Aprender a afectarse: un enfoque procomún del trabajo social

Cada día son más los ciudadanos cuyos padecimientos no son medicalizables.  Una veces porque los males tienen un carácter multicausal e incierto (pacientes crónicos), otras porque son el efecto mismo de un diagnóstico controvertido (gentes con adicciones), a veces porque se trata de males huérfanos y, con frecuencia, porque son efectos de situaciones de dependencia, pobreza o  exclusión. No ser medicalizados implica que nuestros sistemas de salud tienden a inhibirse porque están diseñados bajo el paradigma de la curación. Tampoco es menor el impacto que tiene el alto coste que representan los pacientes crónicos para el sistema, pues por todas partes se ensayan protocolos orientados al autocuidado, tanto dentro como fuera de las instituciones.

La inexistencia de una expectativa de cura expulsa al ciudadano del sistema sanitario y lo integra en las redes de la beneficencia y protección social. La nueva relación con la administración está vertebrada alrededor del paradigma del socorro. Más que atender su cuerpo, los nuevos profesionales tienden a querer gobernar la conducta. Por supuesto, en la nueva situación se trabaja mucho la gestión de las culpas, la autoestima, las inseguridades y demás formas de fragilidad  y/o subordinanción. Nunca hay que desdeñar del todo que predominen entre los benevolentes actitudes más tutelares que cooperativas y menos horizontales que jerárquicas. Incluso en situaciones tan atípicas, dolorosas o extremas, puede mostrar su rostro más duro el gesto experto, siempre arrogante, casi nunca compasivo y, en general, paternalista.  Pero, en fin, todo sea por la causa, pues con frecuencia nos asomamos a escenarios de mucha desesperación.  Y así todo funciona en la seguridad de que si no hay cura, al menos habrá esperanza de una mejora en la calidad de vida.

Los parámetros que definen la nueva situación ya no son experimentales, no se miden con máquinas que arrojan una medida de la temperatura corporal, la presión sanguínea o cualquier otro desajuste funcional. No ignoramos la existencia de multitud de dispositivos orientados a contar (medir y también narrar) algunas afecciones respiratorias, adictivas o alérgicas cuya etiología es confusa y controvertida. Y no hablamos sólo de enfermedades, sino de las derivas que tratan de arquear el llamado quantified self. Por más que se expanda la cultura de la auditoría, siempre habrá nociones o configuraciones cuya complejidad será difícil reducir a variables cuantificables.

La calidad de vida, por ejemplo, no es un concepto experimental y global, sino experiencial y comunitario. Cualquiera que quiera comprender lo que (nos) pasa tiene que entender lo que decimos con nuestras propias palabras. No hay estándares de obligado cumplimiento, ni lingüísticos, ni técnicos.  Para conocer(nos) hay que escuchar(nos).  Ahí está la gracia porque al escucharnos reconocemos en el dolor ajeno el nuestro propio, y así admitir que las otras formas de contar el problema, sin dejar de ser singulares, pueden ser compartidas o, en otras palabras, no necesitan ser objetivas para ser validadas.

Si quienes escuchan reconocen su cuerpo en las palabras ajenas, entonces, la conciencia del cuerpo singular es una condición emergente entre quienes se afectan mutuamente.  ¿Y si tener un cuerpo consiste en aprender a afectarse? Cabe entonces la posibilidad de que la condición de afectado no sea el efecto de un diagnóstico, una catalogación, una etiqueta o una cifra.  Cabe la posibilidad, decimos, de que la afección sea fruto de un aprendizaje y no la consecuencia de una demostración.  Cabe la posibilidad, insisto, de que lo expertos no sean imprescindibles y de que su presencia sólo la podamos entender como mediación, como facilitación y como donación.

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Tenemos muchos ejemplos a favor de nuestro argumento. Desde Alcohólicos Anónimos y otras formas de adicción hasta las luchas de los enfermos mentales por sacudirse el estigma de un diagnóstico o de los afectados por el llamado síndrome de la Guerra del Golfo para transformar sus conjeturas en un dictamen. En todos los casos, la solución del problema ha partido de una puesta en común, una forma de  asambleamiento, de problemas, personas, dispositivos, conceptos y formas de organización. Estamos hablando de estructuras entre pares (concernidos), de organizaciones distribuidas (sin centro), de prácticas mutualistas (socializadoras) y de experiencias polifónicas (plurales).  En todos los casos nos referimos a colectivos que han tenido que configurarse como comunidades de aprendizaje que trabajan con el único material seguro a su disposición: lo experiencial.

Lo experiencial siempre es un material abundante.  Todo el mundo tiene mucha experiencia sobre los que le pasa y ninguna experiencia es más valiosa que las demás, salvo que esté contrastada en común.  Todos somos expertos en experiencia. Todos podemos aprender a ser expertos en experiencia. Pero la experiencia siempre fue catalogada de circunstancial, contingente, caprichosa, prejuiciada, inestable, personal y sesgada. La lista de calificativos con los que ha sido desechado su valor cognitivo es interminable.  De hecho saber algo, saberlo bien, era algo que se conseguía mediante gestos que deslocalizaban, descontextaliazaban y descorporeizaban los conocimientos. Desarraigar era imprescindible para objetivar y, en consecuencia, nada era más contrario a la tarea de producir conocimiento que permitir la presencia, siquiera entre líneas, de lo local, lo cultural o lo personal.  Pero lo que vale para tratar lo que pasa, casi nunca sirve para narrar lo que (nos) pasa.

Los expertos en experiencia son insustituibles porque hablan de lo que nadie conoce mejor que ellos. Mas aún, si ya han sido de una u otra forma desahuciados por las instituciones, cualquier mejora en su calidad de vida tendrá que proceder de su habilidad para transformar el material desechado en los laboratorios en la materia con la que construir un relato que les permita recolonizar su propio cuerpo mas allá de los imaginarios que lo han estigmatizado como inútil, discapacitado, incurable, adicto,  distópico o crónico. Recolonizar el cuerpo es tanto como decirlo con palabras que no pertenezcan al discurso experto y que resistan el dictum biopolítico. Es sentirlo, nombrarlo y contarlo con un lenguaje nacido de la experiencia compartida de ese aprender a afectarse.

El enfoque procomún no pretende explorar los senderos del conocimiento abierto o las prácticas de la medicina participativa. Nada es más procomunal por ser más abierto.  La participación, el nuevo imperativo de nuestras sociedades democráticas, tiene por desiderátum mejorar la funcionalidad del sistema, público o privado. No falta quien aprendió a desconfiar de los proyectos que presumen de abiertos y/o participativos. Sabemos de muchos casos en los que la acción de abrir y/o participar sólo son las autopistas que conducen al robustecimiento de nuevos regímenes de propiedad y de privatización de lo público.

El enfoque procomún aspira a promover y provocar comunidades vivas que entre todos y con las sobras construyen el material que los sostenga como interlocutores confiables en el espacio público. Son los públicos que promueven la innovación social y ensanchan la democracia.  Aprender a afectarse es aprender a vivir en comunidad e implica ensanchar el perímetro de lo público y disolver las líneas imaginarias que dividen el mundo entre capaces y discapaces, entre expertos y profanos y, en fin,  entre los gestos institucionales y los extitucionales.

Antonio Lafuente
@alafuente

Hacer Internet

Era 1998 y, cada vez que alguien mencionaba la palabra “internet”, ésta solo me significaba misterio y curiosidad. Aún lo es. Todavía recuerdo la sensación de abrir Internet Explorer para escribir, letra por letra, casi como un mantra, “hache te te pe, dos puntos, diagonal diagonal, triple doble ve, algún sitio punto com”.

