Aprender a afectarse: un enfoque procomún del trabajo social

Cada día son más los ciudadanos cuyos padecimientos no son medicalizables.  Una veces porque los males tienen un carácter multicausal e incierto (pacientes crónicos), otras porque son el efecto mismo de un diagnóstico controvertido (gentes con adicciones), a veces porque se trata de males huérfanos y, con frecuencia, porque son efectos de situaciones de dependencia, pobreza o  exclusión. No ser medicalizados implica que nuestros sistemas de salud tienden a inhibirse porque están diseñados bajo el paradigma de la curación. Tampoco es menor el impacto que tiene el alto coste que representan los pacientes crónicos para el sistema, pues por todas partes se ensayan protocolos orientados al autocuidado, tanto dentro como fuera de las instituciones.

La inexistencia de una expectativa de cura expulsa al ciudadano del sistema sanitario y lo integra en las redes de la beneficencia y protección social. La nueva relación con la administración está vertebrada alrededor del paradigma del socorro. Más que atender su cuerpo, los nuevos profesionales tienden a querer gobernar la conducta. Por supuesto, en la nueva situación se trabaja mucho la gestión de las culpas, la autoestima, las inseguridades y demás formas de fragilidad  y/o subordinanción. Nunca hay que desdeñar del todo que predominen entre los benevolentes actitudes más tutelares que cooperativas y menos horizontales que jerárquicas. Incluso en situaciones tan atípicas, dolorosas o extremas, puede mostrar su rostro más duro el gesto experto, siempre arrogante, casi nunca compasivo y, en general, paternalista.  Pero, en fin, todo sea por la causa, pues con frecuencia nos asomamos a escenarios de mucha desesperación.  Y así todo funciona en la seguridad de que si no hay cura, al menos habrá esperanza de una mejora en la calidad de vida.

Los parámetros que definen la nueva situación ya no son experimentales, no se miden con máquinas que arrojan una medida de la temperatura corporal, la presión sanguínea o cualquier otro desajuste funcional. No ignoramos la existencia de multitud de dispositivos orientados a contar (medir y también narrar) algunas afecciones respiratorias, adictivas o alérgicas cuya etiología es confusa y controvertida. Y no hablamos sólo de enfermedades, sino de las derivas que tratan de arquear el llamado quantified self. Por más que se expanda la cultura de la auditoría, siempre habrá nociones o configuraciones cuya complejidad será difícil reducir a variables cuantificables.

La calidad de vida, por ejemplo, no es un concepto experimental y global, sino experiencial y comunitario. Cualquiera que quiera comprender lo que (nos) pasa tiene que entender lo que decimos con nuestras propias palabras. No hay estándares de obligado cumplimiento, ni lingüísticos, ni técnicos.  Para conocer(nos) hay que escuchar(nos).  Ahí está la gracia porque al escucharnos reconocemos en el dolor ajeno el nuestro propio, y así admitir que las otras formas de contar el problema, sin dejar de ser singulares, pueden ser compartidas o, en otras palabras, no necesitan ser objetivas para ser validadas.

Si quienes escuchan reconocen su cuerpo en las palabras ajenas, entonces, la conciencia del cuerpo singular es una condición emergente entre quienes se afectan mutuamente.  ¿Y si tener un cuerpo consiste en aprender a afectarse? Cabe entonces la posibilidad de que la condición de afectado no sea el efecto de un diagnóstico, una catalogación, una etiqueta o una cifra.  Cabe la posibilidad, decimos, de que la afección sea fruto de un aprendizaje y no la consecuencia de una demostración.  Cabe la posibilidad, insisto, de que lo expertos no sean imprescindibles y de que su presencia sólo la podamos entender como mediación, como facilitación y como donación.

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Tenemos muchos ejemplos a favor de nuestro argumento. Desde Alcohólicos Anónimos y otras formas de adicción hasta las luchas de los enfermos mentales por sacudirse el estigma de un diagnóstico o de los afectados por el llamado síndrome de la Guerra del Golfo para transformar sus conjeturas en un dictamen. En todos los casos, la solución del problema ha partido de una puesta en común, una forma de  asambleamiento, de problemas, personas, dispositivos, conceptos y formas de organización. Estamos hablando de estructuras entre pares (concernidos), de organizaciones distribuidas (sin centro), de prácticas mutualistas (socializadoras) y de experiencias polifónicas (plurales).  En todos los casos nos referimos a colectivos que han tenido que configurarse como comunidades de aprendizaje que trabajan con el único material seguro a su disposición: lo experiencial.

