Deshacer internet

La descentralización es una característica fundamental de internet que asegura su operación satisfactoria mientras crece, incluso mientras fallan algunas de sus partes. Uno de los pioneros de internet, Paul Baran, estimó que una red con arquitectura descentralizada tiene una probabilidad alta de persistir a pesar de la desaparición de uno o más de sus elementos. Al retirar uno o más de los nodos de la red, aún es posible comunicar entre sí a la mayoría de sus participantes. En una arquitectura centralizada, basta con retirar el elemento principal, al que la mayoría está conectada, para que toda la red deje de funcionar.

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“Deshacer internet” consiste justamente en ir en contra de esa característica, consiste en centralizar, en aglutinar conocimiento sin compartir, en cortar vínculos con el resto de internet, por ejemplo:

  1. La aglutinación del conocimiento liderada por la industria del copyright (la del cine, la música, y los libros, etc).
  2. El monitoreo excesivo por parte de empresas y gobiernos que desemboca en vigilancia masiva a ciudadanos y ciudadanas de la red.
  3. La centralización de servicios que, a la larga, sesgan la manera en la que accedemos a la información, como la realizada principalmente por los gigantes de las redes sociales y motores de búsqueda.

 Vamos a revisar con detalle cada una de esas prácticas.

La aglutinación del conocimiento

En 1998 un joven estudiante norteamericano inició una revolución digital sin saberlo. Shawn Fanning escribió en el dormitorio de su universidad un programa para compartir archivos de música con sus amigos, Napster. Este programa se popularizó gracias a su forma peculiar de democratizar el acceso a la música mediante una red descentralizada y colaborativa.

En poco tiempo, Napster se convirtió en una enorme red de intercambio de archivos. Una red dentro de internet con cientos de miles de participantes. Y por sí sola sirvió para motivar a millones de personas a entrar a esa nueva red: ya no solo era una red para leer páginas web, era una red para colaborar. Esto cambió profundamente el destino de internet.

Eventualmente Napster murió en los juzgados. La industria del copyright comenzó a presionar desde distintos frentes para tapar esa “fuga” de información. Quería detener la copia y distribución de música fuera de los canales oficiales basados en formatos físicos como el CD. Si bien Napster desapareció, su ejemplo prevaleció, su mayor aportación fue un modelo de colaboración descentralizada que arrancó la era de las redes P2P (peer-to-peer) para intercambiar archivos.

Una incontable cantidad de clones surgieron después de Napster:  Kazaa, Audiogalaxy, Gnutella, eMule,… Mientras tanto otro joven programador aficionado a las matemáticas creó una forma aún más descentralizada (independiente y eficiente) de distribuir archivos en la red. Concibió una forma impetuosa, torrente, de copiar bits de forma colaborativa, una forma que llamó BitTorrent que hoy en día sigue dominado el tráfico de internet.

La industria del copyright lleva más de una década intentando detener la distribución de lo que llama “piratería”. Lo cierto es que consigue lo contrario. A nombre de los artistas y la propiedad intelectual, promueve prácticas de vigilancia y una policía del copyright en internet. En vez de adaptarse a los nuevos tiempos promoviendo la innovación de su modelo de negocio, quiere perpetuarlo, pero es antinatural. Javier de la Cueva explica muy bien este fenómeno:

Por su parte, las redes de intercambio de archivos son tan parte de internet como las arterias lo son del cuerpo humano. Son la mejor manera de distribuir información y solo desaparecerán cuando surjan otras más seguras y eficientes.

La industria del copyright pretende aglutinar el conocimiento mientras que las comunidades en internet lo distribuyen. La primera quiere cerrar la vías de acceso centralizándolas, mientras que las segundas siempre encuentran caminos nuevos. Por su parte la música, el cine y las diferentes manifestaciones de la cultura siguen vivas, re-haciéndose o re-mezclándose en canales sociales, desde los más populares como YouTube, hasta los más subterráneos como 4chan. En paralelo, empresas como Spotify o Apple aprovechan las circunstancias para generar modelos de negocio adecuados (es discutible si son justos) a las nuevas dinámicas sociales surgidas de la red: acceso a la cultura todo el tiempo, y en todo lugar.

La cultura debe ser cultura libre. Lo que no excluye la idea de negocio, solo se trata de distribuir mejor lo que, de hecho, fue creado con la cultura de todos.

