De la taylorización a la tallerización de la cultura

The choreography of labor: TsIT cyclograph testing motive efficiency

Taylorizar un proyecto supone desagregarlo en tantas partes como se pueda y, a continuación, asignarles una posición en una cadena de eventos sucesivos y, en paralelo, en otra cadena de valor. Así, cada fragmento tiene su jerarquía, su responsable  y su momento en una cadena de producción y reproducción. Taylorizar es poner a cada quien en su sitio y crear un sitio para cada uno. La finalidad de todo es mejorar la eficiencia del sistema y aprovechar mejor los tiempos. Nada importan las habilidades de los integrantes de la cadena, porque al ser desagregadas las funciones, basta con que cumplas la que se te asignó. Nada es híbrido (mezcla de culturas), aleatorio (dejado a la improvisación) o subóptimo (abierto a la adaptación). Todo debe encajar en una cadena de causas-efectos que funcione sin fricciones, sin tuneos, sin equivocaciones. Todo debe situarse en el nivel de máxima operatividad.

La taylorización crea especialistas programados, roles fijos, bordes vigilados,  diseños propietarios, prácticas sumisas y culturas cerradas. En las antípodas de la taylorización están las iniciativas hacker, los arreglos  del bricoleur, los prototipos abiertos, los colectivos amateurs, los hábitos populares y todas esas formas de codificar el conocimiento compartido que implican trucos, artimañas e improvisaciones. Los espacios DIYlos movimientos tácticos, los proyectos makers o los colectivos de  amantes de las plantas, la cocina el pachtwork, todos en su conjunto, encarnan y movilizan una cultura que quiere ser distinta. Una cultura que es contrahegemónica y que reclama el apelativo de radical.

Contrahegemónica y radical, pero no necesariamente izquierdista. Capaz de visualizar otro mundo posible, pero crítica con la idea de que la división en clases puedan explicar todos los conflictos que enfrentamos. Radical porque apunta en todas las direcciones y contra todas las dicotomías que crean falsos e innecesarios lugares de paso entre fronteras imaginarias. Radical porque las escisiones entre antiguo y moderno, entre funcional y obsoleto, entre viejo y joven o entre pasado y futuro son tan artificiales como interesadas al servicio de un mundo que ve rémoras en todo lo que no puede instrumentalizar sin descanso. Y junto a las mencionadas formas de territorializar el tiempo, también hay otras maneras de habitar la urbe que conducen a negar la pertinencia de esas dicotomías que quieren una tensión extrema entre privado y publico, entre tecnología y artesanía, entre amateur y profesional o entre producción y reproducción. Combatir estos cerramientos de la inteligencia y de la vida es apostar por lo radical, sin necesidad de ser izquierdista, sin necesidad de poner todos los huevos en la misma cesta o, en otras palabras, siendo un poco más postmoderno y un poco menos universal.

Hay que distinguir entre taylorización y granularización. Descomponer los proyectos en partes es dotar su despliegue de hitos intermedios que alcanzar. Hay mucha sabiduría en construir los proyectos para que una secuencia de pequeñas metas intermedias estimulen su continuidad, aprovechando así esa condición evolutiva del cerebro que premia estas sencillas victorias con descargas de endorfina. Granular, entonces, es una estrategia que sitúa a los actores en primer plano, tanto porque es una manera de hacer su trabajo más agradable y fértil, como también porque es una garantía de hospitalidad hacia quienes puedan interesarse en lo que hacemos. La descomposición en fragmentos de los proyectos favorece la incorporación de interesados, tanto los que tienen mucho tiempo, como los que apenas pueden distraer algún rato esporádico e intermitente. Los proyectos granulares crean espacios comunes, los taylorizados destruyen la comunidad. La taylorización es un gesto vertical, autoritario, arrogante y cerrado: antepone el rendimiento, niega la participación, ningunea las “otras“ destrezas del trabajador y es, en consecuencia, doblemente alienante, pues separa al trabajador del fruto de su trabajo y además lo separa también de sus habilidades cognitivas.