Lo experiencial siempre es un material abundante.  Todo el mundo tiene mucha experiencia sobre los que le pasa y ninguna experiencia es más valiosa que las demás, salvo que esté contrastada en común.  Todos somos expertos en experiencia. Todos podemos aprender a ser expertos en experiencia. Pero la experiencia siempre fue catalogada de circunstancial, contingente, caprichosa, prejuiciada, inestable, personal y sesgada. La lista de calificativos con los que ha sido desechado su valor cognitivo es interminable.  De hecho saber algo, saberlo bien, era algo que se conseguía mediante gestos que deslocalizaban, descontextaliazaban y descorporeizaban los conocimientos. Desarraigar era imprescindible para objetivar y, en consecuencia, nada era más contrario a la tarea de producir conocimiento que permitir la presencia, siquiera entre líneas, de lo local, lo cultural o lo personal.  Pero lo que vale para tratar lo que pasa, casi nunca sirve para narrar lo que (nos) pasa.

Los expertos en experiencia son insustituibles porque hablan de lo que nadie conoce mejor que ellos. Mas aún, si ya han sido de una u otra forma desahuciados por las instituciones, cualquier mejora en su calidad de vida tendrá que proceder de su habilidad para transformar el material desechado en los laboratorios en la materia con la que construir un relato que les permita recolonizar su propio cuerpo mas allá de los imaginarios que lo han estigmatizado como inútil, discapacitado, incurable, adicto,  distópico o crónico. Recolonizar el cuerpo es tanto como decirlo con palabras que no pertenezcan al discurso experto y que resistan el dictum biopolítico. Es sentirlo, nombrarlo y contarlo con un lenguaje nacido de la experiencia compartida de ese aprender a afectarse.

El enfoque procomún no pretende explorar los senderos del conocimiento abierto o las prácticas de la medicina participativa. Nada es más procomunal por ser más abierto.  La participación, el nuevo imperativo de nuestras sociedades democráticas, tiene por desiderátum mejorar la funcionalidad del sistema, público o privado. No falta quien aprendió a desconfiar de los proyectos que presumen de abiertos y/o participativos. Sabemos de muchos casos en los que la acción de abrir y/o participar sólo son las autopistas que conducen al robustecimiento de nuevos regímenes de propiedad y de privatización de lo público.

El enfoque procomún aspira a promover y provocar comunidades vivas que entre todos y con las sobras construyen el material que los sostenga como interlocutores confiables en el espacio público. Son los públicos que promueven la innovación social y ensanchan la democracia.  Aprender a afectarse es aprender a vivir en comunidad e implica ensanchar el perímetro de lo público y disolver las líneas imaginarias que dividen el mundo entre capaces y discapaces, entre expertos y profanos y, en fin,  entre los gestos institucionales y los extitucionales.

Antonio Lafuente
@alafuente

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Hacer el amor con la ciudad

citylove_aryz-ul-pomorska-67-lodz-poland-www-galeriaurbanforms-orgTodos merecemos una ciudad un poco mejor que la que tenemos. Y cuando ya somos cuatro mil millones los humanos que las habitamos, no es extraño que cada día susciten mayor atención.  La urbe se expande bulímica y no parece conocer límite su despliegue vertiginoso. Entenderlas se ha convertido en una empresa desmesurada. Pero nosotros no queremos escribir como lo hacen los geógrafos o los sociólogos. Vamos a medirnos con lo obvio: sólo con lo que (nos) pasa y muy poco con lo que pasa. Queremos subrayar lo experiencial antes que lo experimental.