La vigilancia masiva

La industria del copyright inventó, en aras de proteger sus bienes culturales, formas legales de vigilancia. En Francia fue la ley Hadopi. En España la ley Sinde. En EE.UU. han sido las propuestas de SOPA, CISPA, ACTA,… entre otras armas legales vienen en camino que suponen, entre otras cosas, la creación de una policía de la propiedad intelectual, y, de fondo, un estado de vigilancia desde la red.

La vigilancia masiva no es un asunto nuevo en telecomunicaciones. Los antecedentes están bien documentados. Lo nuevo son las herramientas de vigilancia que arremeten con nueva fuerza contra todos los ciudadanos del mundo. Por mencionar algo, las nuevas tecnologías de vigilancia están implícitas en prácticamente todas las redes sociales.

Facebook, por ejemplo, solicita, almacena y procesa información personal de más de mil millones de personas. Con esa información aprovecha nuevas técnicas de predicción basadas en inteligencia artificial para propósitos publicitarios.

Ni qué decir de Google. Sus algoritmos de aprendizaje automático  avanzan incesantes recogiendo todo lo que encuentran a su paso. Aprenden nuestros comportamientos de navegación. Saben cómo buscamos, lo que buscamos, y hasta predicen lo que vamos a buscar. A cambio generan un entorno de vigilancia implícita o de rastreo digital que también tiene fines publicitarios.

Es muy difícil no dejar rastros en la web. Tienen que ser utilizadas otras redes para ser invisibles a la vigilancia de las empresas publicitarias y de los gobiernos que quieren echar un vistazo a nuestro anonimato y privacidad. Los partidarios de la libertad de la red sugieren navegar a través redes cifradas como TOR; usar monedas digitales anónimas, más allá de los bancos, como Bitcoin; comunicarse con software especial como Cryptocat u OTR. A esto le llaman deep web o web profunda. Hoy es cosa de personas con conocimientos técnicos especializados, como otrora era exigido para quienes querían modificar imágenes, remezclar música o vídeo, o navegar por la web sin publicidad. Hoy esto es cosa de techies, y no tardará mucho en ser cosa de todos.

La vigilancia masiva es un cáncer que deshace internet. Coloca en el centro el poder de un estado o una empresa, como si de una novela distópica se tratase.

 

La centralización excesiva de servicios

Si internet es una red descentralizada, aquello que centralice de forma excesiva sus servicios deshace internet.

Google comenzó como un buscador web muy eficiente y, poco a poco, avanza hacia el control mayoritario de la red.  Ahora es la máquina más sofisticada de anuncios publicitarios, que logra su cometido agregando más y más servicios: correos electrónicos, documentos, automóviles, teléfonos móviles, robótica, vídeos. Google avanza a lo largo y ancho de la red. En sus filas están las mentes más letradas de todas las ciencias de la computación y el marketing, y cada día perfeccionan la maquinaria que vigila y aglutina grandes porciones de la red. El resultado es una burbuja de la realidad que su algoritmos crean para nosotros en cada búsqueda que hacemos, con cada página que visitamos.

Facebook por su parte es una extensa muralla azul dentro de internet. Todo lo que existe en su interior (incluso las fotos de las últimas vacaciones que compartimos con los amigos) pertenece a un club privado (aunque expuesto a lo público), todo para propósitos publicitarios. Facebook crece desmedidamente tejiendo una red no-libre y una sola visión del mundo.

Por diseño, internet permite la transmisión de información de manera equitativa, sin preferencias, donde una persona tiene el mismo derecho de paso que una empresa gigante. Este es el principio de neutralidad. Hacer lo contrario es deshacer internet. Cuando el principio de neutralidad se rompe, los usuarios de internet ven limitadas sus opciones. Esto es como pagar por energía eléctrica y, sin embargo, tener limitaciones en el tipo de dispositivos que conectamos a ella.

La centralización de servicios en la red, daña internet. Como la fuerza magnética de un planeta de grandes proporciones, una empresa de internet es capaz de atraer a cada vez más usuarios. Por eso es necesario tener espacio para los más pequeños, que existan condiciones equitativas para el surgimiento de otros servicios, donde todas las voces estén disponibles, para que las alternativas y la innovación prevalezcan.

