la vivienda en España, el protagonismo de las mujeres en el espacio del debate y en la toma de decisiones estratégicas pocas veces se visibiliza, y es que aún nos queda un largo camino por recorrer para despojarnos (incluso dentro de los movimientos sociales), de las estructuras patriarcales que sustentan el sistema y que hacen, que la voz de las mujeres muchas veces sea silenciada, que no silenciosa.

Veamos ahora las razones que pueden explicar la feminización de estas luchas, y para ello, me voy a centrar en los últimos dos movimientos: la lucha por la vivienda en España y la lucha por las tierras de las mujeres argentinas.

En el caso de España, hay dos hechos que pueden explicar la feminización del movimiento. Por un lado, una razón bastante obvia y objetiva: la feminización de la pobreza. No hace falta bucear mucho en los datos para darnos cuenta de que el impacto de la crisis ha sido, y es siempre, mucho mayor en mujeres y principalmente en las familias monomarentales.

No obstante, este hecho por sí sólo no explica el por qué son las mujeres las que están liderando el movimiento. Para entender esto, quizás deberíamos profundizar en las identidades subjetivas y en la construcción del género.

Al igual que pasaba en el caso de las chacareras en Argentina, son, en muchos casos, las masculinidades las que se ven “desahuciadas” y las feminidades “ahucidas”. Así lo menciona Lucy de Cornelis, presidenta del MML en el llamamiento que hace a las chacareras en la radio:

…. “porque sus maridos estaban caídos”.“Se han dado muchos casos de adicción al alcohol y suicidios”. Además “el hombre es más orgulloso, no reconoce las deudas. A mí no me da vergüenza hablar de plata, porque yo no la malgasté”.

Y así lo cuenta una mujer afectada y activista de la PAH en Madrid en verano de 2013.

“Desde que comenzamos con el problema de la hipoteca y empezaron a reclamarnos la deuda mi marido es un mueble más de la casa”. “Ha caído en una depresión profunda y a duras penas consigo que coma. Pero yo no podía quedarme así, tengo una hija de 8 años y tenía que salir adelante, así que vine a la plataforma para pedir ayuda y juntarme con las demás y luchar”.

Son las mujeres las que sacan a la escena pública un problema que se creía privado: el endeudamiento de las familias, mostrando una vez más que, tal y como reza la frase de Kate Miller y que se convierte en bandera del feminismo: “Lo personal es político”.

Las mujeres sostienen una lucha de resistencia para no ser despojadas de la tierra, en el caso de las chacareras y de su hogar en el caso de las mujeres en España. En ambos casos las mujeres luchan por la defensa del espacio de reproducción material y simbólica de la vida.

“Lucy de Cornelis ante la amenaza del remate y desesperada dejó todo lo que estaba haciendo, ‘tiró el delantal’ y se fue a la radio…”.

A pesar que los intereses y objetivos que movilizan a las mujeres en ambas luchas, son los mismos que los de los varones, ellas adoptan una organización autónoma a la que imprimen una nominación de género, diferenciándose de aquellos por la decisión de llevar al espacio público un problema privado, de convertirlo en parte de la realidad social y colectivizarlo.

La imposibilidad de pagar los créditos que terminan en ejecuciones hipotecarias es la cuestión que los varones mantienen en privado, que consideran inapropiado para ser visto y oído por otros. Mientras que muchas mujeres salen del ámbito doméstico y hacen su incursión en el espacio público.

Además, la participación en las acciones, en el debate y en la lucha, hace que surja una nueva conciencia política. Las vidas de las mujeres ya no son las mismas. Las acciones de protesta, las formas de participación, los debates, las gestiones institucionales, entre otras acciones, constituyen una fuente de politización creciente en sus vidas.

Para algunos hombres, el hecho de no poder hacer frente al poderoso mandato de género que les presiona para ser el sostenedor de la economía familiar, les paraliza. Algunos se van, sobre todo en el caso de las personas migrantes, otros simplemente bajan la cabeza y se mantienen al margen de la lucha, otros no aguantan la presión y acaban con su vida. Y, otros, que no pocos, hacen frente al mandato y al problema y mantienen una lucha igual de activa que las mujeres.

Por un lado esto explica en parte la composición mayoritariamente femenina del movimiento, veamos ahora, por qué imprime una marca diferencial en estas luchas.

Como mencionaba algo más arriba, surge un nuevo sujeto político y con ello, nuevas formas de hacer política. La solidaridad compartida, el empoderamiento, el aprendizaje colectivo y los cuidados van a ser las claves centrales de todo el proceso de lucha por la recuperación de los derechos fundamentales que han sido secuestrados con la excusa de la crisis.

Lo que estos movimientos logran poner en marcha tenía que ver con el contexto socioeconómico que era común a toda la sociedad, pero lo que marca el hecho diferencial del movimiento, tiene que ver con la posibilidad de innovar, y de generar identidades colectivas y tiene que ver con la feminidad.

Entrevista a Carolina Pulido en La Aventura del Saber

El hecho de conectar la cotidianidad, lo personal, con lo colectivo, además de estar no sólo luchando en el ámbito jurídico o institucional, sino acompañando a las familias en el momento del desahucio para con sus cuerpos resistir los desahucios y a la vez, dar solución a la emergencia habitacional, marca ese diferencial con respecto a otras luchas. Es decir, conectar la lucha en la esfera pública, con los cuidados. El acompañamiento en todo el proceso de ejecución hipotecaria, en la negociación con el banco, en las acciones en los juzgados y en la calle, el apoyo psicológico y social que se hace desde las diferentes asambleas y plataformas, junto con la resistencia en las casas el día del desahucio.

Cuando el sistema pretende expulsar a las personas de sus hogares, las mujeres se erigen en defensa de este espacio, y para ello buscan apoyo en sus iguales y establecen lazos de solidaridad basados en lo común y en los cuidados. Son varios los ejemplos que dan muestra de la solidaridad que se da entre las mujeres que están luchando por la vivienda. Mujeres y familias, que están compartiendo espacios y fundando nuevos hogares y socializando los cuidados para poder seguir en la lucha. Casos como el Bloc de Salt o la Corrala utopía donde la mayoría de las familias eran mujeres con hijos e hijas que no sólo se apropiaron de un espacio común donde seguir reproduciendo la vida, sino que compartieron todo un proyecto de vida. Espacios donde la igualdad es la base, espacios donde las decisiones se toman de forma asamblearia y horizontal. Nuevos espacios donde construir lo común.

Carolina Pulido Castro
Socióloga, Educadora Social y activista PAH Madrid