Las ciudades son un artefacto colosal que regula, modula, condiciona y asfixia, pero que también amplia, extiende, potencia o multiplica nuestras posibilidades. Es prácticamente imposible escapar a su ubicuidad e influjo. Pero siendo entes tan cercanos, nos han enseñado a tratarlas como si fueran volcanes o mares, como si nada pudiéramos hacer para modificarlas. ¿Debemos seguir habitándolas como si las dificultades que experimentamos fueran irresolubles? ¿Tenemos que aceptarlas tal como las encontramos? Admitámoslo con modestia: errores de diseño que no le permitiríamos a un medicamento, a un juguete o a un programa de software, nos los tragamos en la urbe sin protestar. ¿Hay alternativa para esta indolencia? Es verdad que la escala de nuestras ciudades puede paralizarnos. Y si vemos la ciudad como algo tan grande que nos desmoviliza, ¿cómo podremos amar algo que sobrevive en medio de tanta indiferencia? Nuestra propuesta, sin embargo, está clara: no sólo podemos amar nuestra ciudad, sino que podemos hacerle el amor. Y te lo vamos a explicar.
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Sabemos que para muchas personas es más fácil enamorarse de una ciudad ideal cualquiera; es decir, de un concepto rotundo antes que del espacio destartalado que transitamos. Y quizás sea comprensible, porque en una ciudad perfecta es tan fácil tener garantizados los derechos, como abastecer nuestras necesidades con solo abrir un grifo, bajar a la compra, caminar hasta el teatro, jugar en los columpios o deambular por las calles entre escaparates repletos y rostros satisfechos. En la ciudad que vivimos, en cambio, no hay sitio para aparcar y cualquier extraño con prisa puede maldecirte por haberlo tropezado. Vivimos entre humos y atascos, con salarios enclenques y con vacaciones poco reparadoras para lo que nos merecemos.
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Nosotros nos vemos obligados a elegir entre alguna de las dos posiciones. Y lo reconocemos sin pudor: amamos las dos ciudades, la utópica y la distópica, pues ambas comparten el mismo espacio: coexisten y se interpenetran. No es que la ciudad, como dice Jaime Lerner, deje de ser el problema para contener todas las soluciones. Es otra cosa, implica otro gesto. Llamadnos frikis si queréis, pero nosotros no desertamos de una pasión por la ciudad que no se conforma con amarla, sino que también reclama el derecho a ser correspondido.

Amar una cosa tan descuidada o desigual puede parecer descabellado, pero nosotros vemos otras cosas. En la ciudad encontramos una asombrosa producción del ingenio colectivo. Os confesamos el secreto: descubrir en cada esquina muchas decisiones inteligentes. No hay que compartir los valores que las inspiraron, ni las prácticas que las hicieron posibles, para admirar la voluntad de construir el entorno material que por antonomasia da soporte a nuestras relaciones. La ciudad nos hace posibles como comunidad, y eso es tan fascinante y público como evocador y enigmático.
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Somos muchos. Tantos y tan diversos, que es poco probable que todo se desarrolle entre sonrisas, mientras compartimos el espacio y nos prestamos ayuda mutua. Pero una buena ciudad debería intentarlo siempre. Tendría que ser hospitalaria. Debería ayudar a que la convivialidad se consiguiera sin heroísmos, con poco esfuerzo: el invento ciudad funciona cuando sus infraestructuras no sólo son usables, sino que nos cuidan. Igual que a una cama le pedimos que regenere nuestra espalda mientras dormimos, también esperamos de nuestras ciudades que nos ayuden a estar alegres, sanos y cultivados.

Nadie discute la grandeza de este gran artefacto que llamamos ciudad. Su factura es cosa de siglos y siempre ha reclamado mucha determinación generacional para que funcione. La hemos construido entre todos, poco a poco, paso a paso, con tenacidad y multitud de herramientas. Porque la adaptación a la vida urbana requirió una particular relación con el espacio tan sensible a las necesidades de momento como atenta a los deseos de futuro. Los humanos urbanos ponen en marcha infraestructuras para compartir recursos y conocimientos que sólo tienen sentido como empresas colectivas, ya sean hospitales o parques, ya sean mercados o fiestas. La iluminación, la salubridad o la fluidez de nuestras calles son bienes tan queridos como compartidos. Es cierto, la ciudad es inimaginable sin la solidaridad. Y esta relación tan elusiva es emocionante. ¿No es conmovedor lo mucho que nos necesitamos y lo importantes que somos unos para otros?