La taylorización del trabajo favorece su mercantilización y nos convierte a todos en prescindibles, contingentes y dóciles. Es la autopista que desemboca en la precarización. Es la estructura que confunde las organizaciones con su organigrama y que hace del trabajador un siervo de la máquina. Taylorizar la cultura es transformarla en información para que luego el mercado la convierta en un recurso. Y aquí toca, ojalá no lo haga demasiado pronto, preguntarse quién gana y quién pierde cada vez que se movilizan tales dispositivos. Si te toca el lado malo de la ecuación nunca encuentras respuestas bastante satisfactorias. Si estás en el otro, no deberías descansar en paz. Por eso necesitamos más conceptos para incluir en el repertorio de instrumentos con los que entender y cambiar el mundo. Tenemos que aprender a trabajar en el modo taller.

Tallerizar la cultura o la educación implica sospechar de todos los intentos de descomponer la vida del aula en tramos, niveles, objetivos, pruebas y calificaciones. También supone discutir la división por disciplinas, áreas, asignaturas o saberes. Y, desde luego, contrabandear esas fronteras que quieren separar lo formal de lo informal, lo académico de lo urbano, lo objetivo de lo político, lo tecnológico de lo artesanal y lo cultural de lo científico.  Ningún estudio creíble que se haya acercado lo suficiente a estas divisorias ha dejado de explicarnos las muchas formas de atravesarlas, especialmente por todas las gentes que son sus vecinos y las padecen.  Tallerizar la educación, entonces, implica apostar por otros modos de hacer que minimizan la distancia entre el que enseña y el que aprende, entre lo que llamamos saber y lo que entendemos por hacer, entre ser original y un buen DJ, entre producir y compartir, entre argumentar y visualizar. El taller parece el instrumento adecuado  para el despliegue del design thinking o, en otros términos,  para transitar desde las palabras a los actos, lo que es tanto como decir que se configura como un recurso óptimo para promover una cultura socialmente colaborativa, jurídicamente abierta, políticamente radical y epistémicamente plural. Sí, tallerizar la educación es una forma de hackearla.

Hemos confiado tanto en el seminario, el simposium o el congreso que nos sorprende su larga estirpe y su rápido envejecimiento. Es inevitable que acaben siendo expresión genuina de una cultura elitista y aburrida. El taller, el festival y la unconference siguen creciendo como formas más abiertas y practicables de intercambio de experiencias y conocimientos. No se trata de cambiar de palabras, sino de culturas. Ya nadie quiere escuchar brillantes peroratas. No se trata de mezclarse con las más listos, sino de inaugurar otros procesos. No tiene más mérito quien más sabe, sino quien más (se) ofrece. No se trata de alumbrar, desvelar o revelar nada, sino de escucharnos, compartirnos y cuidarnos. El mérito no es de quien firma primero, sino de quien cuida mejor. Y cuidar es hacer cosas juntos. ¿Es el taller el nuevo espacio que necesitamos?  ¿Será el taller el lugar de la crítica?

La cultura debe ser crítica. La cultura debe resistir cualquier precipitación y estar atenta a los muchos intentos de simplificación. Ser crítico implica no resignarse a los modelos reduccionistas. Ser culto no es saber hacer cosas. No basta con disponer de un catálogo de recetas a partir de las cuales resolver (nuestros) problemas. La cultura no sólo debe ser funcional. Mejor que lo sea, pero no es suficiente.  Para ser culto no basta con mapear los problemas, los territorios o los conflictos de forma verosímil, contrastada y normalizada. Ser culto no es lo mismo que ser un científico. Una cultura es crítica cuando sabe medir las consecuencias de las cosas. Una persona culta sabe ver la cara oculta de la Luna. No se conforma con los logros, también quiere calibrar los daños colaterales. Una persona culta sabe que es imposible iluminar ningún objeto sin crear una sombra. Una persona crítica sabe que en la sombra se acumula mucho dolor, mucha exclusión y mucha mentira que se ha creado con el mismo gesto que buscaba la felicidad, la democracia y la justicia. No hay una sin la otra y, por tanto, no hay cultura sin contracultura.