Re-hacer internet

Hace unos meses intenté hablar con mis alumnos sobre vigilancia masiva y aglutinación del conocimiento en Internet. Recuerdo que les hablé emocionado de cultura libre, de compartir el conocimiento y de cómo esto multiplica las posibilidades de hacer otra sociedad desde el internet. No fue fácil ganar su simpatía. Comprendí que lo que para mí es evidente, para ellos fue irrelevante e impráctico. Felizmente para mí, su postura comenzó a cambiar cuando comencé a hablarles de las personas que hacen cultura libre.

Les repetía a mis alumnos frases parecidas a “la apropiación del conocimiento se combate  compartiéndolo”, con Wikipedia como mi ejemplo favorito porque “sus artículos son editados de forma colaborativa por comunidades de todo el planeta.” Incluso les mostré el sorpresivo estudio de fiabilidad de la Enciclopedia Británica versus Wikipedia… Aunque lo que verdaderamente atrapó su atención fue la comunidad de wikipedistas; de cómo agrupa tantas personas interesantes y diversas, historiadores, ingenieros, abogados y más trabajando para el mismo fin; de su magnífico esfuerzo voluntario y cómo la pasan tan bien, muchas veces donando su tiempo libre. Encontré que el ejemplo de los wikipedistas sirvió para hacerles tangible y, sobre todo, real la cultura libre. El trabajo de los wikipedistas les resultó inspirador y la frase “Wikipedia es una enciclopedia viva” recuperó su sentido.

Creo que como profesores en ocasiones olvidamos lo emocionante que es aprender y que fallamos al transmitirlo a nuestros alumnos. Internet representa una oportunidad para recuperar esas emociones y transformarlas en nuevas experiencias de aprendizaje. Ejemplos sobran en personajes como

  • los hackers que organizan hackmeetings, ansiosos de contar lo nuevo que acaban de descubrir;
  • o en las y los wikipedistas que aman con locura encontrar fuentes de información confiables para compartirlas en artículos de Wikipedia;
  • o en las cientos de personas reunidas en esas fiestas —los hackathons— para programar aplicaciones sin preguntarse mucho qué seguirá después, porque lo que les mueve es estar allí con los amigos nuevos.

En buena medida, Internet está en deuda con esas pasiones compartidas.

No tiene mucho sentido hablar de los factores que deshacen Internet sin enseñar a apreciar el valor de la red. Ciertamente podemos —y tenemos que— debatir sobre enseñar en las escuelas de educación básica nociones sólidas de educación cívica para internet, hablo de cursos que formen alumnos que valoren derechos humanos como el anonimato y la privacidad, cursos para que reflexionen dos veces antes de entregar sus datos personales. Pero comencemos por enseñar que el valor de internet está en las personas que participan allí, solo entonces defender las variedad de opciones y oportunidades que nos ofrece internet será natural, como natural es defender lo que es de todos.

Alan Lazalde
@alanlzd

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Sobre cómo abrir contenidos: el caso de La aventura de Aprender

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CC guiando a quienes contribuyen

Cuando el 16 de diciembre de 2002 una organización sin ánimo de lucro denominada Creative Commons emitió su nota de prensa en la que hacía conocer la creación de un sistema estandarizado de licencias de propiedad intelectual, vino a introducir para las obras literarias, artísticas y científicas las mismas prácticas que ya se estaban produciendo para las obras de software. Construyendo sobre estas prácticas se ha puesto a disposición pública bajo protocolo CC+ una parte de los vídeos de «La aventura del saber», generándose de esta manera con los contenidos abiertos de «La aventura de aprender», un archivo de experiencias de aprendizaje.

Para explicar cómo se llegó a la licencia elegida no está de más, con ánimo didáctico, introducir previamente una serie de conceptos para los no iniciados en el mundo de la propiedad intelectual.

Cuando un autor crea una obra literaria, artística o científica que cuente con suficiente originalidad, comienzan a poderse aplicar unas leyes que regulan los derechos que corresponden a dicho autor por el solo hecho de la creación de la misma. En nuestra legislación estos derechos se dividen, sintéticamente, en dos grandes grupos: (1) los derechos morales, que rigen cuestiones relativas a la esfera de la personalidad del autor (divulgación de la obra, autoría, integridad de la obra, retirada del mercado y acceso al ejemplar único) y (2) los derechos de explotación, que son los derechos económicos por excelencia, por los que el autor puede decidir quién goza de la facultad de copiar, distribuir, difundir y transformar su obra.