Se nos escapa la alquimia implícita de ese “ayudarnos sin darnos cuenta”. Discurrimos por las calles en modo individual(ista). Pensamos la urbe como un mero espacio de tránsitos cansinos y  como redundantes, donde cada día repetimos el trayecto que une el lugar de trabajo con el sitio donde vivimos. Y poco más: trabajar, descansar, tener algunos ratos de ocio a la semana y desplazarnos hasta los lugares donde nos distraemos. Así es como habitamos la urbe, y así es como la diseñamos. La ciudad ha sido pensada por técnicos y políticos, y en las últimas décadas por las corporaciones financieras y/o inmobiliarias, sin implicar otros gradientes, ni mediar distintos agentes. Así las cosas, todo está gobernado por el santo Grial de la eficiencia en los transportes y, en el mejor de los casos, por el reparto relativamente equilibrado de otros recursos y servicios. ¿Sólo gestión técnica?  Podemos respetar la burocracia sin necesidad de querer que la ciudad sea una producción tecnocrática. ¿Hay más? Si la respuesta fuera sí, somos tan frikis que también nos conmueve la mucha sabiduría que hay en este prosaísmo aparente.
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Nos gustaría contagiaros la emoción que nos producen tantos siglos dedicados a garantizar esta honrosa empresa de la vida en común. No importa que veamos muchas inconsistencias y fallos, pues también hay cierta poética en la tozudez con la que nuestras ciudades se equivocan o desquician. El asunto es que la ciudad se articula conectando funciones a sitios donde se hacen las cosas productivas, y eso nos mete de lleno en un juego tan invisible como sofisticado:  crear con nuestros pasos el espacio que hay entre la vivienda que habito  y el trabajo que ocupo y, de la misma manera, desde el que separa el trabajo con el polideportivo, con la escuela y vuelta a empezar, salvo que al día siguiente tendremos que incluir una visita al médico, al cura o al abogado. Nos hemos hecho insensibles a toda la exuberante riqueza de lo que hay entre medias, a lo que sucede en los márgenes de esos puntos imaginarios de la trayectoria y alrededor de ese goteo de pisadas que da sentido al sistema completo o, con otras palabras, que crea lo urbano. Y al olvidarlo nos conformamos a una ciudad utilitaria, pero aburrida (antesala antropológica y etimológica de aborrecida, dos términos que tienen la misma raíz latina, abhorrēre).

Lo repetimos: la indolencia no es un destino inapelable. No tiene que ser así. Nadie nos obliga a ser predecibles, sosos o convencionales. Podemos intentar otra manera de vivir la ciudad. Lo diremos sin paliativos: podemos hacer ciudad. Lo que sigue, es una invitación a explorar la ciudad de otra manera. Queremos mostrar que hay más maneras de habitarla que las asociadas a ese aburrimiento funcional que estamos denunciando. Hay maneras de sentir la ciudad que la asocian con ideales de justicia, convivialidad o higiene. Hay formas de transfigurarla si logramos acompasar nuestro paso con nuestro deseo. Ya lo anunciamos en el título de esta pieza. A la ciudad hay que amarla como es y no como profetas de un romanticismo en clave de fuga. Lo que intentamos es hacer nuevas ciudades que podamos amar desde lo que ya tenemos.

¡Seamos realistas y hagámosle el amor a nuestra ciudad! ¿Que cómo se hace eso? Pues proyectando, es decir, observando no sólo la realidad sino también sus posibilidades y perdiendo el miedo a intervenir, convencidos de que la ciudad donde vivimos nos pertenece y podemos hacer que se parezca a nosotros. Es tan fácil como decorar a tu gusto la habitación donde vives y tan complicado como pactar los arreglos decorativos del salón que compartes. Así es como procedemos en los huertos urbanos, en las transformaciones de espacios compartidos, en las redes de intercambio de libros o en las comunidades que tratan de hacer algo que rompa con el dictado del sota, caballo y rey, como En bici por Madrid.