Yo no nací con internet en la manos, fue un profesor quien me guió para entrar por primera vez a la red. Me entregó los mismos instrumentos de navegación que hoy sigo utilizando, una computadora y un navegador web. Sin brújula ni mapa, tuve lo necesario. Tuve libertad y curiosidad. Sus primeras lecciones fueron sencillas, me impulsaron para emprender este viaje que sigue sin acabar. Al menos en mi caso, el guía cumplió su misión.

De esa manera, internet pasó de ser un misterio absoluto a convertirse en la mejor herramienta que he conocido para el auto-aprendizaje y la comunicación. Estas dos características, estoy convencido, son el combustible y el motor para “hacer internet”.

Ahora vayamos medio siglo atrás.

Licklider, visionario

La historia de Internet es la historia de muchas redes, redes de dispositivos con sus cables y señales inalámbricas, redes de personas con sus móviles y laptops. Los héroes de esta historia son excepcionales, como el atípico J.C.R. Licklider, psicólogo pionero de Arpanet (el primer internet), quien escribió de manera profética en 1960, antes de las computadoras personales, antes de cualquier idea acerca de internet, las siguientes palabras:

“estamos entrando a una era tecnológica en la que seremos capaces de interactuar con la riqueza de la información viva, no de la forma pasiva en la que estamos acostumbrados a usar los libros y las bibliotecas, sino como participantes activos de un proceso en curso a través de nuestra interacción con la información, y no simplemente por nuestra conexión con ella” — Man–Computer Symbiosis

Licklider habla de la interacción activa con la información, que no es otra cosa que el aprendizaje auto dirigido, un proceso colateral de conocer internet. El psicólogo norteamericano fue más lejos todavía en el mismo texto:

“Parece razonable prever, de aquí a 10 o 15 años, un “centro de pensamiento” que consolidará las funciones de las bibliotecas de hoy en día… Esto sugiere una red de tales centros, comunicados unos con otros…”

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Fotografía de OnodoMex

La unidad persona-ordenador es un “centro de pensamiento” que encuentra su verdadero potencial en la comunicación, porque la comunicación, con sus lenguajes y símbolos, es lo que creamos para conectarnos con los demás.

Tanto en el internet primigenio, como en el de la actualidad, los pensamientos viajan de persona a persona, distribuidos en pequeñas piezas de información que atraviesan miles de máquinas de hardware y software, desde antenas Wi-Fi hasta navegadores web o redes sociales, en un proceso incesante de ida y vuelta. En este sentido, podemos decir que los “centros de pensamiento” interconectados son internet. Pero creo que es mejor decir que El Internet son las personas, y no las máquinas, en otra forma de hacer sociedad.

Auto-aprender, copiar

Aprender es una actividad individual que requiere una guía. Pero para la persona autodidacta la guía es uno mismo y su primerísima forma de aprender es copiar. Y en este proceso tan simple de copiar-aprender es donde el autodidacta comienza a hacer internet.

“Internet es una máquina de copiar”, escribió Kevin Kelly alguna vez. Estoy de acuerdo. Copiamos las páginas web a nuestro ordenador cada vez que las visitamos. Copiamos bits en cada retuit en Twitter, en cada compartir en Facebook,… Copiamos para compartir, sí, pero sobre todo copiamos para aprender.

Internet, casi por definición, nos conduce todo el tiempo a aprender por nuestra cuenta. Desde el acto del descargar una aplicación, hasta en el de usar esa nueva red social, nos encontramos solos frente a la máquina, solos desciframos toda clase de signos, solos aprendemos para aprender más. Aprender por cuenta propia para luego comunicar.

Comunicar, conectar

Comunicar, en esencia, es sobre conectar con los demás. Conectamos ideas, pensamientos, sentimientos, y tal vez mucho más. Vamos, que comunicar es una causa y su efecto es la comunidad.

Por su parte, internet eleva en alcance y las posibilidades de comunicación entre las personas. Es una plataforma tecnológica donde lo natural es compartir, colaborar, innovar, reinventar… Donde lo natural es aprender y su efecto también es la comunidad.

El auto-aprendizaje ha alcanzado niveles de esplendor gracias a la comunicación en internet. Aquí es donde los hackers pueden contarnos historias heroicas al respecto.

Hackear, educar

La ética hacker es una metodología muy efectiva de aprendizaje en comunidad, fue incubada en el internet de los años 70 y está presente, a veces invisible pero perfeccionada, en las tecnologías que dominan nuestra vida. Por ejemplo, el Silicon Valley del que emergieron Google, Facebook y Twitter sería impensable sin esa ética o cultura hacker. Y Wikipedia, la enciclopedia más extensa jamás creada por la humanidad, también se debe a esa cultura de compartir el conocimiento.

El hacker verdadero (nunca ese ser “malvado” y sobrenatural que aparece en las películas) está guiado por esa ética: abrir, compartir, descentralizar, y mejorar el conocimiento. Los resultados positivos son evidentes y están bien documentados en libros como el de Pekka Himanen, “La ética del hacker y el espíritu de la era de la información”.

Guifi-Net es una red abierta, libre y neutral, una red construida por ciudadanos. Quizá es como internet debió ser desde el principio, pero de esto hablaremos después.

Creo que procurar la formación de personas autodidactas que comuniquen su conocimiento, es decir, la formación de personas basada en ética hacker, es clave para hacer un mejor internet y, en consecuencia, para hacer una mejor sociedad. Por eso necesitamos más profesores, más escuelas, más sistemas educativos, más gobiernos, que enseñen a hacer mejor internet.

Internet, hoy

Internet evoluciona como si fuese un ser vivo del que formamos parte. Pasó de ser una tecnología solo apta para expertos a un bien de la vida diaria tan natural como el gas y la electricidad. Es un bien común, y aún más que eso porque se ha convertido en el recurso definitivo para la creatividad.

La evolución de internet está guiada por nosotros. Ayer era un sistema de comunicación entre científicos, hoy un tejido social complejo como un fractal. Hoy podemos crear, casi sin conocimientos técnicos, toda clase de páginas web, tiendas en línea en cuestión de minutos, sistemas completos de fondeo colectivo (crowdfunding), incluso arrancar nuestras propias redes sociales. Y seremos capaces de hacer más.

Jorge Luis Borges escribió en uno de sus cuentos más leídos: “Yo afirmo que la Biblioteca de Babel es interminable.” Internet es esa biblioteca, una donde además de leer, podemos escribir. Por ejemplo, muy pronto seremos capaces de crear sistemas de inteligencia artificial como si jugáramos con bloques de Lego y los conectaremos con cualquier cosa imaginable a la Internet de la Cosas, la internet total. Esto para empezar; el resto es impredecible.

El Foro de Cultura Libre es un espacio para reflexionar temas relacionados con la cultura libre y el acceso al conocimiento. Allí se hace internet desde y para la cultura.

Hacer internet supone un reto educativo de proporciones considerables para alumnos, profesores, padres de familia, gobiernos e instituciones. Aprender y crear incesantemente desde la red, en red, y para la red, replantea profundamente la mayoría de nuestras actividades, replantea la cultura entera y esto es realmente emocionante.

Hagamos más —y mejor— internet.

Alan Lazalde
@alanlzd

De la taylorización a la tallerización de la cultura

The choreography of labor: TsIT cyclograph testing motive efficiency

Taylorizar un proyecto supone desagregarlo en tantas partes como se pueda y, a continuación, asignarles una posición en una cadena de eventos sucesivos y, en paralelo, en otra cadena de valor. Así, cada fragmento tiene su jerarquía, su responsable  y su momento en una cadena de producción y reproducción. Taylorizar es poner a cada quien en su sitio y crear un sitio para cada uno. La finalidad de todo es mejorar la eficiencia del sistema y aprovechar mejor los tiempos. Nada importan las habilidades de los integrantes de la cadena, porque al ser desagregadas las funciones, basta con que cumplas la que se te asignó. Nada es híbrido (mezcla de culturas), aleatorio (dejado a la improvisación) o subóptimo (abierto a la adaptación). Todo debe encajar en una cadena de causas-efectos que funcione sin fricciones, sin tuneos, sin equivocaciones. Todo debe situarse en el nivel de máxima operatividad.