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Aprendizajes según el formato taller

El taller tiene sus monstruos: el imperativo del tallerismo y el mal de la talleritis. Hace poco padecí esa deriva que impone un solo modo de compartir conocimiento: el tallerismo. El tallerismo se explica fácil. Consiste en admitir que al aula se va a diseñar, discutir, compartir o remezclar recetas. Todo lo que no cabe en una receta es especulativo, discursivo, unidireccional y antiguo. Hay que hablar de cosas prácticas, rápidas, replicables y divertidas. Sin una presentación en pantalla, un paquete de post-it de colores, un momento de trabajo en corro y algún contraste de criterios dramatizado; los contenidos quedarán obsoletos, sus aulas estarán varadas y los profes perderán el derecho a ciudad. Educar no es enseñar, sino aprender juntos. Y aprender podría convertirse en acumular destrezas: herborizar plantas, tocar el piano, remezclar contenidos, recodificar algoritmos, narrar historias y recorrer el mundo.  Bonito sueño, y necesario.

Recapitulemos un instante. En el modo taller, el profe ya no se auto imagina como docente, sino como facilitador, mediador, entrenador, acompañante,… Un coach, dicen en las escuelas de negocios. Para dar un seminario hay que saber mucho del tema, pero para activar un taller se requieren otras habilidades, como las de ser versátil, ocurrente y sociable, como también no exagerar en el rigor, no exhibir erudición, no enredarse en virtuosismos dialécticos o no exigir demasiadas lecturas. Alguien que da talleres, el tallerista, opera como una especie de pegamento social y es el artista de la socialidad. Según cómo lo miremos, dependiendo de desde dónde lo consideremos, el tallerista podría ser un actor imprescindible, siempre atento al cuidado de los afectos y los efectos que se movilizan en el espacio del taller. Si el auditorio ya es social enterteiment, el taller podría devenir en terapia social. En el taller hacemos cosas, pero sobre todo las hacemos juntos y eso parece calmar la ansiedad de muchos. Me parece que no es suficiente y que algo falta. ¿Falta algo?

En el modelo taller se lee poco y con prisa. Se discute menos de lo que se habla. El objetivo no es problematizar nuestros conceptos, nuestras prácticas, nuestros códigos o nuestras tecnologías. El objetivo es apropiarlos rápido y convertirlos en un tutorial. Siempre hay mucha documentación. Todo se debe registrar y subir a la red. El esfuerzo documental es admirable y enseña el camino hacia una cultura más abierta y participativa. Siempre hay plétora de fotos, vídeos, dibujos, mapas mentales y demás manualidades. En un taller siempre hay tiempo para crear, procesar y postproducir resultados. Todos hacen de todo. No hay división especializada del trabajo. Hay un precio que pagar por todo ello, pues el modo taller consume mucho tiempo  y, en consecuencia, los procesos que inaugura deben ser concentrados y cortos. En fin, que no hay tiempo para lo tentativo, lo incierto o lo imperfecto.

En su forma más paródica, los talleres son un espacio de adocenamiento donde se forma gente obediente y conformista: exploradores de salón y no de campo, cocineros de domingo y no de diario, redactores de críticas y no lectores. Decantar una receta supone implementar prácticas trasladables entre distintos ámbitos del saber, pues implica contrastar experiencias, consensuar términos o trabajar colaborativamente. Pero asomarse a las sombras exige un compromiso de mayores riesgos como, por ejemplo, aceptar que la verdad seguramente estará muy repartida y que todos, incluso los que creen tener razón, deben renunciar a imponerla. No se trata de convencer, sino de convivir: hacer posible la vida en común.  El gesto crítico implica escuchar puntos de vista muy diferentes y, huyendo del consenso que siempre fue la forma en la que las mayorías se impusieron a las minorías, construir narrativas que no sean alérgicas a lo  frágil, lo contradictorio, lo dividido y, en fin, lo plural. Ser crítico es crear mecanismos que eviten la producción de más excluidos, más minorías, más periferias, más invisibles,… los muchos afueras con los que convivimos.

Si la taylorización nos hizo eficientes y alienados, la tallerización podría hacernos funcionales y estúpidos. Y a esa nueva enfermedad podríamos llamarla talleritis. La padece gente que ya no confía en las tradiciones dialógicas y que huye de las tensiones, los intersticios y las sombras.