Todas estas experiencias tienen mucho en común, pues todas dinamitan la línea de puntos que unen sin solución de continuidad la vida doméstica a la laboral.  Serán modestas, pero son trascendentes, si es que queremos que  la ciudad cambie cada día, que la urbe sea un espacio al alcance de nuestras manos, que las calles se “fraseen” de otra forma, que cuelguen de las esquinas otros recuerdos. También se cuida de la ciudad cuando hacemos cosas con ella, cuando la ponemos de fiesta, siempre que la hacemos impredecible, cada vez que la sentimos diferente. Igual que el lenguaje se pone de fiesta con las metáforas apropiadas, las ciudades vibran con nuestro devenir bohemio, experimental o rebelde. Nuestras ciudades nos pertenecen y todos los años hay que sentirlos con nitidez. Las calles, las plazas y los parques, el metro, las bibliotecas y los templos, como también sus atmósferas, mobiliario y ordenanzas son nuestros. Pero no basta con saberlo. De nada sirve leerlo, que nos lo cuenten o que te lo declamen. Hay que habitarlas, hay que compartirlas, hay que quererlas. Tenemos que usarlas, cambiarlas y explorar sus posibilidades.

Lo diremos de una vez: hay que experimentar la alegría de tener un amor y de hacer cosas juntos. Tenemos que enredarnos con la urbe, como quien la baila. Que los poetas le canten, mientras ensayamos con nuestras pisadas otros fraseos, distintos atajos, diferentes roces, y así ensayar otras maneras de sentirla, recorrerla y poseerla. Hacerle el amor a la ciudad no tiene por qué ser una tarea continua, puede ser un flirteo, un rato de seducción o una noche de pasión. Ten cuidado y no la menosprecies, pues después de probarlo, te quedas enganchado.

Hay urbanistas que identifican la ciudad con un ordenador, y lo que sucede en su interior con los programas que una vez instalados te permiten ejecutar tareas. A nosotros nos gusta esa metáfora porque en el acoplamiento de una cosa con la otra se visualiza “el giro”, ese “gran momento” donde el ayuntamiento se consolida y la  super materialización de los cuerpos enredados con las plazas y de la carne revuelta con el asfalto. De pronto todo tiene sentido: pertenecemos a la ciudad, de la misma manera que nos pertenece. No como propietarios, sino como amantes. La ciudad entonces sirve para algo y para alguien.

Hacer el amor con la ciudad es instalar nuestros propios programas. Personalizar el escritorio para jugar, para trabajar, para conversar, para pasear por internet. Es domesticarla con nuestras reglas, que no anulan las del resto. Todos podemos hacer que nuestras ciudades sean un artefacto maravilloso. No importa lo tremendas que parezcan, ni lo frágiles que les parezcamos.

¿Un artefacto maravilloso? Sí, hagamos el amor con ellas.

Aurora Adalid
@auroravolant

Antonio Lafuente
@alafuente

Aprendizajes situados y prácticas procomunales

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Fotografía de Antelmo Villareal

La educación es normalizada, jerárquica y homogénea, mientras que el aprendizaje siempre es encarnado, situado y local. La educación evoca los imperativos de la evaluación, la disciplina y el manual. El aprendizaje, sin embargo, hay que escribirlo en plural (educación vs. aprendizajes), hay que pensarlo como emergente (horizontal vs. distribuido) y hay que vivirlo como algo concreto (planes vs. prácticas).

Nuestro trabajo se propone mostrar, mediante el análisis de unos cuantos casos representativos, cómo cambia la imagen de la educación cuando la miramos desde la perspectiva del procomún. El procomún es un concepto que abre nuestra inteligencia a distintas formas de gestión de los recursos compartidos. Cuando lo referimos a procesos de aprendizaje evocamos prácticas que son extramuros, conductas que son horizontales, organizaciones que son abiertas, estructuras que son recursivas y conocimientos que son inalienables. Y los casos que hemos tratado en el artículo harán evidentes estas diferencias y su relevancia para el mundo que habitamos. También queremos subrayar su peculiar relación con las nuevas tecnologías, pues obviamente no todo lo que se ha escrito sobre la escuela 2.0 es sinónimo de procomún.