(1) Los derechos morales son irrenunciables e inalienables, lo que tiene toda su lógica dada la naturaleza de tales derechos: por ejemplo, negar que una obra corresponde a un autor supondría atentar contra la realidad de un hecho ocurrido. Dadas estas características de irrenunciabilidad e inalienabilidad, en principio estos derechos se hallan fuera del comercio.

Y decimos «en principio» puesto que, en la práctica, la vulneración de un derecho moral puede dar lugar a una negociación sobre el importe de la indemnización, como así ocurrió en el caso del puente Zubizuri en Bilbao, obra de Santiago Calatrava. En este caso, el Ayuntamiento de Bilbao prolongó el puente con una pasarela no proyectada por Calatrava, por lo que éste demandó al Ayuntamiento por vulneración del derecho moral de integridad de la obra reclamando 3 millones de euros, cantidad que finalmente fue reducida a 30.000 en sentencia de 10 de marzo de 2009 de la Audiencia Provincial de Vizcaya [pdf]. Por otra parte, también es conocida la existencia de los llamados “escritores fantasmas” o “negros literarios” y también de negros en ciencia que, ocultando su autoría, venden obras para que otros pongan su nombre en ellas. La venta se realiza con el compromiso de no hacer pública la identidad del verdadero autor, lo que se fundamenta en la confianza ya que en definitiva tal pacto de silencio vulnera la inalienabilidad que dispone la ley.

(2) Por otra parte, los derechos de explotación suponen el eje sobre el que se pretenden establecer los rendimientos económicos de una obra. Tal y como establece el Texto Refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, corresponde al autor decidir a quién cede los derechos de copiar, distribuir, difundir o transformar su obra. Por otra parte, dado que las normas generales sobre contratación permiten establecer cuantos pactos, cláusulas y condiciones se tengan por conveniente, nos encontramos en la práctica con infinitas modalidades de cesión de los derechos. En términos generales, los contratos en los que se ceden este tipo de derechos suelen contener cláusulas sobre territorios de aplicación, periodos de vigencia y finalidades del uso de las obras. 

Esta cesión de los derechos de explotación se puede realizar abrazando uno de los dos modelos que, con independencia de cómo se haya retribuido al autor por su trabajo, actualmente están en boga: el primero de ellos correspondería a un sistema en el que la copia se controla lo máximo posible para cobrar por cada mínimo uso de ella, mientras que el segundo modelo correspondería a un sistema en el que se pretende la máxima difusión de la copia dado que los retornos que se persiguen van más allá del inmediato ingreso monetario. A grandes rasgos, el primero de los modelos sería el seguido por la industria del entretenimiento mientras que el segundo conviene más al mundo de la cultura y, especialmente, a la difusión de la ciencia, la investigación y la tecnología. Si el primer modelo está significado por la industria del cine, de la música y del best-seller, el segundo modelo lo está por la Academia.

Creative Commons: seis licencias y cuatro parámetros

Al inicio de este texto mencionábamos que las licencias Creative Commons (CC) introdujeron para las obras literarias, artísticas y científicas las mismas prácticas que ya se estaban produciendo para las obras de software. Ante la complejidad de las posibilidades de cesión de los derechos de autor, en el mundo de las obras de la programación informática se había optado por un sistema de estandarización de licencias mediante las cuales se señala, de antemano y de una manera pública, qué derechos permite el autor de una obra ejercer a los usuarios de la misma. El sistema legal establece que si un autor no expresa ninguna voluntad sobre su obra, entonces nada está permitido con respecto a la misma puesto que no ha cedido ningún derecho. Los programadores informáticos que deseaban que sus obras pudieran ser reutilizadas resolvieron esta cuestión añadiendo al código fuente de sus producciones un archivo de texto en el que se contenía la licencia que deseaban aplicar a su obra. De esta manera, cualquiera que acceda al código puede conocer, sin necesidad de preguntar (molestar) al autor, las posibilidades de reutilización del programa.

Siguiendo este modelo, la organización Creative Commons redactó seis licencias en las que se jugaba con cuatro parámetros para así darle al autor la elección sobre seis modalidades diferentes de cesión de derechos a los usuarios. Los cuatro parámetros que se utilizaron para las cláusulas de la licencia fueron el reconocimiento de la autoría de la obra, su explotación comercial, no permitir obras derivadas y, por último, permitir sucesivas obras derivadas bajo la misma licencia.