Antonio Lafuente
@alafuente

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amateur, activista y hacker: tres formas de estar en ciencia

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Ryne Poelker, Out of the Closets, Into the Occupation, 2011. In Our Words. Salon for Queers & Co.

Hace un  par de décadas los estudiosos de la ciencia como objeto dedicamos la mayor parte de nuestro esfuerzo a explicar que las relaciones entre ciencia y sociedad eran intensas, cotidianas y bidireccionales. Todavía se gastaba mucho tiempo en distinguir entre argumentos internalistas y externalistas, siendo  los segundos propios de intelectuales que, según los primeros, exageraban la importancia del contexto y cuestionaban la vigencia de esa línea imaginaria que separaba la academia de su afuera. Los más beatos de la ciencia necesitaban creer que esta frontera era estricta y que estaba severamente vigilada y defendida. Los más críticos, sin embargo, nunca dejaron de argumentar que era imposible entender lo que ocurría en un laboratorio sin profundizar en la muchas mediaciones necesarias para que hubiera libros en los anaqueles, reactivos en las probetas, instrumentos en la sala, becarios en las bancadas, conceptos en los papers y datos en el servidor.  Popper perdía la paciencia con tanta historia sobre la prioridad de los descubrimientos, el fraude en los resultados,  los secretos en los contratos, las corruptelas en las atribuciones o los fallos en los arbitrajes. Tanto le irritaba, que llegó a calificar a los sociólogos de gentes que buscaban en el estercolero de la historia los argumentos con los que construir su responso por la ciencia. Fue un desencuentro muy sonado, e innecesario.


El retorno de los amateurs

Sabemos que para entender la empresa del conocimiento, el científico incluido, no basta con problematizar las nociones de política científica, descubrimiento individual  o publicación de resultados. No basta con meter en la probeta los valores y los conflictos, además de los reactivos y los conceptos. No basta con hacer mejor sociología de la ciencia.  Necesitamos también incluir todos los actores presentes en la escena del conocimiento. Los historiadores han construido un relato donde los personajes que cuentan desempeñan una actividad ante todo mental, un práctica  entre profesionales y un trabajo formal. Pero cada día entendemos mejor cómo dicho  cuadro se hace para satisfacer los prejuicios de quienes lo pintaron que los hechos documentados.

Cristal Palace. Exposición Universal Londres (1862)

Hoy sabemos que el enorme esfuerzo dedicado a construir esta dualidad que escinde el ámbito del saber entre profesionales y amateurs se acerca a su fecha de caducidad. Dividir el mundo entre los que saben y los que no saben es una simplificación insostenible. Nadie acepta ya una política de comunicación de la ciencia (del conocimiento, en general) basada en el modelo del déficit.  Y, desde luego, ha sido un obstáculo principal para comprender lo que hizo posible la ciencia.  Incluir a los amateur en la escena del conocimiento, como también a las mujeres o a los criollos, no sólo es una cuestión de rigor historiográfico, sino también un deber de justicia social. Hoy decimos que la inclusión de sus respectivas miradas sobre el entorno, social o natural, impuso verdaderos procesos de modernización epistémica. Hay mucha literatura desde la que argumentar que una parte significativa de la ciencia moderna sólo fue posible por su habilidad para atraer nuevos públicos que actuaron como cómplices antes que como espectadores. Pero hay más. Cada mirada nueva que se incorpora supone una ensanchamiento del espacio púbico y una oportunidad para hacerlo más inclusivo y hospitalario. Esto significa que la ciencia moderna es incomprensible si no la miramos como un proyecto público, urbano y popular antes que como una empresa exclusiva, palaciega y elitista.