La taylorización crea especialistas programados, roles fijos, bordes vigilados,  diseños propietarios, prácticas sumisas y culturas cerradas. En las antípodas de la taylorización están las iniciativas hacker, los arreglos  del bricoleur, los prototipos abiertos, los colectivos amateurs, los hábitos populares y todas esas formas de codificar el conocimiento compartido que implican trucos, artimañas e improvisaciones. Los espacios DIYlos movimientos tácticos, los proyectos makers o los colectivos de  amantes de las plantas, la cocina el pachtwork, todos en su conjunto, encarnan y movilizan una cultura que quiere ser distinta. Una cultura que es contrahegemónica y que reclama el apelativo de radical.

Contrahegemónica y radical, pero no necesariamente izquierdista. Capaz de visualizar otro mundo posible, pero crítica con la idea de que la división en clases puedan explicar todos los conflictos que enfrentamos. Radical porque apunta en todas las direcciones y contra todas las dicotomías que crean falsos e innecesarios lugares de paso entre fronteras imaginarias. Radical porque las escisiones entre antiguo y moderno, entre funcional y obsoleto, entre viejo y joven o entre pasado y futuro son tan artificiales como interesadas al servicio de un mundo que ve rémoras en todo lo que no puede instrumentalizar sin descanso. Y junto a las mencionadas formas de territorializar el tiempo, también hay otras maneras de habitar la urbe que conducen a negar la pertinencia de esas dicotomías que quieren una tensión extrema entre privado y publico, entre tecnología y artesanía, entre amateur y profesional o entre producción y reproducción. Combatir estos cerramientos de la inteligencia y de la vida es apostar por lo radical, sin necesidad de ser izquierdista, sin necesidad de poner todos los huevos en la misma cesta o, en otras palabras, siendo un poco más postmoderno y un poco menos universal.

Hay que distinguir entre taylorización y granularización. Descomponer los proyectos en partes es dotar su despliegue de hitos intermedios que alcanzar. Hay mucha sabiduría en construir los proyectos para que una secuencia de pequeñas metas intermedias estimulen su continuidad, aprovechando así esa condición evolutiva del cerebro que premia estas sencillas victorias con descargas de endorfina. Granular, entonces, es una estrategia que sitúa a los actores en primer plano, tanto porque es una manera de hacer su trabajo más agradable y fértil, como también porque es una garantía de hospitalidad hacia quienes puedan interesarse en lo que hacemos. La descomposición en fragmentos de los proyectos favorece la incorporación de interesados, tanto los que tienen mucho tiempo, como los que apenas pueden distraer algún rato esporádico e intermitente. Los proyectos granulares crean espacios comunes, los taylorizados destruyen la comunidad. La taylorización es un gesto vertical, autoritario, arrogante y cerrado: antepone el rendimiento, niega la participación, ningunea las “otras“ destrezas del trabajador y es, en consecuencia, doblemente alienante, pues separa al trabajador del fruto de su trabajo y además lo separa también de sus habilidades cognitivas.

La taylorización del trabajo favorece su mercantilización y nos convierte a todos en prescindibles, contingentes y dóciles. Es la autopista que desemboca en la precarización. Es la estructura que confunde las organizaciones con su organigrama y que hace del trabajador un siervo de la máquina. Taylorizar la cultura es transformarla en información para que luego el mercado la convierta en un recurso. Y aquí toca, ojalá no lo haga demasiado pronto, preguntarse quién gana y quién pierde cada vez que se movilizan tales dispositivos. Si te toca el lado malo de la ecuación nunca encuentras respuestas bastante satisfactorias. Si estás en el otro, no deberías descansar en paz. Por eso necesitamos más conceptos para incluir en el repertorio de instrumentos con los que entender y cambiar el mundo. Tenemos que aprender a trabajar en el modo taller.

Tallerizar la cultura o la educación implica sospechar de todos los intentos de descomponer la vida del aula en tramos, niveles, objetivos, pruebas y calificaciones. También supone discutir la división por disciplinas, áreas, asignaturas o saberes. Y, desde luego, contrabandear esas fronteras que quieren separar lo formal de lo informal, lo académico de lo urbano, lo objetivo de lo político, lo tecnológico de lo artesanal y lo cultural de lo científico.  Ningún estudio creíble que se haya acercado lo suficiente a estas divisorias ha dejado de explicarnos las muchas formas de atravesarlas, especialmente por todas las gentes que son sus vecinos y las padecen.  Tallerizar la educación, entonces, implica apostar por otros modos de hacer que minimizan la distancia entre el que enseña y el que aprende, entre lo que llamamos saber y lo que entendemos por hacer, entre ser original y un buen DJ, entre producir y compartir, entre argumentar y visualizar. El taller parece el instrumento adecuado  para el despliegue del design thinking o, en otros términos,  para transitar desde las palabras a los actos, lo que es tanto como decir que se configura como un recurso óptimo para promover una cultura socialmente colaborativa, jurídicamente abierta, políticamente radical y epistémicamente plural. Sí, tallerizar la educación es una forma de hackearla.

Hemos confiado tanto en el seminario, el simposium o el congreso que nos sorprende su larga estirpe y su rápido envejecimiento. Es inevitable que acaben siendo expresión genuina de una cultura elitista y aburrida. El taller, el festival y la unconference siguen creciendo como formas más abiertas y practicables de intercambio de experiencias y conocimientos. No se trata de cambiar de palabras, sino de culturas. Ya nadie quiere escuchar brillantes peroratas. No se trata de mezclarse con las más listos, sino de inaugurar otros procesos. No tiene más mérito quien más sabe, sino quien más (se) ofrece. No se trata de alumbrar, desvelar o revelar nada, sino de escucharnos, compartirnos y cuidarnos. El mérito no es de quien firma primero, sino de quien cuida mejor. Y cuidar es hacer cosas juntos. ¿Es el taller el nuevo espacio que necesitamos?  ¿Será el taller el lugar de la crítica?

La cultura debe ser crítica. La cultura debe resistir cualquier precipitación y estar atenta a los muchos intentos de simplificación. Ser crítico implica no resignarse a los modelos reduccionistas. Ser culto no es saber hacer cosas. No basta con disponer de un catálogo de recetas a partir de las cuales resolver (nuestros) problemas. La cultura no sólo debe ser funcional. Mejor que lo sea, pero no es suficiente.  Para ser culto no basta con mapear los problemas, los territorios o los conflictos de forma verosímil, contrastada y normalizada. Ser culto no es lo mismo que ser un científico. Una cultura es crítica cuando sabe medir las consecuencias de las cosas. Una persona culta sabe ver la cara oculta de la Luna. No se conforma con los logros, también quiere calibrar los daños colaterales. Una persona culta sabe que es imposible iluminar ningún objeto sin crear una sombra. Una persona crítica sabe que en la sombra se acumula mucho dolor, mucha exclusión y mucha mentira que se ha creado con el mismo gesto que buscaba la felicidad, la democracia y la justicia. No hay una sin la otra y, por tanto, no hay cultura sin contracultura.