Fotografía, con licencia Creative Commons, de César Poyatos

El primero de los parámetros, el reconocimiento de la autoría de la obra (BY –por–), se halla presente en todas las licencias CC, mientras que los otros tres parámetros, la explotación comercial de la obra (que se identifica por su acrónimo NC –Non commercial), no permitir obras derivadas (ND –No derivatives ) y permitir obras derivadas bajo la misma licencia (SA Share alike) son parámetros opcionales.

Mediante la combinación del parámetro obligatorio BY y los otros tres parámetros NC, ND y SA se obtienen las seis modalidades de licencias CC: By, By-NC, By-SA, By-ND, By-NC-SA y By-NC-ND.

Si bien los derechos que el autor concede a los usuarios en cada una de las licencias se explican de una manera muy clara en la página web de Creative Commons, a la que nos remitimos, para recordar de memoria cuáles son las seis licencias podemos utilizar unas reglas simples de combinatoria:

– Combinando un solo parámetro: licencia BY (recordemos que este parámetro es obligatorio).

– Combinando dos parámetros: licencia BY-NC, licencia BY-ND y licencia BY-SA (el parámetro obligatorio BY más uno de los parámetros NC, ND, SA).

– Combinando tres parámetros: licencia BY-NC-SA y licencia BY-NC-ND (el parámetro obligatorio BY más dos de los tres parámetros NC, ND, SA pero recordemos que la combinación ND-SA es contradictoria puesto que ND implica que no se permiten obras derivadas de la obra original, mientras que SA supone dar permiso para realizar obras derivadas de la misma).

Para licenciar una obra, basta con que el autor de la misma indique los permisos concedidos en un lugar lo suficientemente visible (por ejemplo en la parte inferior de su página web, en la página segunda de un libro, en el pie de una fotografía o en el de un vídeo). El acto de licenciar una obra se realiza señalando qué permisos otorga el autor a los usuarios, pudiendo el autor realizar este acto de cualquier forma que tenga por conveniente para que los usuarios puedan tener conocimiento de los permisos otorgados. Por tanto, no es necesario que el autor inscriba la obra en ningún registro o realice ulteriores formalidades más allá de la expresión clara de los permisos que concede.

Las licencias CC, además, se estructuran en tres capas: una primera capa que consiste en la terminología legal, como una licencia más, una segunda capa que es un resumen de la licencia para hacerla lo más comprensible posible a los legos en Derecho, y una tercera capa consistente en código RDF (Resource Description Framework) que permite que cuando los buscadores arañan una página web puedan conocer qué tipo de licencia tiene la página en cuestión. La utilidad de esta tercera capa, propia de la web semántica, es clave para diseñar buscadores que permitan criterios avanzados de búsqueda, como por ejemplo, buscar una fotografía cuya licencia nos permita la reutilización comercial.

CC+ y el caso de «La aventura de Aprender»

Si hasta ahora hemos utilizado el término autor, la realidad tiene más matices. Ante la existencia de una obra intelectual suele ocurrir que no sólo los autores son los titulares de los derechos sino que existen supuestos en los que el autor ya ha cedido los derechos de explotación, por lo que la titularidad de los mismos corresponde a terceras personas.

Además, existe la figura del productor que si bien estrictamente no es autor, también tiene derechos otorgados por las legislaciones de propiedad intelectual. En una producción audiovisual concurren muchos titulares de derechos y quien lo explicó de una manera muy clara fue el realizador-productor Stéphane Grueso en su documental ¡Copiad Malditos! La historia de esta obra es autorreferencial: RTVE encargó a la productora Elegantmob, en la que Stéphane Grueso participa, la realización de un documental sobre propiedad intelectual. No se le ocurrió a Stéphane Grueso otra cosa que rodar la historia del laberinto por el que tenía que pasar su propia producción para que pudiera finalmente ser de libre descarga desde la web de RTVE.

En ¡Copiad Malditos! se nos muestra la cantidad de obras, y por tanto de derechos, que concurren en una realización audiovisual, por lo que nos podemos hallar ante la necesidad de conciliar muchas voluntades a la hora de obtener un consenso sobre qué licencia se elige para licenciar una obra de propiedad intelectual. La obra de Stéphane Grueso está licenciada bajo BY-NC pero llegar a este acuerdo entre autores no siempre es posible y, por tanto, las seis posibilidades de las licencias Creative Commons no bastarían. En estos casos, la tentación consiste en copiar una licencia Creative Commons y añadirle las cláusulas que se tengan por conveniente. Sin embargo, existe una solución más adecuada facilitada por la propia organización, que es el protocolo CC Plus, ya que nos permite retener las ventajas del código subyacente de la tercera capa de las licencias Creative Commons, el código RDF propio de la web semántica antes descrito.