Para hablar de la ciencia es imprescindible hablar de sus públicos y, desde luego, de sus amantes. Los amateurs de la ciencia forman parte del largo séquito de los perdedores de la modernidad. Tanto que de estar por todas partes en los siglos XVII y XVIII, pasaron a ser tratados como diletantes, intrusos y hasta de criminales. Hoy, sin embargo, estamos asistiendo a un renacimiento de las culturas amateur. No es sólo que reconozcamos la naturaleza informal de la mayor parte de los que sabemos, sino que los necesitamos para remontar las crisis de la representación,  la que encarnan los políticos (los electos) y la que encarnan los expertos (los selectos).  Abundan los textos que glosan las excelencias del crowdsourcing y que nos animan a pensar que sin incorporar la inteligencia de las masas, el saber profano, nuestro mundo no encontrará soluciones sostenibles para los problemas que enfrenta.


La vecindad con el activismo científico

Nada explica mejor el éxito de la ciencia que su ubicuidad. Hoy se habla de pesticidas en los mercados, de cambio climático en las playas, de dopaje en los cafés, de alergias en la peluquería y de espionaje electrónico en los aeropuertos.  Nuestra vida ordinaria está atravesada por un sinfín de sustancias, radiaciones, códigos y dispositivos que cada vez nos cuesta más ignorar.  No sólo nos modulan, sino que a veces nos determinan. Todos conocemos ya a gentes con alergias severas, con padecimientos crónicos, con adicciones feroces y con movilidades disminuidas.  Ya no sabemos lo que significa ser normal. Ser  normal es cada vez más raro. Los objetos de laboratorio son asuntos de la incumbencia de los científicos hasta que desbordan sus paredes y andan sueltos por las plazas, los juzgados, los platós y los parlamentos. No son pocos, ni banales. Que si la lluvia ácida o las vacas locas, que si los disruptores endocrinos o el anisaquis, que si el maíz terminator, el agua fluorada, la gripe aviar, la salud de las abejas, el humo de tabaco, los tornados de Oklahoma y las tormentas solares. Todo lo esperamos de la ciencia, pero no siempre nos llega como maná: a veces, toma la forma de una pesadilla.  Lo saben los herederos de Sócrates, Franskestein y Oppenheimer.

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BioDiversity is Life

La cuestión es que la ciencia anda en boca de todos. No hay contradicción en que la tengamos como panacea para todos los males y que, simultáneamente, la percibamos a veces como una amenaza. Hay abundante documentación sobre los muchos abusos de que es objeto. Algunos científicos trabajan para grandes corporaciones y privilegian los intereses particulares a los generales. También sobran ejemplos de gentes, bien o mal intencionadas, que anteponen sus convicciones personales (ideológicas, morales o religiosas) mientras aparentan un compromiso con la ciencia.  Los partidarios del diseño inteligente o los defensores de la Deep Ecology, por sólo citar un par de ejemplos, dejaron de escuchar a los trabajadores de la prueba, como felizmente llamó Bachelar, a la inmensa mayoría de los científicos que nunca ganarán un Nobel ni darán su nombre a un teorema.

No puede sorprendernos que regrese con fuerza el activismo científico.  Falsadas o falseadas, hay muchas amenazas que mueven a los ciudadanos a convertirse en activistas. Numerosos científicos se quejan también de que sus criterios contrastados nunca llegan a las leyes y de que siempre son troquelados en los momentos decisivos: ahora tienen la oportunidad de abrir un blog o de encontrar en las redes sociales a otros colegas que quieran militar por su causa. Tenemos ejemplos de activismo para todos los gustos. Baste un botón de muestra: sabemos que se manipularon los datos sobre los efectos del humo de tabaco para proteger a las grandes tabaqueras, como también que fueron adulterados por alguna ONG para provocar un vuelco de la población a favor de la causa antitabaquista. Algunos escándalos en los debates sobre el cambio climático, el llamado ClimateGate y el no menos bochornoso FakeGate también pertenecen a este capítulo lamentable de las controversias tecnopolíticas o cientocráticas. El activismo no es contrario a la objetividad, pero muchas formas de militancia han sido más leales a los fines que a los medios.  La consecuencia es que los científicos que han tomado esta deriva, además de arruinar su reputación, han empantanado también la propia ciencia, una empresa demasiado vulnerable frente los acosos de los grandes lobbies, empresariales, políticos o religiosos.