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Aprendizajes según el formato taller

El taller tiene sus monstruos: el imperativo del tallerismo y el mal de la talleritis. Hace poco padecí esa deriva que impone un solo modo de compartir conocimiento: el tallerismo. El tallerismo se explica fácil. Consiste en admitir que al aula se va a diseñar, discutir, compartir o remezclar recetas. Todo lo que no cabe en una receta es especulativo, discursivo, unidireccional y antiguo. Hay que hablar de cosas prácticas, rápidas, replicables y divertidas. Sin una presentación en pantalla, un paquete de post-it de colores, un momento de trabajo en corro y algún contraste de criterios dramatizado; los contenidos quedarán obsoletos, sus aulas estarán varadas y los profes perderán el derecho a ciudad. Educar no es enseñar, sino aprender juntos. Y aprender podría convertirse en acumular destrezas: herborizar plantas, tocar el piano, remezclar contenidos, recodificar algoritmos, narrar historias y recorrer el mundo.  Bonito sueño, y necesario.

Recapitulemos un instante. En el modo taller, el profe ya no se auto imagina como docente, sino como facilitador, mediador, entrenador, acompañante,… Un coach, dicen en las escuelas de negocios. Para dar un seminario hay que saber mucho del tema, pero para activar un taller se requieren otras habilidades, como las de ser versátil, ocurrente y sociable, como también no exagerar en el rigor, no exhibir erudición, no enredarse en virtuosismos dialécticos o no exigir demasiadas lecturas. Alguien que da talleres, el tallerista, opera como una especie de pegamento social y es el artista de la socialidad. Según cómo lo miremos, dependiendo de desde dónde lo consideremos, el tallerista podría ser un actor imprescindible, siempre atento al cuidado de los afectos y los efectos que se movilizan en el espacio del taller. Si el auditorio ya es social enterteiment, el taller podría devenir en terapia social. En el taller hacemos cosas, pero sobre todo las hacemos juntos y eso parece calmar la ansiedad de muchos. Me parece que no es suficiente y que algo falta. ¿Falta algo?

En el modelo taller se lee poco y con prisa. Se discute menos de lo que se habla. El objetivo no es problematizar nuestros conceptos, nuestras prácticas, nuestros códigos o nuestras tecnologías. El objetivo es apropiarlos rápido y convertirlos en un tutorial. Siempre hay mucha documentación. Todo se debe registrar y subir a la red. El esfuerzo documental es admirable y enseña el camino hacia una cultura más abierta y participativa. Siempre hay plétora de fotos, vídeos, dibujos, mapas mentales y demás manualidades. En un taller siempre hay tiempo para crear, procesar y postproducir resultados. Todos hacen de todo. No hay división especializada del trabajo. Hay un precio que pagar por todo ello, pues el modo taller consume mucho tiempo  y, en consecuencia, los procesos que inaugura deben ser concentrados y cortos. En fin, que no hay tiempo para lo tentativo, lo incierto o lo imperfecto.

En su forma más paródica, los talleres son un espacio de adocenamiento donde se forma gente obediente y conformista: exploradores de salón y no de campo, cocineros de domingo y no de diario, redactores de críticas y no lectores. Decantar una receta supone implementar prácticas trasladables entre distintos ámbitos del saber, pues implica contrastar experiencias, consensuar términos o trabajar colaborativamente. Pero asomarse a las sombras exige un compromiso de mayores riesgos como, por ejemplo, aceptar que la verdad seguramente estará muy repartida y que todos, incluso los que creen tener razón, deben renunciar a imponerla. No se trata de convencer, sino de convivir: hacer posible la vida en común.  El gesto crítico implica escuchar puntos de vista muy diferentes y, huyendo del consenso que siempre fue la forma en la que las mayorías se impusieron a las minorías, construir narrativas que no sean alérgicas a lo  frágil, lo contradictorio, lo dividido y, en fin, lo plural. Ser crítico es crear mecanismos que eviten la producción de más excluidos, más minorías, más periferias, más invisibles,… los muchos afueras con los que convivimos.

Si la taylorización nos hizo eficientes y alienados, la tallerización podría hacernos funcionales y estúpidos. Y a esa nueva enfermedad podríamos llamarla talleritis. La padece gente que ya no confía en las tradiciones dialógicas y que huye de las tensiones, los intersticios y las sombras.

Antonio Lafuente
@alafuente

En la cocina de lo que (nos) pasa

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Fuente de la fotografía: Wikimedia Commons

Hay algo ‒muy grande, muy inabarcable‒ que me gustaría poder contar en toda su intensidad. Pero es algo tan líquido, tan poroso, tan elástico, expansivo, transparente, disperso, intangible y multiforme que cuesta describir en unos cuantos párrafos.

Hablo de aprendizajes. De lo que ocurre cuando nos juntamos alrededor de una inquietud común y le damos forma, la intervenimos, la tocamos a muchas manos y hasta la desviamos de ruta por senderos inimaginables. Hablo del escalón que hay entre el inicio de un proyecto colectivo y su fin: una brecha no muy iluminada, habitualmente poco contada… donde se cuece la vida. Me refiero a las experiencias durante las cuales se dan aprendizajes comunes y se generan enseñanzas de código abierto y compartido. Aprendizajes que cambian las maneras de acceder al conocimiento y a la formación, tanto individual como colectiva. Cocinas permanentes de experimentos y aleaciones, donde lo que más importa no es su fin, sino cómo y entre quiénes se hace.

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El campo de cebada en La Latina, Madrid

Ocurre en los huertos colectivos, como el de Benimaclet. También sucede en los centros sociales autogestionados como, por ejemplo, en La Casa Invisible o en los hacklabs, los centros okupas, las redes de consumo colaborativo… Son nuevas “cocinas” donde lo que importa es ese hacer entre todos y donde se producen transformaciones compartidas, expresivas y con huella: aprendizajes, modos de pensamiento, producción e intervención que son innovadores.

Ocurren a menudo en lugares y tiempos paralelos: en la Red a la vez que en las calles, en las aulas, en los huertos, en las plazas, y en lugares híbridos que se componen de todo lo anterior. Estos dos mundos por los que transitamos se retroalimentan, siendo muchas veces uno solo, un entorno que se funde en realidades complejas y enriquecedoras.

Un ejemplo de esta manera tan mestiza de proceder puede ser El Campo de Cebada (otro caso, entre muchos). Es un solar de 2.500 m² en el centro de Madrid gestionado por los vecinos del barrio de La Latina desde 2011. La organización del espacio es asamblearia y en él convive un huerto, talleres de mobiliario urbano, cine, una universidad popular, artes escénicas, deporte… y problemas: fricciones cotidianas del devenir de la vida, el barrio, la calle y la Red. Esta experiencia fue reconocida con el prestigioso premio de las artes y la innovación tecnológica Golden Nica del festival Ars Electrónica (Linz, Austria) en la categoría de ‘comunidad digital’ en 2013. Este reconocimiento no es ni de lejos lo más importante de lo que allí sucede y tal vez ha sido mediatizado en exceso, pero viene al caso mencionarlo. Lo leiste bien: se galardonó la condición digital de Campo de la Cebada. Así, lo que en apariencia es un solar, una plaza, un huerto y un lugar de encuentro, multiplica su vibración por las redes digitales sin dejar de ser una experiencia barrial. Es otro caso más entre los muchos que evocan la creciente dificultan para delindar los mundos de la red y de la calle.

Podríamos nombrar, sólo en el centro de Madrid, el Patio Maravillas, Esta Es Una Plaza, La Morada… Los factores que hacen porosas y mestizas las dimensiones 1.0 y 2.0 del entorno que habitamos forman parte de la multidefinición permanente y mutante de estas cocinas de lo común.

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Actividades en Patio Maravillas, Esto es una Plaza y La Morada

A lo largo de más de un año, La Aventura de Aprender (LADA) nos ha dejado entrever mediante decenas de clips y entrevistas que cada proyecto, cada experiencia y cada manera de investigar sobre lo común está inmersa en aprendizajes del cómo hacer que contribuyen a un paradigma de conocimiento al que no estábamos acostumbrados. Sabemos que no es nuevo, pero había que  (re)descubrirlo.