Nuestro propósito, en fin, es convertir la noción de procomún en un área de pruebas, una ámbito experimental, una zona en obras que nos ayude a entender la importancia regenerativa que para la educación tienen las estructuras informales, las prácticas extitucionales, la cultura p2p, las conductas DIY, las propuestas hackers, los entornos colaborativos y las comunidades emergentes. La educación siempre estuvo en manos de los profetas del tecnoadvenimiento. Y, otra vez, los dueños del manual, los gestores del Moodle, los vendedores de pizarras digitales, los duchos del Prezi y los apóstoles del PLE quieren convencernos de que la educación es cosa de artefactos, códigos y apariencias. Sabemos que no es verdad, sobran estudios que lo argumentan, pero otra vez vamos a llenar las aulas con una maquinara que sirvió para imaginar un futuro que ya se quedó atrás hace unos años. Quienes así actúan apuestan por el pasado y están destinados a la obsolescencia programada. Y lo que vale para los artilugios también sirve para los palabros. ¿Qué tienen que ver el do it yourself o ese hazlo tú mismo, el remix o remezcla, lo beta o imperfecto y el p2p o intercambio entre pares con la educación?

Podríamos decir que son los nuevos mantras que la cultura digital ha legitimado como formas de aprendizaje informal que, además de válidas, son especialmente valiosas. Se puede aprender desde los márgenes. Es verdad. Pero, reconozcámoslo, estas formas de aprender no son nuevas. Al contrario, son propias del ser humano. Lo novedoso es que hasta ahora se escondían en los márgenes, en la periferia del sistema educativo, ya fuera porque lo que se aprendía no tenía cabida en lo formal, ya fuera porque lo formal no colmaba el anhelo de los aprendices. En fin, lo cierto es que en Internet lo que siempre fue marginal (la copia, la peña, el remiendo y el aficionado) se hace ahora visible con la dignidad de lo auténtico. Y es que copiar, mezclar, reciclar, reusar son actividades que demandan capacidad para elegir y, en consecuencia, implican una formación previa. Y, desde luego, una comunidad capaz de contrastar, movilizar y acumular un fondo común de saberes accesibles y prácticos.

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Antonio Lafuente
Investigador del Instituto de Historia (CSIC)
@alafuente

Aprendizajes comunes

¿Qué está pasando en los tiempos que vivimos? Mientras la vida acelera revoluciones y va por delante de lo que somos capaces de comprender, estamos inmersos en infinidad de procesos colectivos de transformación del espacio común y de resiliencias subjetivas e individuales. Hay grietas que resquebrajan lo establecido en cada conversación que robamos a una vecina en el metro, en el mercado o en Tuiter. Aprendemos de todo ello, seguramente a marchas más forzadas de lo que nos gustaría y dejándonos gran parte de la brillante explosión de saberes en el camino de la dispersión y de la precariedad. Pero, acelerado, incompleto y lleno de contradicciones, el tiempo que vivimos es único para aprender.

Volvemos porque aprendemos

«La libertad de construirnos nosotros y a nuestras ciudades es uno de los derechos humanos más preciados y, a día de hoy, más descuidados. ¿Cuál será la mejor forma de ejercitar ese derecho?»*. Se lo pregunta David Harvey en Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana. Por lo que observamos fruto de la constatación empírica, la respuesta está en lo político en su sentido más amplio construido en base a la praxis. Constantemente participamos de forma presencial o digital de experiencias donde el hacer crea, comparte saberes y brinda aprendizajes; donde lo que menos importa es de dónde vengas o qué te acredite. Por el contrario, lo que suma es compartir, abrir la imaginación a posibilidades que desborden lo esperado, desear y hacer en comunidad.

Así, un solar vacío llama a un huerto gestionado de manera colectiva, un Estambul al que le roban Gezi pide miles de personas defendiendo el parque común, una concesión de hospitales públicos a empresas de capital privado desborda las calles —y los imaginarios— con mareas que defienden lo que a todos pertenece, una ciudad congestionada de automóviles tiene como respuesta la celebración de decenas de ciclistas que ruedan juntos sobre el asfalto que nunca fue pensado para ellos. Cada hecho suma. Aprendizajes, hilos, conexiones, saberes y conciencia de que la vida de manera individual y autónoma no funciona, pero en comunidad sí. «Se nos ha impuesto la ficción fracasada de que somos individuos autosuficientes», dice  Marina Garcés.