El protocolo, que no nueva licencia, CCPlus, supone utilizar una licencia CC a la que se le añaden más permisos. Esta posibilidad es la que se propuso para licenciar los vídeos de «La aventura de Aprender». Se trata de vídeos financiados con dinero público cuyo contenido está orientado finalísticamente a la difusión del conocimiento, por lo que el grupo donde debemos enmarcarlos no es el de la industria del entretenimiento sino en el de la educación. En este sentido, se siguen los principios normativos de la Unión Europea que establecen que deben devolverse a la sociedad los contenidos en ciencia e investigación obtenidos mediante dinero público, lo que tiene toda su lógica: si los ciudadanos pagamos con nuestros impuestos la generación de unos determinados contenidos, no es legítimo que para usar o acceder luego a los mismos se tenga que pagar nuevamente.

El compromiso al que podría llegarse en virtud de la voluntad de los diferentes titulares de los derechos sobre las obras fue el de permitir su utilización en internet sin uso comercial ni obras derivadas, añadiéndole permisos para poder realizar obras derivadas siempre y cuando éstas se realizasen con fines educativos y dentro de los cuatro años desde la difusión. El texto propuesto finalmente fue el siguiente:

Licencia CCPlus

Todas las obras del presente repertorio se hallan licenciadas bajo una Licencia CCPlus, compuesta por la licencia Creative Commons By-NC-ND a la que se le añaden los siguientes permisos:

Durante un ámbito temporal de cuatro años desde la divulgación de la obra objeto de licencia, podrán realizarse obras derivadas de la misma, siempre y cuando éstas se realicen con ocasión o dentro de un ámbito educativo o de investigación.

El caso de «La aventura del saber» es un ejemplo de utilización modular de las licencias CC en el que, tomando como base la licencia CC más restrictiva, la licencia By-NC-ND, siempre podemos añadir a la misma nuevos permisos temporales, espaciales, finalísiticos… para, de esta manera, ajustar la licencia CC a los consensos posibles entre los diversos titulares sin perder las ventajas de la web semántica que CC nos ofrece en su tercera capa.

Recordando las palabras del profesor González Barahona, el Copyleft siempre se ha desenvuelto en ambientes hostiles. Transformar contenidos cerrados en contenidos abiertos no es una tarea fácil. Sin embargo, la posibilidad que nos ofrece el protocolo CCPlus y el ejemplo de cómo licenciar «La aventura del saber» nos enseñan un posible camino que, si bien pudiera no ser el óptimo, cumple a la perfección las palabras de Voltaire de que «lo mejor es enemigo de lo bueno».

Javier de la Cueva
Abogado especializado en propiedad intelectual
@jdelacueva

Aprendizajes comunes

¿Qué está pasando en los tiempos que vivimos? Mientras la vida acelera revoluciones y va por delante de lo que somos capaces de comprender, estamos inmersos en infinidad de procesos colectivos de transformación del espacio común y de resiliencias subjetivas e individuales. Hay grietas que resquebrajan lo establecido en cada conversación que robamos a una vecina en el metro, en el mercado o en Tuiter. Aprendemos de todo ello, seguramente a marchas más forzadas de lo que nos gustaría y dejándonos gran parte de la brillante explosión de saberes en el camino de la dispersión y de la precariedad. Pero, acelerado, incompleto y lleno de contradicciones, el tiempo que vivimos es único para aprender.

Volvemos porque aprendemos

«La libertad de construirnos nosotros y a nuestras ciudades es uno de los derechos humanos más preciados y, a día de hoy, más descuidados. ¿Cuál será la mejor forma de ejercitar ese derecho?»*. Se lo pregunta David Harvey en Ciudades rebeldes. Del derecho a la ciudad a la revolución urbana. Por lo que observamos fruto de la constatación empírica, la respuesta está en lo político en su sentido más amplio construido en base a la praxis. Constantemente participamos de forma presencial o digital de experiencias donde el hacer crea, comparte saberes y brinda aprendizajes; donde lo que menos importa es de dónde vengas o qué te acredite. Por el contrario, lo que suma es compartir, abrir la imaginación a posibilidades que desborden lo esperado, desear y hacer en comunidad.