Cala la idea (la experiencia) de que la educación formal en el aula que transmite saberes de forma lineal no es una panacea. Como complemento, le damos valor al aprendizaje basado en la experimentación en común, a lo experiencial, a aquello que hacemos entre todas. Reflexionamos sobre la forma consumista y pasiva a la que acostumbramos habitar nuestras ciudades y dirigimos la atención a ocupaciones constructivas y propositivas del espacio urbano llevadas a cabo por comunidades, atravesadas por sus problemas singulares y pensadas en favor de las personas.

Nos cuestionamos sobre maneras de consumir más próximas, cuidadas, ecológicas y sostenibles. Ponemos en valor el saber rural, las tradiciones culturales locales ‒durante tanto tiempo denostadas desde los centros urbanos‒ y cuestionamos la tan aplaudida como denostada globalización. En definitiva, retornamos a lo micro, a lo diverso y a lo singular. Tenemos el valor de reconocer abiertamente que nuestras grandes ciudades son entornos provisionales, precarios y absolutamente dependientes de pautas de vida y consumo que se escapan de nuestra voluntad. Con la boca cada vez más llena, declaramos nuestros cuerpos interdependientes y reconocemos nuestra propia vulnerabilidad. Transitamos (cada quién a su ritmo) del pudor de hablar de lo personal a la potencia política que se activa cuando se pone la intimidad en el centro.

Pero, ¿qué tienen en común todas estas experiencias? A priori parecen muy diferentes las prácticas de un colectivo que reutiliza elementos de señalización vial para resignificarlos de las que se movilizan en una fábrica de cerveza artesana. ¿Se pueden equiparar los cuidados de un huerto urbano con los que reclama una cooperativa que hace chapas y otros productos de merchandising? Sí, sus labores y propósitos son distintos, pero de alguna manera todas quieren hacer común, y comparten el código y los valores que regulan las prácticas de hacer para el común.

Tal vez si todas las experiencias siguieran pautas homogéneas de manual no tendríamos más remedio que recoger los restos de este texto en un hatillo y escribir otro que hablara de fracaso. Las peculiaridades infinitas de cada práctica vienen marcadas por la realidad particular más local y más próxima, así como por engranajes precarios de sostenibilidad económica y de cuidados… de vida. Sin embargo, las características compartidas que asoman nos permiten trazar una serie de afinidades.

Los aprendizajes de los que hablamos creen en el valor de copiar y de permitir ser copiados. Tienen la convicción profunda de que nada de lo que se nos ocurra crear es una idea original y que todo proceso de creación bebe de fuentes y obras previas. Provendrá de herencias culturales previas, de saberes heredados y de formas de hacer de las que nos apropiamos el código. Hilado con lo anterior, estas experiencias creen en la remezcla y la practican «porque las ideas crecen y mejoran si se comparten», me dicen que dijo Robocicla.

Se consideran a sí mismos abiertos y establecen prácticas relativamente abiertas. Esto quiere decir que en mayor o menor medida activan dispositivos de colaboración con otros proyectos y están dispuestos a que otras personas transiten temporal o permanentemente por su cauce, incluso para ser modificados. Esta convicción implica liberar su código para que otras puedan utilizarlo, modificarlo o mejorarlo.

Defienden un modo horizontal de relación interpersonal. La horizontalidad (tantas veces nombrada) no es rasa. Es algo más como una onda, una continuidad con altos y bajos de energía, participación y disposición que plantea dos cuestiones. Por una parte, desmontar estructuras jerárquicas y verticales donde cada quién se subordina a otro con más privilegios, poder y autoridad. Esto no ocurre de la noche a la mañana y de ahí que muchos colectivos que se llaman a sí mismos horizontales, en la práctica lo sean menos. Por otro lado introduce posibilidades potentes derivadas de que, si cada individuo ocupa una posición igual a la de su par, la acreditación de saberes y aptitudes (la titulitis) queda en segundo plano. Nos valoramos por quienes somos y las habilidades aportadas en cada momento en lugar de ser juzgados por el volumen y el “diseño” de nuestro currículum.

En estas cocinas construidas en base a lo experiencial no son extraños los prototipos que convierten a quienes los construyen en problematizadores del espacio y de los objetos con los que interactuamos. Esto implica que ciertos ámbitos, sobre todo relacionados con la ciencia y la tecnología, habitualmente limitados a «expertos» y privilegiados, están abiertos a que cualquier persona pueda intervenir. Los prototipos son compatibles con la pluralidad espistémica y la diversidad cultural. O, en otros términos, hacemos prototipos para no hacer teorías: ponemos las ideas al alcance de las manos, para no subirlas hasta las estrellas. Se descubre así una ventana a la práctica, producción y transmisión de ciencia ciudadana.

Todo lo anterior explica que estos laboratorios ciudadanos a los que nos referimos no ponen en valor el crecimiento y el éxito como fin, sino la experiencia del buen vivir y el arte de una sostenibilidad mutantes.

 Lo coyuntural y lo transformador

Estos aprendizajes crean valor por su capacidad para hacer en común. En tiempos donde las palabras «innovar» o «emprender» están sobrerrepresentadas y suenan huecas de contenido, son las experiencias de creación colectiva las que realmente agregan valor al capital simbólico de la transformación. En medio de esta crisis de palabras que nos envuelve, parece que son estas prácticas y no las que prometen éxitos y riquezas las que nos ayudan a construir un vocabulario propio, a nombrar(nos) las transiciones y mutaciones que nos afectan. Las narraciones colectivas son las que apuntalan entornos expansivos de bienestar común.

Algunas experiencias son efímeras, temporales y transitorias mientras que otras son apuestas de modelo de vida, trabajo y sustento, pero todos forman parte de un poso de saberes comunes, de capas que construyen un hacer común en el tiempo. La sostenibilidad de los mismos suele ser precaria, y no sólo económicamente hablando. En la mayoría de las ocasiones quienes creen en estos proyectos acaban hipertrabajando, precarizando todos los ámbitos de su vida, incluso dedicando tiempo limitado a la reflexión.

Acostumbrados al cortoplacismo, a la inmediatez y al tending topic, a menudo nos olvidamos de trazar y documentar los procesos y de pensar con la mirada en el futuro. Para que el hacer común se mantenga, sea nido de futuros aprendizajes y garantice acceso, participación y difusión hay unas responsabilidades mínimas de sostenimiento de recursos que debería corresponder al sector público. Bibliotecas, centros de estudio, laboratorios de investigación, escuelas, museos, becas, apoyos. Pero también infraestructuras públicas básicas, dotadas de herramientas abiertas para la creación que conjuguen algunas de las características anteriores y a la vez sostengan, sean incubadoras y den cobijo.

Lo innovador ¿era esto?

Vivimos tiempos azarosos de alteraciones, de paradigmas y consensos agrietados que dan lugar a nuevas formas de hacer, aprender, investigar, crear y trabajar. Intentamos desprendernos de hábitos individuales, corporativos y competitivos y (re)aprender diálogos y códigos a los que no estábamos acostumbrados. En este aprendizaje (que para muchas de nosotras es fresco, es nuevo), a menudo creemos que estamos inventando la rueda cuando lo que hacemos en realidad es redescubrir cómo rodarla. Asambleas, toma de decisiones colectiva, cooperativismo: no es muy diferente en el fondo de las prácticas rurales tradicionales ni de la experiencia de asociaciones vecinales en las periferias urbanas a finales de los años sesenta y principios de los setenta o la historia del movimiento obrero de finales del siglo XIX y principios del XX.