No más concesiones. Hay muchos ejemplos que dignifican el papel de los activistas. Con independencia de la radicalidad de sus manifestaciones públicas, todos marcharían bajo la bandera del “Nada sobre nosotros, sin nosotros”. Y ese nosotros incluye cualquier forma de discapacidad, desde los pacientes crónicos a todos los que viven sus desplazamiento como una carrera de obstáculos.  A mí los ejemplos que más me gustan, lo admito, se nombran rápido: la movilización de los enfermos del SIDA, el empoderamiento de las electrosensibles, las luchas contra el cáncer de mama, las acciones globales en defensa de las ballenas y la rebelión de los enfermos metales. Aunque muy distintos entre sí, todos tienen en común que lograr disputarle a los expertos el monopolio sobre el discurso científico.


La llegada de los hackers

Quienes lucharon por la democratización del expertise (peritaje, evaluación) nunca imaginaron que llegaría nada comparable al movimiento hacker.  Originariamente eran unos cuantos programadores que se negaron a permitir que una empresa pudiera patentar el código, algo que para ellos era tan absurdo como privatizar las leyes de Newton, los teoremas matemáticos o el genoma humano. No se pueden reclamar derechos sobre los descubrimientos, incluidos los anónimos, como es el caso de la lengua, el folklore o las semillas. Todos son bienes heredados que debemos legar intactos a nuestros hijos. Inicialmente la resistencia era para defender el conocimiento de su apropiación corporativa. Pero no tardaron en mostrarse ecos en muchos ámbitos del saber. Wikipedia, por ejemplo, es un hermoso ejemplo de cómo preservar el conocimiento para todos y, lo mejor, entre todos.

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Hackerspaces, Tokyo

La cultura hacker pronto resonó con la cultura punk. Ambas daban forma a los anhelos anticonsumistas, antimonopolistas y antielitistas. Ambas representaban una apuesta por la cultura del DIY, las formas cooperativas, las prácticas de garaje y la innovación maker.  Hace ya cinco décadas que su presencia no deja de contagiar el mundo de los negocios, la política y la  ciencia.  Las nociones de software libre, open accesscreative commons son tan conocidas como el navegador Firefox y el milagro de Wikipedia. Y es que las culturas hacker adoptan muchas formas, desde las que se concentran en la tarea de hacer accesible el conocimiento a las que luchan por liberarlo y, entre medias, todos las actitudes que se resisten a creer que las cosas son lo que son y nada más.  Ningún hacker termina su perorata afirmando eso tan común en nuestros días del “Es lo que hay”. Son hackers quienes desmontan un coche para tunearlo o quienes hacer una remezcla de sonidos que busca otras armonías y diferentes maneras de compartirlas;  también pertenecen a esta plural tribu quienes comparten el coche para ir a trabajo, luchan a favor de la agricultura de proximidad, niegan el derecho a la propiedad intelectual sobre test genéticos diferenciales y no le hacen ascos a la cultura del remiendo, el reúso, la reparación y el reciclado. En sus formas más blandas los hackers disfrutan haciendo las cosas con sus propias manos, mientras que su rostro más duro se manifiesta cuando hacen públicos documentos que prueban que necesitamos otras formas de gobernanza menos cínicas y mayor trasparencia en la vida pública y empresarial.

Los hackers disfrutan maliciosamente cuando argumentan que la ciencia moderna siempre fue hacker: libre, abierta, pública, accesible, autogestionaria, desinteresada, horizontal y cosmopolita. No es necesario estar de acuerdo al cien por cien con estos calificativos para reconocer que hay algo de paradigmático, virtuoso y urgente en la cultura hacker. Su presencia en los grandes debates de nuestro mundo estaría más que justificada por recordarnos que las cosas podrían ser de otro modo. Pero hay más. Lo mejor, sin embargo, es que los hackers no son el último rostro del buenismo, sino que son excelentes ingenieros, campesinos esforzados, gestores transparentes, críticos honestos, investigadores militantes, mecánicos divertidos y artesanos honrados.  La cultura hackers no es un asunto de artilugios, asaltos y penumbras, sino una deriva que reclama lo humano, lo colaborativo y lo abierto.