Así, un solar vacío llama a un huerto gestionado de manera colectiva, un Estambul al que le roban Gezi pide miles de personas defendiendo el parque común, una concesión de hospitales públicos a empresas de capital privado desborda las calles —y los imaginarios— con mareas que defienden lo que a todos pertenece, una ciudad congestionada de automóviles tiene como respuesta la celebración de decenas de ciclistas que ruedan juntos sobre el asfalto que nunca fue pensado para ellos. Cada hecho suma. Aprendizajes, hilos, conexiones, saberes y conciencia de que la vida de manera individual y autónoma no funciona, pero en comunidad sí. «Se nos ha impuesto la ficción fracasada de que somos individuos autosuficientes», dice  Marina Garcés.

De estas experiencias colectivas —unas más mediáticas, otras menos, unas más globales, otras únicamente barriales, unas que se convierten en trending topic y otras que pasan desapercibidas— extraemos aprendizajes que construyen realidad. No de manera lineal como cuando cada septiembre comienza un curso nuevo y hay una lección esperando ser aprendida y recitada siguiendo exactamente el mismo procedimiento que el año anterior, sino de forma no cronográfica, dispersa (desordenada, incluso) y orgánica. Y si aprendemos, compartimos los saberes y por supuesto los afectos, ¿cómo no regresar a cuidar lo colectivo?

La mejor manera de proteger el conocimiento es hacerlo libre

La transmisión de saberes, tradicionalmente de boca en boca y de generación en generación, se nos ha impuesto de manera sistémica a través de la educación formal. Ligado al Estado del Bienestar, a las democracias occidentales del siglo XX, y a un enfoque utilitarista en favor del mercado de trabajo, el aprendizaje fruto de la educación formal ha sido fundamental para homogeneizar el acceso al conocimiento y promocionar la investigación científica. Pero hoy, en este año que llamamos catorce, con el Estado del Bienestar maltrecho, las democracias permanentemente cuestionadas y la extensión exponencial de las tecnologías de información y comunicación, la transmisión de saberes se nutre de nuevo del boca a boca, del P2P. Solo que esta vez es en red, a escala global, en abierto y de manera instantánea.

Cuando decimos de una manera de compartir conocimiento que es abierta, quiere decir que es más que pública. No se trata de comunicar y dar por terminado el proceso, sino de brindar, de manera proactiva, la posibilidad de modificar, ampliar, reutilizar esos saberes y construir a partir de ellos. La garantía, por tanto, para proteger el conocimiento y permitir que sea replicable es, simplemente, hacerlo libre.

Nuestra lengua madre es internet; las tecnologías, nuestra herramienta de transmisión y lo digital, el clima que nos rodea. Todos generamos y transmitimos conocimiento. Pasamos de ser consumidores (receptores) a prosumidores que intervienen en la construcción de saber. Esta recogida de voces a priori inconexas, periféricas, aisladas como capas de saberes, deviene en un nuevo paradigma, un ecosistema en el que nos desenvolvemos con soltura pero en ocasiones nos cuesta explicar. En este entorno cada quién encuentra caminos de aprendizaje a través de una mezcla de subjetividades infinita. Lo dogmático da paso a lo horizontal, lo compartido prevalece sobre lo privativo. Y el conocimiento deja de ser una acumulación de saberes (como en una biblioteca) para convertirse en una experiencia crítica y colectiva (como una espiral creciente que en su discurrir toca puntos antes inconexos, recoge a su paso y devuelve en su retorno). Del almacenamiento de la memoria ROM a la escritura aleatoria de la memoria RAM. No es algo virtual, no es residual. Son experiencias que crean realidad. La Fundación Mozilla, por ejemplo, plantea a través del proyecto Mozilla Open Badges una manera de reconocer habilidades y logros reales adquiridos a través de procesos de aprendizaje no formales en la Red.

Esta práctica de copiar y pegar saberes no es exclusivamente digital. Ni mucho menos. Retorna a la calle y tiene mucho que ver con la cohesión de espacios de reproducción de lo común: centros sociales autogestionados, huertos urbanos y comunitarios, procesos de investigación-acción, mercados, asambleas de vecinos, propuestas culturales libres… En definitiva, redes de apoyo mutuo, recuperación del entorno social, reproducción y cuidado. El aprendizaje, por tanto, no se da en un compartimento estanco de la vida sino de forma transversal en la vida.