A menudo las narraciones de los aprendizajes colectivos actuales adoptan lenguajes que, aunque necesarios en planos académicos, se distancian del hacer del día a día, de la calle, de los conflictos coyunturales, de la realidad. La brecha entre práctica y relato frecuentemente es insalvable y crea, irremediablemente, jerarquías entre quienes sí pueden participar del discurso y los excluidos.

Quienes sostienen comunidades de aprendizaje valiosas (un huerto, un centro social, una cooperativa de productos agroecológicos, un proyecto de arquitectura sostenible, etc) suelen desdoblar las 24 horas del día en varias jornadas de trabajo: una para lograr un sustento económico personal mínimo, otra para cuidar a su entorno dependiente más próximo y otra para aportar al proyecto común.

Con frecuencia la realidad va tan de prisa que no deja espacio para documentar de la mejor manera posible las experiencias. Si pensamos que lo que queda de las comunidades tras sus prácticas es finalmente su archivo ¿cómo vamos a contar dentro de diez años lo que vivimos hoy si no tenemos hábito de documentación, cartografía, mapeo y archivo?

Estas tres últimas cuestiones (lenguaje, sustento material y archivo documental) son parte de la clave para una sostenibilidad real de las cocinas colectivos actuales. Y no, aquí no está la solución, sino una hipótesis para pensar cómo hacer estas experiencias más compartidas, más abiertas, más replicables, más transformadoras…

Como no tenemos una respuesta (ni buscamos una sola respuesta), de momento tenemos mucha gente de la que seguir aprendiendo: pienso en Goteo, una plataforma de financiación colectiva que va más allá de recaudar dinero: propone la colaboración distribuida y el retorno al común del saber producido mediante la utilización de licencias abiertas. En Nociones Comunes, un proyecto de formación política desde una perspectiva crítica que graba y distribuye en la Red todas las intervenciones, generando un archivo libre  documentado y que invita a visitarlo. O en Guerrilla Translation, un colectivo p2p de traducción (de inglés a español y viceversa) que crea nexos entre comunidades que no hablan el mismo idioma y comparte ideas valiosas para el procumún. También en monedas sociales locales, como la Red de Moneda Social Puma, que establecen otros criterios ajenos a lo estrictamente monetario en cuanto a intercambios se refiere. También en  Guifi.net, una red de telecomunicaciones ciudadana, libre y neutral. Y en O Monte é Noso, una comunidad de personas vinculadas al ámbito rural gallego preocupadas por la preservación y recuperación del carácter procomún de su entorno.

Tal vez si logramos cogerle el punto a estos tres fuegos: el archivo, el lenguaje y lo material hallemos caminos que nos guíen hacia modelos más sostenibles, menos precarios y más disfrutones.

Tal vez así seamos capaces de (re)ingresar juntos a un modo de aprendizaje de intercambio. Tal vez seamos más conscientes para preguntar(nos) si lo importante de todo esto son precisamente los procesos o si estos son en realidad herramientas para un mayor empoderamiento personal, autonomía colectiva y mejora de la vida en común.

Carmen Lozano Bright
@carmenlozano

Laboratorio de la palabra abierta

Carla Bosserman, Relatograma (20014)

Carla Boserman, Relatograma (20014)

Transmitir contenidos ya no puede ser el motor que legitime muchas de las instituciones culturales heredadas.  La escuela, los museos, las bibliotecas, los centros culturales tienen que reinventarse en un nuevo contexto donde encontrar contenidos no sólo es fácil y barato, sino que implica prácticas informales, tecnologías distribuidas y procesos deslocalizados.

La idea de que necesitamos una tribuna desde la que transmitir conceptos, un espacio para comunicar hallazgos, un repositorio para atesorar bienes o un lugar donde reunirnos, va camino de su obsolescencia definitiva. No es que se esté esfumando la necesidad de aprender, sino que es obvio que ahora disponemos de muchas alternativas posibles.

Todas las ciudades están experimentando el impacto de las nuevas tecnologías y el despliegue de nuevas formas de sociabilidad.  Hasta no hace mucho los asuntos de Internet eran cosa de jóvenes, de ricos y de blancos.  Parecía un fenómeno minoritario, técnico y utópico.  Todo parecía reducirse a entretenimiento y consumo: ver internet o comprar on-line, era casi todo lo que se podía hacer. Pero las cosas cambian deprisa.  La salud, las finanzas, la educación, la política, la seguridad, nuestra capacidad para relacionarnos… todo parece atravesado por la cultura digital. Lo digital dejó de ser un asunto para ingenieros y está siendo la sustancia misma con la que se hace el mundo al que pertenecemos.

Las figuras del maestro, el conservador y el bibliotecario están cambiando de forma acelerada. No es que ya no les necesitemos: el problema es que ahora les estamos pidiendo otras cosas. Todos los profesionales experimentan cambios muy parecidos. Y los procesos son más acuciantes cuanto más cercanos a la tarea de seleccionar, ordenar, empaquetar y transmitir conocimiento.

Los imaginarios de la biblioteca, explica Joaquín Rodríguez, ya no encajan en la categorías del lector  y del bibliotecario. Ni tampoco es suficiente con agregar la noción de libro. Sus funciones han venido ensanchándose para adaptarse a los nuevos tiempos y  ofrecer mejores servicios a los usuarios.  Hace tiempo que las bibliotecas ofrecen cine, exposiciones, conferencias, conciertos, representaciones y encuentros. Nada hay de extraño en estos desbordamientos. Una biblioteca siempre está en crisis porque siempre está amenazada de no ofrecer la información que sus lectores demandan. O, quizás, de no ofrecerla en los formatos requeridos. No es que la naturaleza móvil de las fronteras del conocimiento desafíe la actualidad de la institución, sino que la sociedad plantea otras demandas y/o se desvía hacia otras formas de gestionar la información.

Hoy los libros deben ser navegables, etiquetables, remezclables y trasmedializables. Siempre fue así, pero nunca antes experimentamos tal circunstancia con tanta intensidad y de forma tan generalizada. Escribir hipertextos es construir con palabras espacios navegables. Si pensar en la modernidad obligaba a saber leer, escribir y exponer en público, hoy se requiere una alfabetización que además promueva capacidades para seleccionar información, habilidades para la remezcla transmedializada, aptitudes para el trabajo distribuido y, desde luego,  recursos para el trabajo colaborativo y común.

Como le pasa a los museos, tampoco la noción de patrimonio llena el concepto de biblioteca.  Demasiado seguros de sí mismos, los repositorios de (casi) toda la genialidad humana han olvidado que hay vida más allá de los libros y sabiduría más allá de los genios, los expertos y los autores.  No basta con todo lo que se imprime, ni tampoco se imprime todo lo que se lo merece. Hay mucha sabiduría que siempre quedó oculta, como también es cierto que hay mucha cultura underground que es clave para entender lo que (nos) pasa. Y no estoy hablando de economías sumergidas o de corrupción política, sino de fenómenos tan notables como el rock, el movimiento hacker, el ecologismo, el voluntariado o Wikipedia.

No transmitir contenidos, no custodiar patrimonio, no consagrar autores, no construir un canon… Todo eso parece poco, sin que sea despreciable. ¿Y entonces?  ¿Qué pedirle a las bibliotecas?  ¿Podrían reinventarse para, como lo fueron en su origen, ser de nuevo uno de los emblemas de su (nuestro) tiempo y una infraestructura básica del espacio público?  La escuela, el museo y la biblioteca, como sucede en la Biblioteca Libre Entre Líneas, tienen que evolucionar hacia una noción de la cultura menos patrimonial y más abierta, menos vertical y más participativa, menos elitista y más urbana, menos planificada y más distribuida, menos canónica y más experimental, menos disciplinar y más emancipatoria, menos consensual y más discrepante, menos representativa de los anhelos de la clase dirigente y más sensible a la diferencia común y, en fin, menos machista, xenófoba, clasista, racializada, central, universal… Y, de verdad, todavía podría prolongar el listado. Pero no es necesario.