De estas experiencias colectivas —unas más mediáticas, otras menos, unas más globales, otras únicamente barriales, unas que se convierten en trending topic y otras que pasan desapercibidas— extraemos aprendizajes que construyen realidad. No de manera lineal como cuando cada septiembre comienza un curso nuevo y hay una lección esperando ser aprendida y recitada siguiendo exactamente el mismo procedimiento que el año anterior, sino de forma no cronográfica, dispersa (desordenada, incluso) y orgánica. Y si aprendemos, compartimos los saberes y por supuesto los afectos, ¿cómo no regresar a cuidar lo colectivo?

La mejor manera de proteger el conocimiento es hacerlo libre

La transmisión de saberes, tradicionalmente de boca en boca y de generación en generación, se nos ha impuesto de manera sistémica a través de la educación formal. Ligado al Estado del Bienestar, a las democracias occidentales del siglo XX, y a un enfoque utilitarista en favor del mercado de trabajo, el aprendizaje fruto de la educación formal ha sido fundamental para homogeneizar el acceso al conocimiento y promocionar la investigación científica. Pero hoy, en este año que llamamos catorce, con el Estado del Bienestar maltrecho, las democracias permanentemente cuestionadas y la extensión exponencial de las tecnologías de información y comunicación, la transmisión de saberes se nutre de nuevo del boca a boca, del P2P. Solo que esta vez es en red, a escala global, en abierto y de manera instantánea.

Cuando decimos de una manera de compartir conocimiento que es abierta, quiere decir que es más que pública. No se trata de comunicar y dar por terminado el proceso, sino de brindar, de manera proactiva, la posibilidad de modificar, ampliar, reutilizar esos saberes y construir a partir de ellos. La garantía, por tanto, para proteger el conocimiento y permitir que sea replicable es, simplemente, hacerlo libre.

Nuestra lengua madre es internet; las tecnologías, nuestra herramienta de transmisión y lo digital, el clima que nos rodea. Todos generamos y transmitimos conocimiento. Pasamos de ser consumidores (receptores) a prosumidores que intervienen en la construcción de saber. Esta recogida de voces a priori inconexas, periféricas, aisladas como capas de saberes, deviene en un nuevo paradigma, un ecosistema en el que nos desenvolvemos con soltura pero en ocasiones nos cuesta explicar. En este entorno cada quién encuentra caminos de aprendizaje a través de una mezcla de subjetividades infinita. Lo dogmático da paso a lo horizontal, lo compartido prevalece sobre lo privativo. Y el conocimiento deja de ser una acumulación de saberes (como en una biblioteca) para convertirse en una experiencia crítica y colectiva (como una espiral creciente que en su discurrir toca puntos antes inconexos, recoge a su paso y devuelve en su retorno). Del almacenamiento de la memoria ROM a la escritura aleatoria de la memoria RAM. No es algo virtual, no es residual. Son experiencias que crean realidad. La Fundación Mozilla, por ejemplo, plantea a través del proyecto Mozilla Open Badges una manera de reconocer habilidades y logros reales adquiridos a través de procesos de aprendizaje no formales en la Red.

Esta práctica de copiar y pegar saberes no es exclusivamente digital. Ni mucho menos. Retorna a la calle y tiene mucho que ver con la cohesión de espacios de reproducción de lo común: centros sociales autogestionados, huertos urbanos y comunitarios, procesos de investigación-acción, mercados, asambleas de vecinos, propuestas culturales libres… En definitiva, redes de apoyo mutuo, recuperación del entorno social, reproducción y cuidado. El aprendizaje, por tanto, no se da en un compartimento estanco de la vida sino de forma transversal en la vida.