Lo sostenible

La reproducción de lo común (cultura, cuidados, aprendizaje, salud, barrio, comunidad…) no es un aspecto residual ni mucho menos. La sostenibilidad de proyectos pasa por infinidad de acuerdos —micro y macro—, consensos, experimentos, implicación subjetiva y colectiva. Pero, sobre todo e invariablemente, la sostenibilidad está transversalmente atravesada por el aspecto económico. Lo cognitivo, lo afectivo y lo experimental está intrínsecamente ligado a lo laboral. En un momento crítico con respecto a las bases que creíamos inamovibles (vivienda, trabajo, educación, sanidad garantizadas), la precariedad de la vida empuja y contrae. Cantidad de proyectos comunitarios autogestionados surgen como parte de una necesidad. El modelo cooperativo se extiende. El modelo asociativo se recupera. Redes de cooperativas integrales, mercados sociales, monedas alternativas. Se intenta buscar el resquicio a través de la creatividad y la imaginación.

La práctica comunitaria retorna habitualmente retribuciones afectivas e intelectuales significativas. En otros casos prevalecen los retornos en forma de documentación de código abierto y archivo de prácticas puestas al servicio del común. Las más de las veces estas prácticas se perciben como éxitos, se relatan como experiencias únicamente positivas. Pero con menor frecuencia, estas mismas comunidades problematizan los procesos y se centran en los conflictos. Hay experiencias que surgen a modo de experimento y se conforman con existir de esa manera. Pero otras muchas están constantemente pendientes del tiempo, de la financiación o de periodos electorales. En contadas ocasiones, la financiación —cada vez más magra— de proyectos de intervención colectiva proviene de Administraciones Públicas, pero la tendencia apunta a que la participación ciudadana se conforme con gestionar la escasez. Y con esta deriva hacia la precariedad, ¿no se está justificando en paralelo a una Administración que deja de ocuparse de su sociedad?

Lo sostenible pasa también por crear mecanismos, identificar cuándo son efectivos, documentarlos, compartirlos. Exactamente igual que en la ética del software libre. Del Do It Yourself al Do It With Others. Pero documentar y compartir, una parte esencial del aprendizaje de código abierto, requiere tiempo. La precariedad y la falta de condiciones mínimas de sustento a menudo no lo permiten. De nuevo, la sostenibilidad en el centro de los procesos.

Lo interconectado

En la Red replicamos experiencias, compartimos, aprehendemos y copiamos. A menudo se extiende el discurso de que a través de esta interconexión global cambia la realidad global como una revolución inevitable. Es cierto en parte. Atendemos a eventos hiperlocales donde lo particular traza vínculos complejos con otras particularidades lejanas. La conexión de subjetividades líquidas a través de internet cala en otras realidades, pero atender a esta hipótesis perdiendo el foco y la atención sobre lo local, lo micro, es cuando menos arriesgado. Habitamos el barrio y estamos construidos y atravesados por nexos personales, afectos, redes y conflictos de proximidad. Aprendemos en red, sí. Más que eso, copiamos en la Red en un acto de amor y agradecimiento a la producción del otro. Copiar no es ni de lejos robar o plagiar, sino reconocer y abrazar. Más allá de concebir estas prácticas como copyleft, hablamos y practicamos copylove.

A través de este y los siguientes textos en La Aventura de Aprender, relacionaremos saberes con personas y colectivos; abordaremos eventos aparentemente aislados para leerlos como procesos de aprendizaje desde distintos lados del prisma; nos preguntaremos por el cambio de paradigma que nos plantean ciertos aprendizajes actuales y los relacionaremos con experiencias tradicionales; investigaremos sobre el comisariado de ciertos procesos; querremos entender la implicación de prácticas de archivo, documentación y réplica; intentaremos desmitificar experiencias que parecen sólo contar el éxito y lo positivo y problematizaremos algunas cuestiones; nos meteremos en la cocina de lo afectivo. En la medida de lo posible intentaremos trazar hilos que, como tirolinas, conecten puntos distantes. Otros hilos serán menos tensos y discurrirán dibujando meandros y tejiendo redes.

Aquí venimos a recoger voces desde la periferia, a mezclarlas y trenzarlas para proponer nexos de unión, pero sobre todo a dejarlas abiertas para que entre todos aportemos y construyamos este mundo común que habitamos gustosamente, pero a menudo nos cuesta definir.

Carmen Lozano Bright
@carmenlozano