Abramos entonces sus puertas, pero no para que llegue la gente a beber de sus inagotables fuentes.  Abramos sus puertas y ventanas para que el afuera invada sus anaqueles, para que el rumor de la urbe vibre en sus salas.  Liberemos la biblioteca de su aburrida arrogancia, liberemos las palabras de su dueños imaginarios, introduzcamos al concierto los instrumentos bastardos, los sonidos corales, las partituras anónimas, los ruidos de la calle, los solistas comunes y el canto inaudito. Cualquiera que escuche la música experimenta emociones, sin que importe la renta, el nivel o la herencia. La música es un arte generoso, incluida la que se interpreta en edificios singulares. Los museos y las bibliotecas, sin embargo, son  instituciones exigentes: no suenan a nada, salvo que llegues con muchos años de formación y mucha disposición para el esfuerzo. La música siempre es un poco de todos, cualquiera puede experimentarla, todos podemos sentirla.  Las letras, en cambio, siempre son de otros y siempre requieren de un corrector de pruebas, de estilo, de sentido, de… autoridad.  La música podría sobrevivir  sin los expertos, los virtuosos, los críticos, los sabedores y los marchands.  ¿Y las palabras?

La palabra abierta también. La palabra que llamamos habla, la palabra no encuadernada, la palabra sin arbitraje, la palabra que no cotiza, la palabra que somos, la palabra sin autor, la palabra inaudita, la palabra lábil, la palabra bárbara, la palabra del alma, la palabra del dolor, la palabra libre,  la palabra aérea y respirada, la palabra del hambre y la palabra honda, la palabra justa y la palabra viva, la palabra mágica, como quería Joseph Freiherr von Eichendorff y ratificó Augusto Monterroso,  para que se eleve el canto el mundo.  Todas ellas están sin biblioteca.  Todas, cada una a su manera, son un gesto hacker:  el canto que buscamos consiste en hackear  los mundos del libro y del ponente, del plano del papel y del culto a la originalidad.

Una válvula (en) común

Lo que buscamos se dice pronto: fomentar una proliferación de comunidades que encuentren en la biblioteca las infraestructuras básicas para implementar su visión del mundo.  El papel de la biblioteca es el mismo de siempre: ofrecer hospitalidad y suprimir fronteras entre las ideas y la calle.  Lo que ahora  cambia es la intensidad de este compromiso en defensa del espacio público. Y este compromiso se puede desplegar a través de muchas iniciativas.  Por un lado, las heredadas desde la Ilustración que tiene que ver con el proyecto de abrir el libro, haciéndolo accesible y cercano. Nada diremos en este documento sobre la función tradicional de las bibliotecas. Por el otro, las asociadas con nuestra propuesta de abrir las palabras.

Abrir las palabras tendría que ser la nueva función que queremos para las bibliotecas en este momento que llamamos Segunda Ilustración, también caracterizado por la emergencia de nuevos actores, nuevos media y nuevas tecnologías.

Abrir las palabras equivale a empoderar a los ciudadanos con todas las prácticas, protocolos, estándares, códigos y dispositivos que les permitan hacer visibles sus propias propuestas, lo que implica apostar por un ensanchamiento sin precedentes de la esfera pública.

Abrir las palabras implica también suprimir las muchas fronteras, tan innecesarias como injustas, que hemos creado entre el mundo del autor y el del lector, entre la palabra culta y la palabra profana, entre  el mundo de la producción y el del consumo, entre los textos y las imágenes, entre los códigos y los contenidos, entre la oralidad y la textualidad.

Abrir las palabras supone hacer frente a los muchos procesos históricos de injusticia espacial y medioambiental. Muchas cosas pueden ser de otra manera y su cambio puede y debe prototiparse en abierto y en beta.  Abrimos las palabras para ensayar nuevas formas de ciudadanía y promover un dare aude! que complemente y refuerce el sensire aude! proclamado por Buffon y el posterior  sapere aude! kantiano

Abrir las palabras es hacer que vibren nuestras ciudades y rescatarlas de su deriva postpolítica para que vuelvan a ser el ámbito originario de la creatividad, la urbanidad y la libertad.

Abrir las palabras  es un proyecto que hemos reunido en un bouquet con cinco flores: bookcamping, educación expandida, neocartografías (también aquí), nuevas oralidades y taller de prototipado.

Oficina Nacional de Ciencia Ciudadana

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Ciencia ciudadana (también aquí, aquí y aquí) es ya un concepto maduro, nacido en 1995 de la pluma de Alan Irwin. Describe una constelación de actividades que comparten la necesidad de situar los problemas locales, minoritarios y marginales en el espacio del laboratorio y en el centro de la política. Se trata de asuntos mal conocidos, ya sea porque no son bastante atractivos para la comunidad científica, ya sea porque no se da valor a un sinfín de datos que las instituciones tienden a considerar colaterales, insignificantes, extravagantes o anómalos.

No todos los cuerpos reaccionan igual ante, por ejemplo, los campos electromagnéticos, las sustancias químicas, la presión laboral o la creciente complejidad del mundo que vivimos. Cada día aumenta el número de personas cuya respuesta o adaptación al entorno es atípica. Cada día crece también el número de colectivos que lamentan el poco esfuerzo que hace nuestra sociedad por comprender mejor muchos problemas de naturaleza medioambiental, urbana, sanitaria, industrial o laboral. Su número creciente impide que la sociedad pueda ignorarlos.

Las movilizaciones a que dan lugar estos asuntos están produciendo nuevas formas de ciudadanía, como también debates que deben ser más abiertos y mejor informados. No necesitamos menos ciencia, sino más actores convencidos de que nos estamos refiriendo a objetos complejos de origen multicausal y de naturaleza controvertida. La calidad de la democracia tiene mucho que ver con la calidad del debate y está claro que muchas veces más que una demostración necesitamos una verdadera negociación, un diálogo basado en información contrastada y que contemple las distintas maneras de enfocar los problemas.

La ciencia ciudadana entonces tendría por objetivo dar visibilidad a los colectivos menos agraciados por el desarrollo. Facilitaría la vertebración de los descontentos y ayudaría a dar mayor robustez a nuestra democracia. Sus trabajos estarían en la frontera de la innovación ciudadana, contribuyendo a producir nuevos estándares de vida y de justicia social. Así, la creación de una Oficina Nacional de Ciencia Ciudadana sería el instrumento para seleccionar proyectos, canalizar recursos, promover rutas de colaboración entre ciudadanos y científicos, formar actores capaces de actuar como mediadores sociales, abrir las puertas de los laboratorios a la participación y fomentar la gobernanza de la ciencia.

La solución nacional no es imprescindible. Hace unos años, por ejemplo, que la región de París puso en marcha el proyecto PICRI, Partenariats institutions-citoyens pour la recherche et l´innovation, para fomentar la colaboración entre ciudadanos y expertos, creando desde 2005 convocatorias abiertas que imponen, entre otras condiciones, la articulación de una colaboración (partenariado) entre un laboratorio público y una organización ciudadana sin menoscabo, como se explica en Sciences Citoyennes, del trabajo bien hecho y al servicio del bien común: hacer (el) bien. Tampoco son aceptados los proyectos cuya finalidad sea la promoción de cultura científica pues, contra lo que viene siendo tan dominante como cuestionable, se quiere explorar la idea de que la divulgación no es el único pacto posible entre ciencia y sociedad.