Lo sostenible

La reproducción de lo común (cultura, cuidados, aprendizaje, salud, barrio, comunidad…) no es un aspecto residual ni mucho menos. La sostenibilidad de proyectos pasa por infinidad de acuerdos —micro y macro—, consensos, experimentos, implicación subjetiva y colectiva. Pero, sobre todo e invariablemente, la sostenibilidad está transversalmente atravesada por el aspecto económico. Lo cognitivo, lo afectivo y lo experimental está intrínsecamente ligado a lo laboral. En un momento crítico con respecto a las bases que creíamos inamovibles (vivienda, trabajo, educación, sanidad garantizadas), la precariedad de la vida empuja y contrae. Cantidad de proyectos comunitarios autogestionados surgen como parte de una necesidad. El modelo cooperativo se extiende. El modelo asociativo se recupera. Redes de cooperativas integrales, mercados sociales, monedas alternativas. Se intenta buscar el resquicio a través de la creatividad y la imaginación.

La práctica comunitaria retorna habitualmente retribuciones afectivas e intelectuales significativas. En otros casos prevalecen los retornos en forma de documentación de código abierto y archivo de prácticas puestas al servicio del común. Las más de las veces estas prácticas se perciben como éxitos, se relatan como experiencias únicamente positivas. Pero con menor frecuencia, estas mismas comunidades problematizan los procesos y se centran en los conflictos. Hay experiencias que surgen a modo de experimento y se conforman con existir de esa manera. Pero otras muchas están constantemente pendientes del tiempo, de la financiación o de periodos electorales. En contadas ocasiones, la financiación —cada vez más magra— de proyectos de intervención colectiva proviene de Administraciones Públicas, pero la tendencia apunta a que la participación ciudadana se conforme con gestionar la escasez. Y con esta deriva hacia la precariedad, ¿no se está justificando en paralelo a una Administración que deja de ocuparse de su sociedad?

Lo sostenible pasa también por crear mecanismos, identificar cuándo son efectivos, documentarlos, compartirlos. Exactamente igual que en la ética del software libre. Del Do It Yourself al Do It With Others. Pero documentar y compartir, una parte esencial del aprendizaje de código abierto, requiere tiempo. La precariedad y la falta de condiciones mínimas de sustento a menudo no lo permiten. De nuevo, la sostenibilidad en el centro de los procesos.

Lo interconectado

En la Red replicamos experiencias, compartimos, aprehendemos y copiamos. A menudo se extiende el discurso de que a través de esta interconexión global cambia la realidad global como una revolución inevitable. Es cierto en parte. Atendemos a eventos hiperlocales donde lo particular traza vínculos complejos con otras particularidades lejanas. La conexión de subjetividades líquidas a través de internet cala en otras realidades, pero atender a esta hipótesis perdiendo el foco y la atención sobre lo local, lo micro, es cuando menos arriesgado. Habitamos el barrio y estamos construidos y atravesados por nexos personales, afectos, redes y conflictos de proximidad. Aprendemos en red, sí. Más que eso, copiamos en la Red en un acto de amor y agradecimiento a la producción del otro. Copiar no es ni de lejos robar o plagiar, sino reconocer y abrazar. Más allá de concebir estas prácticas como copyleft, hablamos y practicamos copylove.

A través de este y los siguientes textos en La Aventura de Aprender, relacionaremos saberes con personas y colectivos; abordaremos eventos aparentemente aislados para leerlos como procesos de aprendizaje desde distintos lados del prisma; nos preguntaremos por el cambio de paradigma que nos plantean ciertos aprendizajes actuales y los relacionaremos con experiencias tradicionales; investigaremos sobre el comisariado de ciertos procesos; querremos entender la implicación de prácticas de archivo, documentación y réplica; intentaremos desmitificar experiencias que parecen sólo contar el éxito y lo positivo y problematizaremos algunas cuestiones; nos meteremos en la cocina de lo afectivo. En la medida de lo posible intentaremos trazar hilos que, como tirolinas, conecten puntos distantes. Otros hilos serán menos tensos y discurrirán dibujando meandros y tejiendo redes.

Aquí venimos a recoger voces desde la periferia, a mezclarlas y trenzarlas para proponer nexos de unión, pero sobre todo a dejarlas abiertas para que entre todos aportemos y construyamos este mundo común que habitamos gustosamente, pero a menudo nos cuesta definir.

Carmen Lozano Bright
@carmenlozano