Varias décadas antes, desde la década de 1970, ya existían por todo el mundo experiencias de investigación nacidas extramuros de la Academia, cuya finalidad no era establecer nuevos hechos sino tratar de entender nuestro modo de vida y la forma de mejorarlo. Es lo que genéricamente hoy llamamos action research, participatory research y, en castellano, investigación-acción. Aunque desde tradiciones muy diferentes, debemos a John Dewey, Kurt Lewin, Paolo Freire o Ivan Ilich los primeros esfuerzos para conceptualizar los motivos que debieran conducir a los públicos, los afectados, los subordinados o los excluidos a tratar de conformar comunidades de aprendizaje que acabaran siéndolo de emprendizaje social. Este también es el origen de los science shops, nacidos en Holanda y hoy extendidos por todo el mundo, y conformados como una especie de university-based action research, donde la función que desempeñaba la administración en la región Île-de-France, es asumida de forma descentralizada por las universidades.

Hoy  el concepto de moda para hablar de todos estos movimientos es living knowledge, y lo usamos para tratar formas de conocimiento que entrelazan los imperativos de la acción con los de la investigación, las lógicas de la producción con las del cuidado y los saberes profanos con los expertos. Y sí, les llamamos vivos porque su finalidad no va más allá de la solución colaborativa y abierta de conflictos locales que pueden ser nombrados mediante experiencias situadas, palabras ordinarias, prácticas artesanales y relatos compartidos. Se llama conocimiento vivo para contrastarlo con el otro: el saber formal y/o académico, un saber muerto siempre tentado por la deriva hacia la abstracción, el desarraigo y la estandarización que, sin duda, son características tan admirables como exclusivas y excluyentes, dada su capacidad para dividir el mundo entre sabios y legos o, en otras palabras, entre saberes verdaderos y falsos. Una escisión cada día menos llevadera y más amenazante que nos obliga a pensar nuestros problemas en términos de convivialidad o, como nos sugiere Isabel Stengers y Bruno Latour, de forma cospomolítica, es decir admitiendo el pluralismo epistémico como un activo y no como algo que debe ser corregido mediante los aparatos disciplinarios del estado en la escuela, el museo, el hospital o la cárcel.

Hay mucho conocimiento invisible y necesario entre los campesinos, los trabajadores, los indígenas o los enfermos. Junto a ellos, a partir de anhelos no satisfechos y en respuesta a injusticias más o menos ocultas, emergen todos los días colectivos dispuestos a hacerse escuchar. Y la red ha contribuido a dar visibilidad a estos colectivos o, como se les llama en la jerga de la Unión Europea, civic society organizations (CSO). Sin necesidad de ser tecnoentusiastas (personas que con la fe del e-carbonero confían en que todas las respuestas estén en Internet), se puede afirmar que ahora no es tan difícil ni costoso reunir cuerpos dispersos. Disponemos de muchos ejemplos convincentes. Tantos que ya son pocos los que discuten la emergencia de una nueva esfera pública alrededor de una pluralidad diversa, distribuida y heterogénea de procesos de empoderamiento ciudadano.

Son muchos los que han proliferado al abrigo de la cultura digital. Entre ellos es obligado citar a los hackers, los wikipedianos, los movimientos a favor de los bancos de semillas libres, los makers y toda esa proliferación de nuevos espacios para el conocimiento ciudadano que configuran la constelación de science shops, living labs, city labs, medialabs, huertos urbanos, hackersspaces, fablabs o makerspaces. Hablamos entonces de miles de espacios que conforman un tercer sector del conocimiento, ni público ni privado, que está explorando formas alternativas de producir, usar y comunicar el conocimiento. Nos referimos a un saber que, como insistentemente explicaba Fals-Borda, siendo pobre no es de peor calidad y que no sólo está comprometido con la democratización del conocimiento, sino que no desdeña los saberes locales, los efectos colaterales o las necesidades de las minorías.

El tercer sector del conocimiento cuestiona las rígidas divisiones disciplinarias, niega la impuesta escisión entre legos y expertos, critica que el conocimiento sea una empresa basada individual, minimiza la función autorial, discute la arrogancia de quienes entronizan la objetividad, promueve los saberes al servicio de la comunidad y, en fin, trabaja a favor del despliegue de la inteligencia colectiva y promueve los encuentros que confían en la coproducción del saber. El tercer sector entonces recupera los imaginarios que siempre vieron en la ciencia un bien común.

Antonio Lafuente y Daniel Lombraña

Aprendizajes situados y prácticas procomunales

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Fotografía de Antelmo Villareal

La educación es normalizada, jerárquica y homogénea, mientras que el aprendizaje siempre es encarnado, situado y local. La educación evoca los imperativos de la evaluación, la disciplina y el manual. El aprendizaje, sin embargo, hay que escribirlo en plural (educación vs. aprendizajes), hay que pensarlo como emergente (horizontal vs. distribuido) y hay que vivirlo como algo concreto (planes vs. prácticas).

Nuestro trabajo se propone mostrar, mediante el análisis de unos cuantos casos representativos, cómo cambia la imagen de la educación cuando la miramos desde la perspectiva del procomún. El procomún es un concepto que abre nuestra inteligencia a distintas formas de gestión de los recursos compartidos. Cuando lo referimos a procesos de aprendizaje evocamos prácticas que son extramuros, conductas que son horizontales, organizaciones que son abiertas, estructuras que son recursivas y conocimientos que son inalienables. Y los casos que hemos tratado en el artículo harán evidentes estas diferencias y su relevancia para el mundo que habitamos. También queremos subrayar su peculiar relación con las nuevas tecnologías, pues obviamente no todo lo que se ha escrito sobre la escuela 2.0 es sinónimo de procomún.

Nuestro propósito, en fin, es convertir la noción de procomún en un área de pruebas, una ámbito experimental, una zona en obras que nos ayude a entender la importancia regenerativa que para la educación tienen las estructuras informales, las prácticas extitucionales, la cultura p2p, las conductas DIY, las propuestas hackers, los entornos colaborativos y las comunidades emergentes. La educación siempre estuvo en manos de los profetas del tecnoadvenimiento. Y, otra vez, los dueños del manual, los gestores del Moodle, los vendedores de pizarras digitales, los duchos del Prezi y los apóstoles del PLE quieren convencernos de que la educación es cosa de artefactos, códigos y apariencias. Sabemos que no es verdad, sobran estudios que lo argumentan, pero otra vez vamos a llenar las aulas con una maquinara que sirvió para imaginar un futuro que ya se quedó atrás hace unos años. Quienes así actúan apuestan por el pasado y están destinados a la obsolescencia programada. Y lo que vale para los artilugios también sirve para los palabros. ¿Qué tienen que ver el do it yourself o ese hazlo tú mismo, el remix o remezcla, lo beta o imperfecto y el p2p o intercambio entre pares con la educación?

Podríamos decir que son los nuevos mantras que la cultura digital ha legitimado como formas de aprendizaje informal que, además de válidas, son especialmente valiosas. Se puede aprender desde los márgenes. Es verdad. Pero, reconozcámoslo, estas formas de aprender no son nuevas. Al contrario, son propias del ser humano. Lo novedoso es que hasta ahora se escondían en los márgenes, en la periferia del sistema educativo, ya fuera porque lo que se aprendía no tenía cabida en lo formal, ya fuera porque lo formal no colmaba el anhelo de los aprendices. En fin, lo cierto es que en Internet lo que siempre fue marginal (la copia, la peña, el remiendo y el aficionado) se hace ahora visible con la dignidad de lo auténtico. Y es que copiar, mezclar, reciclar, reusar son actividades que demandan capacidad para elegir y, en consecuencia, implican una formación previa. Y, desde luego, una comunidad capaz de contrastar, movilizar y acumular un fondo común de saberes accesibles y prácticos.

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Antonio Lafuente
Investigador del Instituto de Historia (CSIC)
@alafuente